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«El califato Omeya fue la formación política más potente desde el Imperio romano»

Eduardo Manzano Moreno en «La Corte del Califa» se zambulle en la época de al-Hakam II, la más rica y desconocida de la Córdoba andalusí. Una crónica que protagoniza el secretario personal del íder musulmán entre los años 971 y 975

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En una época en la que la orientación política influye a la hora de enfocar una investigación histórica, hallar a expertos como el profesor del CSIC Eduardo Manzano Moreno es algo más que una leve brisa de aire fresco. Supone abrir de par en par las ventanas de un edificio clausurado durante años. Según este estudioso de al-Ándalus, el pasado no se debe utilizar para forjar eslóganes fáciles. Para él, los académicos deben analizarlo con mimo y entenderlo sin caer en tópicos. La labor parece sencilla, pero en ocasiones supone enfrentarse a las tendencias sociales. En todo caso, esta premisa es la que ha seguido para dar forma a su última obra: La corte del califa (Crítica, 2019). Un libro concienzudo que analiza la Córdoba Omeya usando como base una crónica del secretario personal de al-Hakam II, el líder político que convirtió el califato fundado por Abderramán III en la «formación política más potente de la Península desde el Imperio romano».

-¿Qué implicaba el paso de un emirato a un califato en Córdoba?

-Que Abderramán III se nombrase califa en Córdoba implicaba que, al menos desde el punto de vista teórico, se convertía en el jefe de toda la comunidad musulmana (desde al-Ándalus a Asia central). Aunque la realidad es que lo hizo, entre otras tantas causas, en respuesta al nacimiento del califato fatimí.

-¿Cómo pudo tener el apoyo suficiente para ello?

-Durante el califato los habitantes de al-Ándalus estaban muy islamizados y arabizados. Al haber pasado doscientos años desde la entrada de los musulmanes en el 711, la sociedad era mucho más homogénea. Eso permitió a los Omeya tener muchos apoyos.

-¿Ha sido idealizado el esplendor del califato Omeya?

-El califato Omeya, sin ningún género de dudas, fue la formación política más potente que hubo en la Península Ibérica desde la época del Imperio romano. Fue el resultado de un largo proceso que se inició en el año 711 y que generó una comunidad muy distinta a la que había. Entre otros avances, era una sociedad mucho más urbana en la que las ciudades empezaron a experimentar un crecimiento excepcional.

-¿Cuál fue la evolución con la que no pudieron competir los reinos cristianos?

-A nivel económico se centralizaban los impuestos en Córdoba. No ocurría como en el caso cristiano, donde había un modelo feudal en el que estaban fragmentados. Así se forjó un Estado bien organizado, con funciones muy definidas y en el que los recursos se redistribuían entre la gente. Esto generó un efecto cascada que favoreció el crecimiento y que, en la actualidad, explica cómo el califato de Córdoba pudo existir durante casi cien años. El califato centralizaba cada año cinco millones de dinares a través de los impuestos. Era una cantidad gigantesca que permitía acometer mejores en las ciudades, mantener un gran ejército, tener al servicio (y ser mecenas) de poetas y sabios… Cuando al-Ándalus se disgregó, el sistema era tan perfecto que cada uno de los reinos de taifas resultantes se convirtió en una pequeña Córdoba desde el punto de vista organizativo.

-¿Eran el cristiano y el musulmán dos mundos extremadamente divididos?

-Las relaciones entre ambos no fueron blancas o negras. Hubo enfrentamientos y periodos de paz. A veces no somos conscientes de las magnitudes temporales, pero fueron cien años de califato. En ese tiempo, al-Hakam II tuvo buenas relaciones comerciales con el Condado de Barcelona, mientras que Almanzor destruyó la ciudad en una gran campaña de saqueo.

«La cultura andalusí estaba a años luz de la cristiana gracias a su centralización de los impuestos»

-¿Es real el mito de la perfecta convivencia de las tres culturas en la Córdoba califal?

-Lo primero que debemos dejar claro es que el modelo político y social existente en la época de la Córdoba califal no puede ser exportado a las sociedades actuales bajo ningún concepto. Era un Estado en el que (entre otras cosas) había esclavitud y las mujeres tenían un papel muy limitado. Pero lo que tampoco podemos hacer es negar la existencia del período andalusí ni su importancia. No debemos, como pretenden algunos, cerrar los ojos ante el legado que nos ha dejado e ignorarlo basándonos en que nuestra identidad es diferente a la suya. Todo lo contrario. En una sociedad avanzada y democrática como la nuestra tenemos la necesidad y la obligación de conocer nuestro pasado común en lugar de despreciarlo e ignorarlo. Al-Ándalus, en definitiva, no es un período ajeno. Dicho esto, la realidad es que en Córdoba se produjo un contacto entre las tres culturas. Había eminentes intelectuales judíos que alababan la importancia de la sociedad musulmana y que tradujeron los Salmos al árabe. Lengua, por cierto, que también hablaban los obispos que vivían dentro del califato. Otro ejemplo es que muchos musulmanes celebraban la Navidad con los cristianos, a pesar de que provocaba críticas. Todo esto demuestra que no podemos dejarnos llevar por eslóganes o ideas preconcebidas, sino que tenemos que acercarnos a este período con la mente abierta y sin prejuicios.

-¿Se ha mitificado el desarrollo de la cultura árabe en detrimento de la cristiana?

-La cultura andalusí estaba a años luz de la cristiana. Eso es una realidad, no un tópico. El desarrollo económico, social y político de al-Ándalus era mucho mayor. Pero la razón fue, precisamente, la centralización de recursos y la inversión en los diferentes estratos sociales. Tampoco es verdad que al-Ándalus y la cultura árabe desaparecieran de la Península después del siglo XI.

-Y, a pesar de su importancia, es uno de los períodos menos documentados...

-El tiempo de máximo esplendor del califato Omeya (el de al-Hakam II) es uno de los menos conocidos. La razón es que no mandó grandes campañas como Almanzor, sino que apostó por la vía diplomática con los cristianos. Y la guerra siempre se documentada mejor. La fuente básica para entender su reinado es el Muqtabis, una crónica escrita en el siglo XI por un musulmán que decidió recopilar toda la historia de al-Ándalus. Para explicar el período este autor copió, a su vez, un manuscrito de 130 folios escritos por el secretario del propio califa durante casi cuatro años (de junio del año 971 a julio del 975). Mi libro se basa en sus documentos.

«Tenemos la obligación de conocer nuestro pasado común en lugar de despreciarlo e ignorarlo»

-¿Fueron estos cuatros años el momento de máximo esplendor del califato?

-Fueron un momento álgido. El califa había vencido a los fatimíes en el norte de África, Medina Azahara estaba a pleno rendimiento, se había terminado la ampliación de la Mezquita de Córdoba y las fronteras con los cristianos estaban bien protegidas.

-¿Cómo era, según el manuscrito original, al-Hakam II?

-Era un hombre extremadamente culto que conocía a la perfección la tradición árabe, que estaba enamorado de las construcciones y que estaba interesado en el bienestar de sus súbditos. Pero también era un líder atormentado porque sabía que el complejo edificio que era el califato podía derrumbarse en cualquier momento. Estaba especialmente preocupado por el problema sucesorio. Sabía que su salud era frágil y que, si moría, su hijo no tendría la mayoría de edad necesaria por ley para ser nombrado califa. Cuando falleció, en el año 976, le sucedió, pero era tan joven que su posición quedó debilitada y el poder se trasladó a la corte.

-¿Ayudó este problema a provocar la caída del califato en el año 1031?

-Sí. Cayó por todas las contradicciones internas. Era una construcción muy potente, pero que necesitaba muchos recursos para sobrevivir. Eso implicaba una gran presión fiscal. También se produjo desde cierto descontento social, hasta varios enfrentamientos políticos. Todo ello derivó en una guerra civil que puso fin al califato, aunque no el modelo social que se replicó en todo al-Ándalus.