Las Cortes Catalanas según una miniatura de un incunable del siglo XV. Fernando II de Aragón en su trono

Contra las mentiras independentistas: las razones históricas por las que Cataluña no es Baviera ni Escocia

¿Por qué Cataluña o Escocia tiene más legitimidad histórica que Baviera o Córcega para reivindicar su independencia política? Cada grupo nacionalista se limitan a responder que cada caso es único, pero en el fondo piensan que son especiales, una nación de elegidos, cuyas tradiciones e historia se hunden en lo más profundo de los siglos

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Oriol Junqueras, licenciado en historia y dirigente de ERC, aseguró hace unos días en el denominado juicio del «procés» que cuando los independentistas de Baviera renunciaron a celebrar un referéndum de independencia, después de que un alto tribunal de Alemania lo desautorizase, lo hicieron porque se trata de un caso distinto al catalán: «Veo incomparables los casos, porque los bávaros no estaban respondiendo al principio democrático interpretado en el sentido de una propuesta mayoritaria significativa en la sociedad y reiterada en el tiempo». Enésimo intento de equiparse y, al mismo tiempo, desvincularse de otros desafíos nacionalistas que se viven o se vivieron en el seno de Europa.

¿Por qué Cataluña o Escocia tiene más legitimidad histórica que Baviera o Córcega para reivindicar su independencia política? ¿Por qué Cataluña, sí, pero el Valle de Arán o Kurdistán no pueden celebrar consultas? Cada grupo nacionalista se limitan a responder que cada caso es único, pero en el fondo piensan que son especiales, una nación de elegidos, cuyas tradiciones e historia se hunden en los siglos y los siglos. Y lo cierto es que sí hay grandes diferencias en lo que a historia se refiere entre Escocia, Baviera y Cataluña.

Cataluña: la independencia que nunca existió

Los nacionalistas catalanes mantienen vivo aún hoy el mito de que Cataluña fue un territorio independiente en la Edad Media. Nada más lejos de la realidad. El derrumbe de la Monarquía visigoda dejó en manos musulmanas casi la totalidad de la península, incluida Cataluña, si bien la inestabilidad interna en el Califato y la victoria cristiana en Poitiers (en el año 732) permitieron al Imperio carolingio crear en las siguientes décadas la Marca Hispánica en territorios cercanos a los Pirineos.

Los cristianos se organizaron políticamente en diferentes condados dependientes del rey franco, de modo que sus distintos nobles tenían que jurar siempre obediencia a la Monarquía vecina. Para la mitología nacionalista la ruptura con los francos llegó de la mano de Wifredo «El Velloso», pero lo cierto es que este no buscó nunca la independencia de los condados y, por supuesto, no configuró ninguna nación catalana ni nada parecido. Fue con la Capitular de Quierz, promulgada el 14 de junio de 877 por Carlos «El Calvo», cuando se sembró el auténtico germen de la separación de los condados catalanes del Imperio carolingio.

En el año 987, el Conde de Barcelona, Borrell II, fue el primero en no prestar juramento al monarca de la dinastía de los Capetos, pero hay que recordar que se sometió en vasallaje al poderoso Califato de Córdoba.

Lo cual no significa que se pueda hablar desde ese momento de una entidad propia y unitaria en la región catalana. En 897, a la muerte de su padre, Wifredo II Borrell se hizo cargo, conjuntamente con sus hermanos Sunifredo y Miró, de los condados paternos, reservándose para él el gobierno de los condados principales, Barcelona, Gerona y Osona. Llegado el momento, Wifredo Borrell sí viajó a Francia para rendir tributo al nuevo Rey, Carlos «El Simple», donde fue investido oficialmente como conde en 899.

Hubo que esperar más de un siglo más para ver la completa desvinculación de los Condes de Barcelona con respecto la Corona franca. En el año 987, el conde Borrell II, fue el primero en no prestar juramento al monarca de la dinastía de los Capetos, pero hay que recordar que se sometió en vasallaje al poderoso Califato de Córdoba. En el siglo XII, el conde Ramón Berenguer IV se casó con Petronila de Aragón, hija de Ramiro II «el Monje», conforme al derecho de este reino, es decir, en un tipo de matrimonio donde el marido se integraba a la casa principal como un miembro de pleno derecho. El acuerdo supuso la unión de la Casa de Barcelona, que controlaba la mayor parte de los Condados catalanes, y del Reino de Aragón en la forma de lo que luego fue conocido como Corona de Aragón.

Los territorios que formaron la Corona mantuvieron por separado sus leyes, costumbres e instituciones, siendo no la lengua, sino la obediencia al Rey de Aragón, el elemento aglutinador de todos los territorios. A lo largo del segundo cuarto del siglo XIII, se incorporaron a esta Corona las Islas Baleares y Valencia

Origen mitológico del escudo del condado de Barcelona (Real Academia Catalana de Bellas Artes de San Jorge)
Origen mitológico del escudo del condado de Barcelona (Real Academia Catalana de Bellas Artes de San Jorge)

La muerte sin descendencia del Rey de la Corona de Aragón Martín I «el Humano», en 1410, abrió una nueva fase en la historia de Cataluña. El candidato de la dinastía castellana de los Trastámara, Fernando de Antequera –hermano del Rey de Castilla Enrique III– ascendió al trono de la Corona. Posteriormente, el matrimonio de Fernando II de Trastámara con Isabel de Trastámara, Reina de Castilla, celebrado en Valladolid en 1469, condujo a la Corona de Aragón a una unión dinástica con Castilla, efectiva a la muerte del primero, en 1516, pero ambos reinos conservaron sus instituciones políticas y sus privilegios administrativos (lo que el independentismo catalán designa hoy como «libertades»).

En cualquier caso, con la unión dinástica entre los Trastámara se puso en marcha un proyecto para crear un estado moderno que aglutinara a los distintos reinos de la Península ibérica. Tras la Guerra de Sucesión, donde parte de Cataluña apostó por el candidato a reinar en España que perdió el conflicto, se inició oficialmente la andadura del llamado Reino de España.

800 años de historia independiente en Escocia

Las diferencias históricas entre Escocia y Cataluña es un tema que ha sido tratado ampliamente por el hispanista británico John Elliott en su libro «Catalanes y escoceses», donde recuerda que Escocia fue reino soberano hasta 1707, cuando se integró en Gran Bretaña, y es nación en virtud de una historia política y cultural consolidada durante más de 800 años, buena parte de ellos confrontados con Inglaterra.

Kenneth McAlpine, considerado el primer rey de su historia, unificó a sus diferentes pueblos en el siglo nueve. Sus sucesores fueron expandiendo el poder del reino durante 400 años, hasta completar el territorio de la actual Escocia. Ya entonces, uno de los primeros objetivos de McAlpine fue conquistar las tierras de las Lothians, que permanecían bajo el control de los anglosajones.

Durante el siglo X, el proceso de expansión y consolidación de la nueva monarquía escocesa estuvo directamente condicionada por las irregulares relaciones que mantenía con los reinos ingleses del sur, con los que mantuvo importantes batallas para conquistar territorios intermedios como Northumbria.

Pese a los litros de tinta que se han gastada en cantar sus gestas, la aventura de William Wallace terminó poco después de su famosa victoria sobre los ingleses y tras arrasar un centenar de pueblos del Norte de Inglaterra

A comienzos del siglo XI, las hostilidades continuaron cuando Malcolm II logró extender las fronteras de Escocia hasta las orillas del río Tweed. La extensión de la actual Escocia se alcanzó a finales del siglo XIII, periodo en el que Inglaterra inició una serie de interferencias políticas para anexionar este reino. En 1286, la muerte sin herederos de Alejandro III provocó la intervención de Eduardo I de Inglaterra, quien no dudó en intentar aprovechar la confusión para hacerse con su corona e incluso invadir parte de su territorio.

La guerra comenzó con el saqueo de la ciudad de Berwick llevado a cabo por las tropas de Eduardo I, seguido por la derrota de las tropas escocesas en la batalla de Dunbar y por la abdicación de Juan de Balliol, hombre de paja de los ingleses ese mismo año. Cuando la situación parecía bajo control inglés, emergió la figura mitificada de William Wallace, que, acompañado de Andrew de Moray, personaje omitido en la película de «Braveheart», inició una nueva rebelión a principios del año 1297. El 11 de septiembre de 1297, Wallace arrasó por completo al ejército inglés comandado por el conde de Surrey en la batalla de Stirling Bridge. El ejército real, formado por 300 caballeros pesados y 10 000 hombres de infantería, fue dispersado por un ejército de apenas 5.000 hombres.

Ilustración de William Wallace
Ilustración de William Wallace

Pese a los litros de tinta que se han gastada en cantar sus gestas, la aventura militar del hidalgo escocés terminó poco después de su famosa victoria sobre los ingleses y tras arrasar un centenar de pueblos del Norte de Inglaterra. Su trayectoria fue fugaz. En marzo de 1298, Wallace recibió el nombramiento de Guardián de Escocia, pero unos meses después fue vencido en la batalla de Falkirk. Aunque Eduardo I no consiguió finalizar completamente la rebelión, la reputación y liderazgo de William Wallace quedaron gravemente dañados, y tuvo que huir de las Islas británicas.

A finales del siglo XIV, una nueva dinastía, los Estuardo, se hiciera con la Corona escocesa y gobernaron con independencia de Inglaterra hasta 1714. A principios del siglo XVII, Jacobo I de Estuardo logró precisamente lo que ningún monarca británico fue capaz de conseguir en los siglos anteriores: ceñirse ambos tronos como Rey de Escocia e Inglaterra. Aún así, Escocia siguió siendo un reino independiente hasta que se firmó el «Acta de Unión» en 1707, que dio forma al Reino Unido de Gran Bretaña. Escocia perdió su autonomía y se disolvió su parlamento.

Baviera, más antigua que Alemania

Se denominó Sacro Imperio Romano al territorio compuesto por unos 300 estados soberanos, entre reinos, principados, ducados y ciudades libres, que se encontraban bajo la teórica soberanía de un Emperador desde el siglo IX hasta su disolución 1806. No en vano, el Emperador, que a partir del siglo XV fue siempre un Habsburgo, solo gozaba de un poder nominal dentro de este heterogéneo país de países. Cada territorio tuvo su propio desarrollo político e incluso religioso. En la Dieta de Augsburgo de 1555, se estableció el principio de «Cuius regio, eius religio» («a tal rey, tal religión»), por el que cada príncipe tenía el poder de decidir la religión (Luteranismo y Catolicismo) de sus súbditos. Precisamente uno de los rasgos más característicos de Baviera, que estuvo bajo el control de la familia Wittelsbach de 1180 a 1918, fue que en esas fechas se convirtió en un bastión del catolicismo.

En 1806, Maximiliano I fue coronado, con el apoyo de Napoleón, como rey del nuevo Reino de Baviera, cuya capital se estableció en Múnich, ciudad que vivió un gran cambio en su fisonomía urbana durante los reinados de Luis I (1825-1848) y Maximiliano II (1848-1864)

Durante la Guerra de los Treinta Años (1618-1648), Múnich llegó a ser denominada «la Roma germánica» por su defensa del bando imperial, siendo el Ducado de Baviera la principal potencia católica en la zona. En 1806, Maximiliano I fue coronado, con el apoyo de Napoleón, como monarca del nuevo Reino de Baviera, cuya capital se estableció en Múnich, ciudad que vivió un gran cambio en su fisonomía urbana durante los reinados de Luis I (1825-1848) y Maximiliano II (1848-1864). Este último intentó, sin éxito, frenar el afán expansionista del nacionalismo alemán, del que Prusia se valió para crear su particular Imperio alemán.

Bajo la presidencia de la Casa de Austria, 39 Estados alemanes, incluida Baviera, se establecieron en una confederación tras las guerras napoleónicas, si bien en la práctica fue Prusia quien fue conquistando poco a poco el poder hasta desplazar a Austria del timón durante la guerra austro-prusiana de 1866. El 10 de diciembre de 1870, la Confederación pasó a designarse Imperio alemán y dio el título de Emperador alemán al Rey de Prusia. Guillermo I de Prusia se coronó emperador del nuevo Imperio en base a su obligación con la Vaterland (patria) de unificar los estados de la Nationis Germanicæ.

Luis II de Baviera, el Rey Loco, antepenúltimo monarca de este reino
Luis II de Baviera, el Rey Loco, antepenúltimo monarca de este reino

Baviera se reservó, al menos, mecanismos y privilegios que aseguraron cierta independencia soberana, más que cualquiera de los Estados federados del norte de Alemania. Así, conservó un servicio diplomático diferenciado, un ejército propio y un sistemas postal, telegráfico y ferroviario, no integrado dentro de la administración ferroviaria prusiana, como exigía el tratado del Zollverein.

Como Baviera era mayoritariamente católica, buena parte de la población mostró sus reservas por estar gobernados por la norteña Prusia, cuyos habitantes eran en su mayor parte protestantes. De ahí la autonomía concedida para minimizar el surgimiento de un movimiento separatismo bávaro que vivió y murió a principios del XX.

Dentro de la República de Weimar, se creó en 1919 el Estado Libre de Baviera, cuna del nazismo y donde Hitler protagonizó un golpe fallido (el Putsch de Múnich, en 1923). En esta región se celebraron algunos de los grandes desfiles y congresos del partido nazi más representativos.

La verdera coincidencia nacionalista

Las diferencias históricas entre Cataluña, Escocia y Baviera son tan grandes como lo son las similitudes entre sus procesos para reinventar rasgos y costumbres naciones en tiempos muy recientes. En la obra «La invención de la tradición», Eric Hobsbawm y Terence Ranger diseccionan cómo el nacionalismo escocés requirió a una serie de escritores, pocas veces historiadores, para crear un pasado romántico a partir del siglo XIX.

El epicentro del relato escocés estuvo en el pasado celta de Escocia y su distinta relación con el Imperio Romano. El origen del proceso inventivo coincidió, como en Cataluña, con el auge en Europa del Romanticismo, que vanagloriaba la figura del noble salvaje que, al igual que los piratas, los guerreros celtas o los sitiados de Barcelona en 1714, lucha por defender sus ideas y su patria hasta la muerte. Un relato eminentemente literario que el nacionalismo ha usado con fines políticos.

«Cuando los escoceses se juntan para celebrar su identidad nacional, la afirman abiertamente a través de un "kilt", tejido en un tartán con los colores de su clan, y de una gaita. Este instrumento, al cual atribuyen gran antigüedad, es de hecho básicamente moderno»

«Cuando los escoceses se juntan para celebrar su identidad nacional, la afirman abiertamente a través de un "kilt", tejido en un tartán con los colores de su clan, y de una gaita. Este instrumento, al cual atribuyen gran antigüedad, es de hecho básicamente moderno. Su uso se desarrolló mucho después de la Unión con Inglaterra como símbolo de protesta», explica Hugh Trevor-Roper en el citado libro sobre la importancia que cobró el pasado celta de Escocia. Así, lo que era un instrumento rudimentario asociada como signo de barbarie por la mayoría de los escoceses y reservado a los «highlanders» (nobles escoceses de tradición celta) ha terminado por convertirse en el símbolo nacional por excelencia.

Pero el uso del «kilt», cuya forma actual también es de reciente creación, y de la gaita son la punta del iceberg en un proceso que ha colocado a los «highlanders», para nada representativos ni protagonistas de la historia de Escocia, como los supuestos padres de la nación escocesa. De hecho, los «highlanders» del norte de Escocia estaban considerados por la mayoría de la población como un apéndice de las tradiciones celtas de los irlandeses y su literatura era una copia de la Irlanda gaélica. Fue a finales del siglo XVIII y comienzos del XIX cuando apareció una corriente pseudo histórica, repleta de personajes entre el folclore y el fraude, que se apropió de la cultura irlandesa y reescribió la historia de Escocia otorgando a los «highlanders» un papel clave. De la noche a la mañana, el incipiente nacionalismo proclamó que la Escocia celta era la «nación madre» e Irlanda su dependencia cultural.

El Lago Ness, en las Tierras Altas escocesas.
El Lago Ness, en las Tierras Altas escocesas.

El caso del nacionalismo catalán tiene muchas similitudes con Escocia, pero fue desarrollado de forma más tardía. Muchos años después de la Guerra de Sucesión, el periodista Salvador Sanpere i Miquel escribió a finales del siglo XIX, coincidiendo con el desastre del 98, el libro «Fin de la nación catalana» que sentó las bases para crear el mito moderno sobre el asedio de Barcelona de 1714. No en vano, Salvador Sanpere i Miquel bebía en su texto de la literatura romántica que los exiliados de 1714 habían dejado escrita y presentaba a Cataluña como una nación agredida en la Guerra de Sucesión.

En palabras del hispanista Henry Kamen dentro de su libro «España y Cataluña: historia de una pasión», «sin ningún criterio, los catalanes se presentaron como defensores unívocos de la libertad contra las fuerzas militares foráneas». Eso a pesar de que una parte sustancial de la población en Cataluña, cerca de la mitad, apoyaba a Felipe V y que, además, los rebeldes fueran firmes partidarios de la unidad de España, que ellos entendían que representaba el reconocimiento de otro rey –el que hubiera sido Carlos III– y de unas comunidades autónomas que preservaran sus constituciones históricas.