Imagen promocional de Rocío Márquez en su disco «El Niño»
Imagen promocional de Rocío Márquez en su disco «El Niño» - ABC

Rocío Márquez: «Intento que mi amor por la tradición no sea mi cárcel»

La joven cantaora llega al Teatro Real de Madrid para homenajear a Lorca con Pepe Habichuela y Arcángel

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«Los flamencos tenemos el cuerpo hecho a estos sustos desde el “Omega” de Morente, pero es lo último que nos esperábamos de Rocío Márquez», escribía un crítico tras la presentación de « El Niño» (Universal) en la pasada Bienal de Sevilla. El último disco de la joven cantaora onubense, ganadora de la prestigiosa Lámpara Minera del Festival del Cante de la Minas en 2008, no era lo que puristas esperaban. Los reproches llegaron, tan habituales en este arte desde los tiempos de « La Leyenda del Tiempo» de Camarón. Aunque ella, que ama a los clásicos como nadie, lo tiene claro: «Soy una amante de la tradición, pero intento que no sea un límite. Que ese amor por la tradición no sea mi cárcel».

Las ganas de jugar con las fronteras del cante le impulsaron a hacer un disco tan valiente como «El Niño», en el que homenajea al Pepe Marchena más «transgresor y libre», el que investigó y revolucionó el flamenco con nuevos estilos, como la colombiana. Y su amor por los clásicos es el que le llevará mañana al Teatro Real, para revisar el cancionero popular de Federico García Lorca, con la colaboración del maestro Pepe Habichuela, la prodigiosa voz de Arcángel y los bailes de Leonor Leal. «Es una oportunidad preciosa. Me interesan los espectáculos con un hilo conductor. Y me llena mucho hacerlo desde distintas perspectivas musicales y con varios acompañamientos, en un escenario tan bonito».

Echando mano de los textos del poeta, Márquez cantará por milongas, tangos, abandolaos, cantiñas o fandangos, como hacía de niña, cuando «los antiguos» le pellizcaron el corazón para siempre. Cuando arrastraba a sus padres hasta las peñas flamencas, para escuchar bulerías o peteneras, mientras sus amigos jugaban en la calle. Con la misma la pasión con la que se subió por primera vez a un escenario con 9 años o se enamoró «de una manera un poco loca» de las tarantas de Marchena, a los 15. La Niña de los Peines se había convertido en otro de sus referentes.

¿Qué significa para ti actuar como protagonista por primera vez en el Teatro Real?

–Es una oportunidad preciosa. Me interesan los espectáculos con un hilo conductor, como Lorca en este caso. Y me llena mucho hacerlo desde distintas perspectivas musicales y con varios acompañamientos, en un escenario tan bonito

Homenajeas a Lorca, le has cantado a Mozart mezclando música clásica con flamenco, grabas con un músico de pop como Raül Fernandez… Tú no eres de ponerle puertas al campo, ¿no?

–Intento que mi amor por lo tradicional no se convierta en una cárcel. Busco la máxima coherencia posible entre lo que siento en cada momento y lo que necesito. Al final, lo que propones en un escenario es el resultado de intentar cubrir las necesidades que te surgen a nivel artístico.

Pero luego vienen algunas críticas…

–Es verdad que la primera vez que presentamos «El Niño» chocó y nos encontramos críticas más duras, pero cuando uno hace las cosas por necesidad, y no por capricho, hay que pensar eso de que “para gustos, los colores”. Yo jamás he tenido una crítica mala cuando he hecho cosas tradicionales, pero cuando he sacado los pies del tiesto, me han dado un poco en la cabeza como diciendo “no vayas por ahí”. Pero siempre digo que es bueno que, en el flamenco y en el arte en general, convivan líneas más tradicionales con otro tipo de líneas.

Y dentro de esa filosofía, ¿qué otras músicas escuchas más allá del flamenco?

–Me gusta mucho el malouf (música tradicional tunecina). Quizá es lo que más escucho, me ayuda a desconectar. Y no solo de música, sino de arte en general, me está interesando mucho Marina Abramovic, Pina Bausch, Johnny Cash… estoy ahora mismo mirando en la estantería los discos que más escucho (risas). Ah! Me encanta Tomás Luis de Victoria por el tema de la polifonía. En el disco hay bastantes cosas de polifonía a las que me he enganchado bastante por él.

¿Es un halago que comparen tu disco con «Omega»?

–Totalmente. Morente era un genio. Esas críticas son matices tan sutiles que realmente no sabes hasta qué punto deben desagradarte o no. Si me sacan de esa línea que me asfixia, casi que lo agradezco. Pero, afortunadamente, con «El Niño» he encontrado muy buena aceptación en el público y la crítica.

¿Te costó mucho emprender un proyecto como «El Niño»?

–El disco era una idea mía con la que estaba loca. Es cierto que cambió mucho por la aportación de Raül Fernández «Refree» (productor y músico que inició su carrera en el hardcore, con la banda Corn Flakes, y luego transitó por los caminos del pop y la canción de autor con buenas críticas), el musicólogo Faustino Núñez (conocedor incansable del flamenco) y el artista Pedro G. Romero, pero estoy muy contenta con el resultado final. Recuerdo perfectamente la primera vez que planteé el proyecto en Universal. Me encantaba la idea de hacer algo alrededor de la figura de Marchena desde una perspectiva tan diferente a la de los típicos homenajes. Cuando sentí que gustó, fue una emoción muy grande.

No es muy habitual encontrar a una cantaora que a la vez esté haciendo la tesis doctoral en la universidad sobre uno de sus referentes musicales.

–Afortunadamente, el flamenco empieza a estar ya en muchos sitios que antes ni imaginábamos, como la universidad. Que abramos puertas permite que el flamenco siga vivo. Para mí la tesis sobre Marchena es una oportunidad enorme, me da mucha libertad. Cuando te dicen, por ejemplo, que cantes por soleás y luego descubres que la guajira (cante originario de Cuba) casi podía haberse nombrada «soleá» antes que la misma soleá, te da argumentos para que no te afecte cuando quieras cantar una guajira.

¿La tesis, entonces, ha influenciado en tu cante?

–No podría poner una línea para separar lo que he hecho para la universidad y lo que he hecho para el disco. Va todo junto. En la tesis, por ejemplo, descubrí que Marchena se inspiró en el corrido mexicano y el zorziko vasco al crear la colombiana. Ahora nosotros empezamos la colombiana del disco con el corrido mexicano [canta un trozo de « El Venadito» a través del teléfono] y, al montarme encima con la otra melodía, lo que intento es reproducir el proceso creativo que Marchena pudo realizar en su día. Eso quiere decir que, efectivamente, en la parte musical hay mucho de esa investigación.

¿De ahí ese afán del libreto de explicar los cantes?

–Sí. Había tantos detalles que me daba pena que no se pudieran percibir si no lo hacíamos de manera explícita en el libreto, que es obra de Pedro G. Romero.

¿Quién era Marchena para ti?

Un cantaor en el que convivían lo clásico y lo contemporáneo. Transmitía en todo, no es solo en la manera de cantar, improvisar y en los cantes que hacía, también en su puesta en escena. Fue, por ejemplo, el primero que se vistió de chaqué para cantar flamenco y la crítica le metió un montón de caña por ello. Pero él era un artista y le gustaba cuidar todos los detalles, a diferencia de otros. Hay muchas fotos de él en la imprenta con los carteles. Me fascina su libertad y esa forma de combinar estos dos aspectos.

¿Recuerdas algún episodio de su vida que te marcara?

–Un día entró en una taberna y un grupo de señores le dijeron que se cantara unos fandangos. Él dijo: «Esto tiene un precio». Le preguntaron cuánto y él pidió lo que debía ser un dineral para la época. Uno de ellos se lo dio y Marchena cantó el fandango. Después cogió el dinero, llamó al limpiabotas y se lo dio todo. Estas historias son impactantes, ¿verdad? Hablan de su carácter.

¿Cuándo vas a acabar la tesis?

–Mi vida últimamente es un poco loca. Es una tarea pendiente. Tengo hasta 2017, que es cuando acaba el programa. Estoy de un sitio para otro y tengo que sacar horas todos los días. Imagínate, la semana pasada estuve de ensayos para el espectáculo de Mercedes Ruiz, para la presentación del disco de «El Niño» en Jerez y para lo del Teatro Real, con todas las letras nuevas. Dedico una hora al día para memorizarlas. Quizá para lo que debería sacar más tiempo es para escribir. Me cuesta muy poco ponerme a leer o a buscar información, pero lo de redactar lo llevo peor.