El robo del cerebro de JFK y otros cinco oscuros episodios de la ciencia en tiempos de guerra

Las guerras mundiales, el uso del LSD para controlar la mente del enemigo, el inicio de la era nuclear... ambos mundos se mezclan en el libro del catedrático en Biología celular y divulgador, José Ramón Alonso Peña

MadridActualizado:

«Con la aparición de la energía atómica, nuestra generación ha traído al mundo la fuerza más revolucionaria desde que el hombre descubrió el fuego», afirmó Albert Einstein en una carta de apoyo al Emergency Committee of Atomic Scientists, 1947. Años después le pesaría haber firmado esta carta, ya que esta tecnología sentaría las bases del desarrollo de las bombas nucleares que se lanzaron en Hiroshima y Nagasaki.

Este es un ejemplo entre los cientos, miles, que existen en la ciencia sobre avances que han sido utilizados con fines bélicos o en tiempos de conflicto. José Ramón Alonso Peña, catedrático de Biología celular y director del laboratorio de Plasticidad Neuronal y Neurorreparación de la Universidad de Salamanca, realiza un recorrido por la historia, desde épocas griegas hasta casi nuestros días, relatando estos capítulos, muchas veces oscuros, de la ciencia.

«¿Quién robó el cerebro de JFK?» (Ediciones Cálamo) repasa la guerra biológica napoleónica, la primera incursión de las armas bacteriológicas en la I Guerra Mundial, los experimentos de la CIA con el LSD o el misterio en torno al desaparecido cerebro del presidente asesinado John F. Kennedy -que da nombre al libro-, mostrando la cara menos amable y muchas veces desconocida de la principal herramienta del desarrollo de la Humanidad.

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  1. Napoleón: «La fiebre pronto les devorará a todos»

    El 30 de julio de 1809 un enorme ejército británico acudió en auxilio de Austria, ya que el Imperio empezaba a temer el dominio en toda Europa de Napoleón. Desembarcaron en la isla de Walcheren. Al principio la expedición británica avanzó según lo previsto, encontrando muy poca resistencia.

    Las descripciones de los diarios de los oficiales británicos hablan de una «marisma plana convertida en un jardín» donde «colocamos nuestra mesa a la sombra de unos frutales lujuriantes y disfrutamos de todos los placeres de la vida rústica», explica Alonso Peña en su libro. Sin embargo, las tropas se quejaban de los mosquitos, cuya picadura hinchaba sus caras. Los médicos no le dieron importancia.

    Napoleón dio órdenes de romper los diques e inundar los campos holandeses. «Nos enfrentaremos a los ingleses con nada más que la fiebre, que pronto les devorará a todos», señalan las crónicas que comandó.

    El ejército británico empezó a tener bajas de lo que se llamó la «fiebre de Walcheren», una mezcla de tifus, fiebres tifoideas, disentería y, sobre todo, malaria, una enfermedad que Napoleón conocía bien, ya que había matado a 24.000 soldados franceses en la insurrección de los esclavos haitianos en 1802.

    A comienzos de agosto los enfermos eran menos de 700 pero el 3 de septiembre había hospitalizados más de 8.000 combatientes. A finales de octubre eran 9.000 los ingresados y superaban con mucho a los disponibles para el servicio. «Hubo que establecer hospitales en casas, iglesias y almacenes y las condiciones eran desastrosas. No había antimaláricos y los tratamientos incluían laxantes, sangrías y duchas de agua fría, mientras que el alcohol y el tabaco se consideraban panaceas. Los hombres eran "amontonados en cuchitriles, que serían impropios para perros, expuestos a los nocivos aires nocturnos y en algunos casos solo tenían paja mojada sobre la que yacer"», explica el catedrático.

    En febrero de 1810, la campaña de Walcheren se dio por terminada. Habían muerto de malaria 60 oficiales y 3.900 soldados. En batalla solo 106. Los mosquitos serían mirados de otra forma a partir de entonces.

  2. La primera batalla química y el orín como solución

    Manuel Azaña

    El 22 de abril de 1915 fue un día soleado. A las 17.30 a las afueras de la ciudad belga de Ypres aguardaban miles de soldados en una calma tensa en la I Guerra Mundial. De un lado, el Imperio alemán; en el otro, Francia, Reino Unido, Australia y Canadá. De repente, los combatientes canadienses, más cercanos al límite entre ambos campamentos, comenzaron a ver una «extraña niebla verdosa amarilla que parecía inexplicablemente fuera de lugar en la brillante atmósfera de aquel claro día de abril», contó uno de los supervivientes del primer ataque con gas en una guerra. Ese gas tóxico era cloro, mató más de 1.100 soldados y dejó gravemente heridos a varios miles más.

    Detrás de este episodio se encontraba el químico Fritz Haber, uno de los científicos más prestigiosos de su época y quien ganaría el premio Nobel tiempo después. Consiguió, tras muchas discusiones con el Alto Mando alemán, realizar una prueba y liberar gas de cloro sobre las tropas aliadas. El propio Haber supervisó la colocación de 5.730 bombonas a lo largo de seis kilómetros.

    Los canadienses empezaron sintiendo «una sensación de que la cabeza ardía, agujas al rojo vivo en los pulmones, la garganta como si estuviera atenazada por un estrangulador», relató el superviviente canadiense. «Muchos se derrumbaron y cayeron muertos. Los otros, jadeando, tambaleándose, con rostros desencajados, las manos gesticulando salvajemente y unos gritos roncos de dolor, corrían locamente a través de las aldeas y granjas y hasta el propio Ypres, llevando el pánico a los remanentes de la población civil y llenando los caminos de fugitivos de ambos sexos y de todas las edades».

    Un joven soldado alemán escribió a su hijo: «Lo que vimos fue muerte total. No había nada vivo. Todos los animales habían salido de sus madrigueras para morir… Veías sitios donde los hombres se habían arañado la cara y la garganta intentando respirar. Algunos se habían pegado un tiro».

    Sin embargo, esa misma tarde, el militar canadiense George Nasmith identificó el gas alemán. Desde un pequeño laboratorio en la retaguardia, indicó a los enfermeros que iban al rescate de los heridos que orinasen en un pañuelo y se protegieran la boca y la nariz. «Era química básica, el amoníaco de la orina, una base, podía reaccionar con los ácidos que formaba el cloro al reaccionar con el agua y neutralizarlo», explica Alonso. Los ataques no volvieron a ser tan letales como el primero, pero se siguieron utilizando e incluso mejorando en otras contiendas.

  3. La irrupción del gas sarín

    Ataque en el metro de Tokio con gas sarín en 1995
    Ataque en el metro de Tokio con gas sarín en 1995 - AFP

    Sin color, sin olor y con un poder neurotóxico brutal, el gas sarín fue descubierto en 1937 cuando se buscaban insecticidas más potentes. Sin embargo, el ejército alemán vio sus posibilidades contra el enemigo y fue producido en masa para usarse como arma en la II Guerra Mundial. «Se construyeron plantas piloto y se probó su liberación en proyectiles de artillería pero no se llegó a utilizar militarmente por miedo a las probables represalias por parte de los ejércitos aliados», explica Alonso. Tras la contienda, la OTAN lo incluyó en su arsenal químico estratégico y tanto la Unión Soviética como los Estados Unidos procedieron a su fabricación a gran escala en el contexto de la Guerra Fría. En el 93 se prohibió su producción y almacenamiento, y en 2007 se inició su paulatina destrucción.

    Este agente que provoca la destrucción de los neurotransmisores -responsables de las señales nerviosas- provocan que «la nariz empiece a gotear, los ojos a llorar, nuestro sistema intestinal pierde el control y empezamos a vomitar (...). A continuación nos empieza a doler el pecho y la vista se vuelve borrosa, ha pasado apenas un minuto. Después se inician las convulsiones y llega la parálisis de los músculos que mueven los pulmones, la asfixia y la muerte».

    Aún así, fue utilizado en diferentes contiendas y ataques terroristas: en 1988, Sadam Hussein lo usó contra la población kurda y murieron 5.000 personas. En 1994, el grupo Aum Shinrikyo liberó una forma impura de sarín en Matsumoto, Nagano. Murieron ocho personas y fueron afectadas unas 200 más. Un año más tarde, la misma secta realizó varios ataques con sarín en el metro de Tokio. Murieron trece personas y unas 5.500 fueron afectadas por el tóxico. O en 2004, la insurgencia iraquí detonó una bomba que contenía precursores binarios —que se activan al mezclarse— al paso de un convoy norteamericano en Irak. La trampa no funcionó y solo dos soldados tuvieron síntomas leves de exposición al sarín.

  4. En la era nuclear

    Prueba nuclear en el desierto de Nevada, en 1953
    Prueba nuclear en el desierto de Nevada, en 1953 - Archivo

    Primero en el desierto de Nuevo México, después en el de Nevada, en las Islas Marshal y en otros 120 lugares más, los norteamericanos empezaron a realizar pruebas nucleares desde 1945. Hiroshima y Nagasaki supusieron la culminación del llamado «Proyecto Manhattan». De forma paralela, también se experimentó con la bomba de hidrógeno, con un potencial destructivo mucho más incontrolable y devastador.

    Aún así, «algunos entusiastas del poder del átomo, entre ellos algunos científicos respetables propusieron usar esa potencia explosiva “en favor de la humanidad” como por ejemplo volando montañas para hacer minas a cielo abierto, y de hecho se hicieron pruebas de generación de cráteres en el Emplazamiento de Pruebas de Nevada, desviando ríos (así el Danubio solo regaría países de este lado del telón de acero), destruyendo obstáculos para la navegación (se propuso volar la gran barrera de coral de Australia), colocando 26 bombas en fila para hacer un nuevo canal de Panamá o incluso ajustar el clima modificando la cantidad de polvo nuclear en la atmósfera (con la idea de que no hubiese nunca más inviernos duros en el norte de los Estados Unidos y enviarlos de forma permanente a la Unión Soviética). Para reír, si no fuera de llorar», señala Alonso.

    Sin embargo, la opinión pública estadounidense empezó a recibir también fotografías que los daños que ocasionaban estas armas, incluso en niños no nacidos, lo que provocó un sentimiento de rechazo ante la nueva tecnología.

    Después, los accidentes radiactivos de Three Miles Island, Chernobyl y Fukushima pusieron en el punto de mira incluso la seguridad de las plantas creadas para proporcionar energía. Volviendo a Einstein y a su dilema con este tema: «La liberación de la energía atómica no ha creado un problema nuevo. Tan solo ha hecho más urgente la necesidad de resolver uno que ya existía».

  5. LSD para controlar mentes

    Albert Hofmann, descubridor del LSD
    Albert Hofmann, descubridor del LSD - Archivo

    Mucha gente conoce la historia del científico que, por accidente, sintentizó el LSD. El 16 de abril de 1943, el químico suizo Albert Hofmann estaba estudiando los compuestos químicos presentes en el cornezuelo, un hongo que infecta el centeno y que ha causado durante siglos graves disfunciones neurológicas a las personas que se intoxicaban con él. De repente, Hofmann empezó a notar alucinaciones y otras sensaciones distorsionadas. La culpa: la molécula dietilamida del ácido lisérgico o LSD.

    Sin embargo, el incidente con la bicicleta, quizás el más conocido, ocurrió después, con Hofmann consumiendo conscientemente dicha droga sintetizada. «El 19 de abril, ingirió intencionadamente aquella sustancia química para estar seguro de que aquella nueva molécula de síntesis era la responsable de aquellas extrañas sensaciones físicas y psíquicas. Tuvo entonces el primer “mal viaje” en lo que se conoce como el día de la bicicleta. Hofmann ingirió 0,25 mg de LSD pensando que era un nivel umbral (en realidad es diez veces menor, unos 0,02 mg) y empezó a notar súbitos cambios en la percepción. Pidió a su ayudante que le acompañara a casa, montó en la bicicleta que era su medio de transporte por las restricciones de la Guerra Mundial que asolaba Europa y por el camino empezó a tener una sensación terrible de ansiedad combinada con la creencia de que su vecina era una bruja malvada, que se estaba volviendo loco y que se había envenenado con el LSD», explica en su libro Alonso.

    Pero poco a poco estos angustiosos sentimientos se fueron convirtiendo en placer con visiones caleidoscópicas y fantásticas, plenas de colores vivos e irreales que se abrían y cerraban en círculos, espirales y surtidores. Así comenzó la era psicodélica.

    La CIA vio el filón años más tarde, y entre 1953 y 1964 el gobierno norteamericano realizó pruebas clandestinas en personal civil y militar dentro del programa llamado «MK-Ultra». De carácter secreto, su objetivo era manipular la mente del enemigo. «Los sujetos de las pruebas eran ciudadanos estadounidenses y extranjeros que en la inmensa mayoría de los casos fueron sometidos a una experimentación sin su conocimiento ni su consentimiento», afirma Alonso, quien además explica que se utilizaron prostitutas como señuelo para atraer a los «participantes», a los que se les echaba LSD en las copas. «Los agentes de MK-Ultra utilizaron otros fármacos, hipnosis, deprivación sensorial, abusos sexuales y distintas formas de tortura», asegura el autor del libro.

    La fabricación, venta y posesión de LSD fue declarada ilegal en los EE. UU. en 1967 y la Convención de Naciones Unidas sobre Sustancias Psicotrópicas pidió su prohibición a nivel mundial en 1971.

  6. El robo del cerebro de Kennedy

    John F. Kennedy y su esposa, Jackeline Kennedy
    John F. Kennedy y su esposa, Jackeline Kennedy - Efe

    John F. Kennedy no tuvo una presidencia tranquila: la Guerra Fría, el fracaso en Bahía Cochinos, la crisis de los misiles en Cuba, la construcción del Muro de Berlín o el inicio de la Guerra de Vietnam, precedida de una truculenta historia, primero como hérode guerra y después por sus escándalos personales, marcaron un mandato no exento de polémica. Y así fue hasta el final, ya que Kenedy fue asesinado el 22 de noviembre de 1963 en Dallas, Texas.

    Pocos son los ajenos a las brutales imágenes de su cabeza rebotante por los disparos, la desesperación de su mujer y Primera Dama Jackie Kennedy y el desconcierto del momento tras el fatal suceso. «Le faltaba media cabeza», según relantaron algunos presentes que acompañaron su cuerpo moribundo pero aún con un hilo de vida al Hospital de Parkland.

    Sin realizarle la autopsia por expresa petición de su mujer, metieron el cadáver en el Air Force One y llevado al Hospital Naval, en Bethseda, Maryland, donde por fin le practicarían la autopsia. Allí registraron dos heridas de bala: «una en la espalda, cerca de la base del cuello, y otra en la cabeza, que entró por la parte posterior, cerca de la coronilla, dañó gravemente el hemisferio cerebral derecho y generó un boquete en la parte lateral del cráneo de 13,5 centímetros de diámetro», relata Alonso. Después permaneció un día en la Habitación Este de la Casa Blanca.

    Aunque la comisión Warren determinó que el único culpable era Lee Harvey Oswald -quien había sido asesinado dos días después del magnicidio-, en 1976 se volvió a establecer otra comisión para esclarecer lo ocurrido. Ésta criticó la autopsia, determinó que se habían cometido fallos e intentaron reevaluar todas las pruebas. Sin embargo, los restos biológicos, incluido el cerebro, habían desaparecido. El comité sentenció que había sido el hermano de Kennedy, Robert -en ese momento Fiscal General, si bien luego se convirtió en senador por Nueva York y, más tarde, en el líder de los demócratas, aunque justo antes de ser asesinado- quien había hecho «desaparecer» las vísceras de su hermano.

    ¿Por qué? «Los que creen en la conspiración piensan que el encéfalo desaparecido habría podido demostrar que Kennedy no murió por los disparos de Lee Harvey Oswald, sino que recibió el balazo desde delante de un francotirador», explica Alonso. Otros opinan que Robert lo hizo para preservar la imagen de su hermano y ocultar posibles enfermedades o tratamientos con drogas que empañarían dicha reputación (y quien sabe si la suya propia). «Aún así, un misterio más en la historia de los Kennedy y una prueba más de que la Historia y la Ciencia jamás se terminan de escribir», concluye el autor.