Mona Eltahawy durante su visita a España para promocionar su libro
Mona Eltahawy durante su visita a España para promocionar su libro - UOC/Clara Vallvé

Mona Eltahawy: «Las musulmanas necesitan una revolución sexual»

La feminista carga contra quien las use políticamente: «Al menos que seas una mujer musulmana, cállate y escúchanos a nosotras. Esta es nuestra lucha»

Madrid Actualizado: Guardar
Enviar noticia por correo electrónico

Cuando en diciembre 2010 los tunecinos tomaron las calles para protestar contra el régimen del dictador Ben Ali tras la muerte de Mohamed Bouazizi, algo parecía estar cambiando. Las protestas florecieron también por otros países del Norte de África y Oriente Medio. Había llegado la Primavera Árabe, y al igual que Ali, cayeron también Gadafi en Siria o Mubarak en Egipto. Otros países como Omán o Barhéin prometieron mejorar la vida de sus ciudadanos. Por primera vez parecía que algo estaba cambiando, pero este era solo el comienzo de una revolución más profunda que todavía no ha llegado. La que reclaman las miles de mujeres que aún no se han liberado en esos países, la del patriarcado presente en todo el mundo.

La activista musulmana Mona Eltahawy, una de las activistas más influyentes por los derechos de las mujeres que practican el islam, es contundente a la hora de definir el problema en estos países: «Necesitamos una revolución social y otra sexual». En su paso por España para presentar «El himen y el hiyab» (Capitán Swing) aprovecha para cargar contra el patriarcado del sistema judicial español, el que permitió la sentencia de La Manada, según recuerda. Y no se arenga ni ante los extremistas ni ante los progresistas que tratan de utilizar a las musulmanas en beneficio propio: «Callaos la boca. Que hablen las musulmanas». Las mujeres por las que lucha -por las que fue detenida, torturada e incluso violada durante las protestas en Egipto, deben afrontar tres revoluciones: contra el Estado (esta junto a los hombres), en la calle, y en el dormitorio. «Todos los dictadores vuelven a la cama, por eso esta será la más complicada y es la más importante».

Casi antes de empezar a conversar con ella en la Casa Árabe de Madrid, quiere dejar clara la diversidad de ese llamado «mundo árabe», dice que prefiere hablar del Norte de África y de Oriente Medio, a pesar de que aparece tal cual en el subtítulo de la edición española de su libro. «Arabia Saudí es muy diferente a Túnez, Yemen o Siria, pero la razón por la que escribí este libro y lo centré en Oriente Medio y el Norte de África es porque quería demostrar que hay feminismo también allí, que ha existido desde 1920», comenta. Se refiere a Huda Shaarawi, pionera del feminismo en la región, egipcia igual que ella. En 1923 se arrancó públicamente el velo ante las mujeres (feministas) que fueron a recibirla a la estación de El Cairo tras volver de un congreso en Europa. «Quería demostrar que en esta parte del mundo, donde hay también patriarcado, por supuesto, ha habido olas de feminismo e iconos feministas, no necesitamos importarlos», añade.

Miedo al feminismo

Para la activista, Túnez es el mejor ejemplo (o el más exitoso) de todos los países que han vivido la Primavera Árabe. Tras las elecciones, el 33% de las parlamentarias ahora son mujeres. «Un número mayor que en los Estados Unidos, que en el Reino Unido o que en Francia», celebra. Tras ellas, el parlamento ratificó una constitución que es «la más progresista de toda la región, y cuyo artículo número 1 defiende la igualdad entre hombres y mujeres», añade. Pero además, Túnez promulgó en 2017 una ley de violencia doméstica y acabó con el llamado matrimonio forzoso tras una violación, el que permitía a un hombre que violaba a una mujer librarse de las represalias si accedía a casarse con ella. Y eliminó la prohibición de que las musulmanas deban casarse exclusivamente con hombres musulmanes.

En el otro extremo, habla de Arabia Saudí, donde no hubo revolución, pero sí que influyeron los movimientos de protesta por toda la región. Estos días se está celebrando el juicio contra 17 activistas que lucharon contra la prohibición de las mujeres de conducir en todo el país. Seis meses después de apresarlas el año pasado, el rey Salmán bin Abdulaziz terminó con la prohibición, «para poder decir que lo hizo él», comenta Eltahawy. «Lo más importante es que durante años han luchado por algo más grande que la prohibición de conducir, contra el sistema de tutelaje que establece que cada mujer debe tener un hombre guardián a su lado (su padre, hermano o marido) para tomar decisiones por ella, y ese es el origen del patriarcado en Arabia Saudí, y por eso están en prisión», dice. La monarquía saudita está «aterrorizada por el feminismo, las autoridades también, porque es poderoso. ¿Quién enviaría a alguien a prisión si no fuera porque les tiene miedo?», se pregunta.

Aunque nació en Egipto, cuando tenía 7 años su familia se mudó a Londres, y más tarde, cuando cumplió 15, se trasladó a Arabia Saudí. Aprendió rápidamente que el islam que se practicaba en Egipto poco tenía que ver con el de la península arábiga. «Fue una experiencia traumática, caí en una profunda depresión», y entonces experimentó el feminismo al ver cómo se trataba allí a las mujeres y a las niñas, pero lo descubrió de verdad, según cuenta, cuando entró a la Universidad con 19 años y leyó a periodistas feministas de la región.

El triángulo de la misoginia

«Cuando hablo de revolución, asumo que tiene que ser también feminista, pero muchos hombres me dicen que no es el momento, nos dicen que esperemos, y nadie es libre en ningún lugar. Yo les digo, ‘¿Cuánto más tendremos que esperar?’ Y me responden que es verdad. Nadie es libre porque el dictador que ocupa el palacio presidencial, nos oprime a todos, pero hay un dictador en las calles y otro dictador en cada dormitorio», dice resumiendo su «triángulo de la misoginia». Si el Estado oprime tanto a hombres como a mujeres, el Estado, las calles y el hogar juntos oprimen a las mujeres, y «esas son las dos revoluciones que necesitamos. Hicimos una revolución contra el dictador, ahora necesitamos una revolución social contra el dictador de las calles, y otra revolución sexual contra el dictador de cada dormitorio» dice. Sobre esta última, añade que es «la más difícil, porque todos los dictadores vuelven a casa, y todos están en el dormitorio». La revolución sexual que propone, entonces, debe comenzar en casa, en la mente de cada uno y más tarde en el hogar, «donde más control existe».

Eltahawy es dura contra aquellos que quieren beneficiarse de las musulmanas, tanto de un lado contra de otro. Por una parte, según cuenta, están los racistas e islamófobos «que quieren utilizar a las mujeres para que todos los musulmanes parezcan malos». Por otra, «la comunidad musulmana, especialmente los misóginos, que quieren silenciarlas». Y, en última instancia, los progresistas, «el ala izquierda que quiere demostrar que no son islamófobos, ni racistas y se convierten en aliados de los más conservadores de los musulmanes, contra las mujeres». Y añade: «Que les den a todos. Que se callen y dejen hablar a las mujeres musulmanas, porque ninguno de ellos lo hacen. Todos quieren utilizarme».

En el discurso de Mona Eltahawy ocupa un gran espacio el patriarcado. «Está en todos los países, y es el que se asegura de que en los lugares públicos los hombres sean dominantes, y en los lugares privados también», comenta. En el caso de las mujeres musulmanas, al llevar niqab o hiyab, se las halaga, se les dice que son «como un caramelo», por lo que deben cubrirse. En cambio, en el hogar, se les dice que están seguras, «cuando es allí donde las mujeres más experimentan la violencia y agresiones de su propia familia», añade. Es la razón por la que defiende la necesaria revolución sexual de las mujeres: «Porque no están seguras ni en las calles ni en los hogares. La contradicción es que te digan que te cubras para estarlo, y aunque vistas niqab o hiyab te siguen diciendo que eres sexy. No se trata de cómo vistes», sentencia.

Uno de los debates que más controversia suscita en los países musulmanes (y fuera de ellos) es el del velo. Consciente de la apropiación que se hace del tema con fines políticos, Eltahawy carga, de nuevo, contra todos, para exigir que sean las musulmanas quienes debatan entre ellas. «Como mujer de ascendencia musulmana, me opongo a cubrirme el pelo o el rostro en los lugares públicos. Pero también sé que hay mucha gente racista, islamófoba, xenófoba, que usan el niqab como un arma, para meternos en su agenda», dice. Esta activista, que llevó velo muchos años de su vida según cuenta en su libro, se opone al niqab, «pero no soy aliada de estos grupos que lo usan con fines racistas». Según afirma, en el momento de escribirlo (2007-2008), estaba a favor de prohibirlo en todas partes del mundo, pero ahora defiende «que al menos que seas una mujer de ascendencia musulmana, debes callarte y escuchar a las mujeres musulmanas, porque estamos luchando por ello». Según cuenta, entre ellas hay también un gran debate, y su mayor deseo es que los políticos, los interesados, callen, porque «esta es nuestra lucha».

Apúntate a la newsletter de Familia y recibe gratis cada semana en tu correo nuestras mejores noticias

O súmate a nuestro whatsapp, y recibe cada día en tu móvil lo más interesante de ABC Familia