La Guerra de los 30 años

Cristina Borreguero: «La visión de una España fanática surgió de la propaganda holandesa y alemana»

En «La Guerra de los 30 años: Europa ante el abismo» (La Esfera de los libros), Cristina Borreguero narra el conflicto que forjó profundamente el carácter de Europa de forma cronológica y espacial, al tiempo que muestra aspectos inéditos como la actividad de las mujeres en la guerra o la vida del soldado mercenario

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El año pasado se cumplieron 400 años del estallido de la Guerra de los 30 años con un aluvión de novedades editoriales en torno a la memoria de un conflicto que alumbró horrores inéditos, lo que dicho sobre la sangrienta historia de la humanidad es como revelar a un carnicero una parte desconocida del cerdo ibérico. Solo de la Paz de Westfalia, que puso fin al conflicto, se han escrito 4.000 títulos. No es fácil aportar documentación nueva o una visión distinta, que es precisamente lo que Cristina Borreguero, catedrática de Historia Moderna en la Universidad de Burgos, se propone en «La Guerra de los 30 años: Europa ante el abismo» (La Esfera de los libros).

Un libro que narra el conflicto que forjó profundamente el carácter de Europa de forma cronológica y espacial, al tiempo que muestra aspectos inéditos de las últimas investigaciones llevadas a cabo en desde mediados del siglo XX como, por ejemplo, la actuación de algunos generales europeos y españoles, la actividad de las mujeres en la guerra o la vida del soldado mercenario.

Cristina Borreguero Beltrán
Cristina Borreguero Beltrán

¿Por qué resulta la Guerra de los 30 años un conflicto tan importante de recordar?

Porque la duración fue asombrosa y la población alemana fue consciente de ello, dado que sufrió en sus propias carnes un conflicto devastador. Ciertamente existieron contiendas anteriores de mayor duración – la Guerra de los Cien Años– o coexistieron con ella –como la guerra de los Ochenta Años–, pero tuvieron características distintas. La larga duración de la Guerra de Alemania se debió, sobre todo, a los problemas financieros que paralizaban el ritmo de la contienda. Como han señalado algunos historiadores, los estados que intervinieron se embarcaron en una conflagración que estaba muy por encima de sus posibilidades económicas y, por eso, hacían lo posible por lograr retrasar sus operaciones.

La enorme devastación que produjeron los ejércitos campeando por Alemania durante más de un cuarto de siglo, puede dar idea de la importancia de las percepciones coetáneas que han permanecido en la memoria colectiva. No obstante, se sabe que la devastación alemana fue un tema desarrollado por el nacionalismo histórico alemán en el siglo XIX. Hoy, los historiadores tratan de ser cautos y más objetivos estudiando con datos la realidad de la destrucción.

¿Cree que hemos estudiado tradicionalmente la guerra bajo una visión limitada por quien ha controlado el relato histórico?

Indudablemente, la historia anglosajona y, por extensión, la protestante, han marcado las visiones del conflicto. Si se me permite un salto retrospectivo, ya desde la época de Lutero se aprecia cómo este y sus seguidores, gracias a su clarividente recepción de los incipientes medios de difusión, pudieron propagar con una rapidez desconocida hasta entonces las nuevas ideas religiosas con todas sus implicaciones: fue el primer gran momento de propaganda masiva en el mundo occidental. Pero además, los anglosajones supieron desarrollar y utilizar desde muy pronto el poder de la opinión pública, con todo ello concibieron un relato histórico en su beneficio que se ha transmitido, gracias a la expansión de la lengua inglesa, por todos los continentes.

¿Se ha presentado de forma fidedigna el papel de España en la Guerra de los 30 años?

Rotundamente, no. Por un lado, ha existido una visión antiespañola alimentada por una parte de la historiografía europea. Además de la producción alemana y austriaca, también la checa –aunque con posterioridad ha variado sustancialmente– consideraba la idea de que la independencia de Bohemia fracasó tras la derrota de la Montaña Blanca por la opresión española. En la línea de esta visión antiespañola, Polisensky (1915-2001) llegó a escribir que «las causas de todas las desgracias vinieron, aún antes de 1618, de España».

Por otro lado, aunque cada vez conocemos más aspectos de la participación de España en la contienda hace falta un trabajo de investigación más intenso y extenso. Hasta fechas muy recientes, no se ha imbricado la historia de la Monarquía española con la del resto de participantes en la Guerra de los Treinta Años. Todavía en febrero de 1989, R. J. W. Evans, en el prólogo a su edición española de La Monarquía de los Habsburgo, llamaba la atención sobre esta circunstancia y el profundo desconocimiento que de esta época se tenía por una gran parte de la historiografía internacional. Y la razón de este desconocimiento es que la historiografía española del conflicto sigue siendo insuficiente, por ello, quizá, se prescinde sin más de las escasas pero aprovechables aportaciones españolas.

En la actualidad, la historiografía ha concluido que la Monarquía española fue clave tanto en el aspecto bélico como en el financiero y religioso. Por eso, es necesaria una renovación historiográfica sobre el tema que debe incidir principalmente en el papel del esfuerzo de Madrid hacia Centroeuropa.

España obtuvo muchas victorias durante la guerra, y, sin embargo, se la considera una de las potencias que salieron peor paradas del conflicto. ¿Fue tan grave la derrota?

Si se me permite una expresión poco académica, en la guerra de los Treinta Años se confirma la proposición de que «quien gana la última batalla gana la guerra». Los Habsburgo, también los españoles cosecharon desde 1618 y durante las primeras etapas de la contienda grandes victorias. Fue a partir de 1640, cuando la Monarquía española, a pesar del titánico esfuerzo, ya no pudo sostener dos frentes europeos y, menos aún, dos rebeliones que estallaron en su propio solar territorial –Cataluña y Portugal–. Solo un gigante hubiera podido con todo ello y España acusó su enorme desgaste. Se cumplía así lo que manifestaron diversos cronistas políticos que para la defensa de Monarquía española debía mantenerse la guerra lejos de casa.

La derrota de España al final de la guerra de los Treinta Años no tuvo como resultado grandes pérdidas territoriales. El fracaso se tradujo en la privación de su hegemonía en Europa que pasó a Francia y con ello del prestigio o de la «reputación», como se decía entonces, muy valorada en la época.

¿Las tácticas y ejércitos de la Monarquía hispánica estaban desfasadas?

Esta cuestión ha sido ya estudiada por algunos historiadores que desmitifican precisamente la idea de unos ejércitos franceses evolucionados frente a los desfasados ejércitos hispánicos. Concretamente, el historiador David Parrot explica cómo se fraguó el mito, la suposición de que Richelieu reformó el ejército francés durante los años de su gobierno, logrando una transformación en tamaño, organización, disciplina y tácticas que llegó a anular la superioridad del ejército español e hizo posible la victoria francesa en Rocroi. El mito, basado en los escritos del propio Richelieu, sus Memorias y su Testamento Político, ha servido para crear y desarrollar una interpretación que estuvo lejos de la realidad. Para este y otros historiadores el éxito de las tropas francesas en Rocroi fue excepcional e inusitado.

A nivel religioso, vemos a luteranos enfrentados a calvinistas y católicos aliados con protestantes, como en el caso de Francia, ¿por qué algunos países ya no se movían por cuestiones religiosas?

A lo largo de la guerra se asistió también a un cambio de percepción de muchas cuestiones, también las religiosas. El calvinismo era más combativo y por ello logró superponerse al luteranismo en algunos principados y comunidades alemanes. Pero el caso de Francia fue distinto, pues implantó un modelo de actuación política, no completamente nuevo, «la razón de estado», que le permitió aliarse con aquellos que pudieran favorecer su gran ambición: la hegemonía de Europa.

Un ejemplo de ello es el texto de la declaración de guerra de Francia a España en 1635, en el que se justificaba dicho «rompimiento», como así se decía, en función de la obligación de Francia de protegerse y defender a sus aliados, como el elector de Tréveris, apresado por tropas españolas. Aquellos eran pretextos políticos más o menos verosímiles que encajaban bien en el pensamiento europeo. Pero en realidad, fue la batalla de Nördlingen en la que las fuerzas hispano–imperiales destruyeron de forma aplastante al ejército sueco en 1634, la que motivó la decisión de intervención de Francia. Tréveris fue la excusa, la victoria de Nördlingen la verdadera causa. El rey cristianísimo de Francia no pudo aducir ninguna razón religiosa para su intervención, solo motivos de defensa de la propia Francia y de sus aliados. Pero esa intervención vino preparada por negociaciones y acuerdos con la mayoría de los estados protestantes. Los Habsburgo se vieron solos y aislados uno del otro; enfrentados al enemigo «en casa». Viena frente a Suecia y Madrid frente a Francia. Lo que indudablemente llevó al colapso final.

La expugnación de Rheinfelden (1634)
La expugnación de Rheinfelden (1634)

En todo caso, la Guerra de los 30 años demuestra que la intolerancia era la regla en Europa. ¿Por qué España sigue apareciendo como la única nación fanática?

La tolerancia es un valor en alza tan utilizado hoy en día que su verdadero néctar está perdiendo fuerza. Utilizar la terminología de moda en la actualidad para periodos pretéritos puede resultar poco apto. Los valores de aquella época fueron, sin lugar a dudas, muy distintos. Se moría, por ejemplo, por causas religiosas e, incluso, caballerescas como en el duelo, etc. Por ejemplo, no se comprendía la neutralidad y el propio Gustavo Adolfo de Suecia llegó a recriminar a su cuñado Jorge Guillermo de Brandeburgo sus intentos de permanecer neutral: «Porque os digo claramente que no sabré ni oiré nada de "neutralidad”; su Excelencia debe ser amigo o enemigo. Cuando llegue a vuestra frontera deberá declararse a sí mismo, caliente o frío. La lucha es entre Dios y el diablo. Si su Excelencia está de parte de Dios, lo dejaré estar cerca de mí; si está del lado del diablo, entonces tendrá que luchar contra mí; no hay un tercer supuesto, esto es así».

En todo caso, efectivamente, la visión de una España fanática surgió de la propaganda holandesa y alemana que tuvo una fuerza increíble. Aquella visión ha perdurado en la memoria colectiva y aunque se han hecho esfuerzos por combatirla con datos reales, todavía uno se encuentra con textos y publicaciones procedentes de esta visión estereotipada. Puede ser de interés el trabajo realizado para valorar la realidad de las visiones propagandísticas sobre los saqueos, que tanto escandalizaron en la Europa de su tiempo y que han llegado hasta la actualidad, como el de la Furia española (saqueo de Amberes de 1576) y el de Magdeburgo (1631), en contraposición al de Tirlemont (o Thienen) (1635) que solo indignó a España.

¿Existe alguna continuidad entre lo que pasó en Cataluña durante la Guerra de los 30 años con el florecimiento, siglos después, del nacionalismo catalán?

Indudablemente la historia estudia y explica los procesos históricos. Los hechos actuales en Cataluña forman parte de esos procesos, no emergen de la nada, tienen génesis centenaria. Las pretensiones, pugnas y provocaciones germinan en momentos de debilidad, cuando se instala la crisis económica y la flaqueza política e, indudablemente se perpetúan ante la perplejidad política. Es la historia de un descontento y resentimiento cíclico, que no ha tenido ni tiene una explicación racional y lógica y, por ello mismo, tampoco proyecto aquilatado de futuro. Sin embargo, ese resentimiento se retroalimenta en ciertas épocas. ¿Será que tienen razón los que abogan por dar un giro a la enseñanza en Cataluña? Porque realmente hasta los maestros se sonrojan al tener que enseñar simples conjeturas como la de que Colón nació en Tortosa.