Cuadro del Museo del Prado del «Socorro de Brisach», sobre una de las batallas del conflicto europeo
Cuadro del Museo del Prado del «Socorro de Brisach», sobre una de las batallas del conflicto europeo

Peter H. Wilson: «Cataluña es hoy una sociedad tan dividida como en la Guerra de los 30 años»

El autor británico, experto en historia militar, aborda en dos volúmenes editados por Desperta Ferro los entresijos de un conflicto que asoló una cuarta parte de la población alemana y supuso la pérdida de la hegemonía militar de España en el siglo XVII

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En el cuatrocientos aniversario de que una oscuridad inédita cayera sobre Europa, ve la luz una nueva remesa de obras sobre la Guerra de los 30 años, 1618-1648. Nuevas aportaciones y visiones, encabezadas por el historiador Peter H. Wilson, que rastrea en los orígenes de este conflicto histórico y persigue a conciencia algunos falsos mitos en « La guerra de los Treinta Años» (editado en dos volúmenes en castellano por Desperta Ferro Ediciones).

Todo ello sobre un continente con tendencia natural a la autodestrucción: «La paz en Europa siempre es precaria», advierte el británico, recordando que el golpe que sufrieron los territorios alemanes, que perdieron una cuarta parte de la población, estuvo acrecentado por 65 años de relativa paz en esta región. Fue como si alguien destapara todo el horror oculto de golpe.

¿Qué visión novedosa del conflito ofrece el libro «La guerra de los Treinta Años»?

Hay una perspectiva legal y una explicación de cómo se constituía realmente el Sacro Imperio Germánico que normalmente no se tiene en cuenta. Se suele dar una visión simplificada, como si aquello fuera la Alemania actual. Una visión anacrónica, que bebe de la historiografía decimonónica.

Analizando las causas, ¿cree usted que pudo evitarse aquella guerra de trasfondo religioso?

Defiendo la idea de que no era una guerra inevitable, sino la consecuencia de una serie de crisis. Básicamente, porque ninguno de los bandos la buscaba realmente. Ninguno estaba preparado ni militar ni económicamente. La cuestión es que hubo problemas para encontrar un espacio de diálogo entre las partes. En la crisis de Bohemia, que sirvió de detonante, los católicos y los protestantes fingieron contar con más medios de los que realmente tenían y, al final, mostraron ser tan débiles que tuvieron que llamar a fuerzas extranjeras. La guerra fue así el fracaso de la diplomacia, que no prevaleció porque ninguna de las partes quería mostrarse débil.

«La verdadera diferencia entre Francia y España es que los franceses pensaron más a largo plazo y creyeron que las filiaciones religiosas solo servirían a su beneficio a corto plazo»

España fue una de esas fuerzas extranjeras que salió al rescate del bando católico, ¿fue una guerra estrictamente religiosa?

Hago mucho hincapié en el libro en que la diferencia entre religión y política no existía entonces. Ambas cosas iban de la mano y eran casi lo mismo. A la Monarquía hispánica lo que les importaba es la defensa del catolicismo porque de su victoria dependía su reputación política en Europa. Francia, en cambio, parece desde fuera que asumió una política maquiavélica por tomar parte de los protestantes; sin embargo, dentro del país habrían preferido mantener una alianza con los católicos de Baviera. Así y todo, la verdadera diferencia entre Francia y España es que los franceses pensaron más a largo plazo y creyeron que las filiaciones religiosas solo servirían a un beneficio a corto plazo.

¿Qué supuso para España entrar en la guerra?

Otra de las cosas novedosas del libro es que planteo que no hay que ver la guerra como un solo conflicto, sino como una unión de muchas guerras. Para España fue una primera guerra, por un lado, contra la República de Holanda; una segunda, fría y luego caliente, contra Francia; y, por último, el propio conflicto dentro del Sacro Imperio. El problema fundamental para España es que le hubiera convenido espaciar las guerras y no abordarlas todas a la vez hasta que se agotaron todos sus recursos financieros y humanos. Nunca hay que olvidar, en todo caso, que España sobrevivió a esta guerra y el imperio supo capear el temporal y al menos sobrevivir.

Pero, entró como la mayor potencia militar y salió muy debilitada, ¿estaban sus tácticas desfasadas?

A veces la historia militar se ve desde un punto de vista demasiado lineal. Creemos que en la guerra alguien inventa algo nuevo, que rompe el equilibrio, y el resto procede a copiarle en un ciclo sin fin. Se espera que la igualdad siempre acabe estableciéndose: primero, los españoles; luego, los holandeses; luego, los suecos; luego, los franceses... Sin embargo, para mí se trata de algo menos lineal. Al final de la Guerra de los 30 años quedó claro que lo más importante no eran las tácticas, ni las estrategias a largo plazo, sino el cómo se da de comer y se proveen a los soldados. Además de la veteranía de las tropas. Un ejército bien adiestrado y veterano es más eficaz que uno gigante, como se vió en esta guerra. Lo que sacudió a la Monarquía española más que cualquier táctica desfasada es perder a sus veteranos en la batalla de Rocroi. A España le resultó imposible replicar a sus veteranos.

La guerra también supuso para España una crisis en Cataluña, ¿es partidario de buscar conexiones entre la Sublevación de Cataluña de 1640 y la situación actual?

No se puede negar cierta continuidad entre ese pasado y la actualidad. Cataluña es hoy una sociedad tan dividida como lo era en 1640, en medio de la Guerra de los 30 años, con gente a favor de una independencia y otra parte en contra. Eso es una realidad, pero lo que está pasando ahora en Cataluña tiene que ver más con cosas menos lejanas, más vinculadas al siglo XIX y XX. La sociedad preindustrial es muy diferente a la actual.

«La paz siempre es precaria en Europa»

La leyenda negra que rodea a la infantería española de los siglos XVI y XVII recuerda, a su modo, a la que sufrieron los suecos precisamente en este conflicto. ¿Por qué una ha tenido más pervivencia que la otra?

Todos los soldados, sin distinción del bando, se comportaron muy mal desde el principio de la guerra. En 1619, las tropas valonas causaron auténticos estragos en su búsqueda de comida y follaje allí por donde pasaban. Si se les daba lo que pedían no ocurría nada, pero si no, no dudaban en tomarlo a la fuerza. Así actuaron sobre todo las tropas croatas, incapaces de dialogar con los pueblos debido a la barrera del idioma, prefiriendo coger las cosas sin preguntar. Por su parte, en el bando protestante fue la caballería finlandesa la que gozó de la peor fama, entre otras cosas porque la estrategia de Gustavo Adolfo de Suecia se basaba en extender el terror. Era consciencia del pavor que causaban sus tropas y del valor de la psicología en la guerra. Desde entonces, en Alemania siempre se ha recordado a los suecos y su problema con el alcohol… Claro que, esa leyenda negra de los suecos terminó por ser olvidada cuando llegaron nuevos invasores más terroríficos, como los cosacos en Alsacia. Las mismas historias y los prejuicios que se tenían contra los suecos fueron atribuidos a nuevos enemigos.

En el caso holandés, es natural que persista más la leyenda negra contra los españoles a causa de sucesos traumáticos como el saqueo de Amberes y porque la identidad de Holanda fue configurada en torno a aquella lucha contra Felipe II. Por Alemania, sin embargo, han pasado muchos otros enemigos y se tardó más en configurar su relato nacional.

Fotografía del historiador Peter H. Wilson en su visita a España
Fotografía del historiador Peter H. Wilson en su visita a España

¿Por qué la memoria alemana recordó la guerra como un horror inédito hasta entonces?

La gente sabía lo que era la guerra, y el resto de Europa la siguió viviendo, pero el Sacro Imperio Germano llevaba 65 años en paz y resultó un impacto muy duro redescubrir todos aquellos horrores de golpe. La gente había leído sobre la guerra, sin vivirla en primera persona. Cuando terminó, los alemanes la colocaron entre sus peores vivencias colectivas y se prometieron no repetir algo igual. De ahí la creación de ejércitos permanentes para protegerse de otro horror igual. Pensaron, como el escritor romano Flavio Vegecio Renato: «Si quieres paz, prepárate para la guerra». Pensaron, en definitiva, que con una protección fija se conseguiría una guerra más limitada y no tan descontrolada. No obstante, la Guerra de los Nueve años, con la quema del Palatinado, mostró pronto que nadie está a salvo de la destrucción en Europa.

La guerra sienta mal a Europa, pero parece que la paz también. La Primera Guerra Mundial también llegó tras un largo periodo de tranquilidad.

La paz siempre es precaria en Europa. Hay un peligro real sobre Europa hoy, desde luego, pero no va a ser como en el siglo XVII. No estamos preparados para asumir un número alto de bajas. Nuestras sociedades no están preparadas psicológicamente para tanto dolor y para asumir tantos heridos.