Vídeo: Así están los restos del portaaviones de hielo que quisieron usar los aliados en la Segunda Guerra Mundial

Segunda Guerra MundialLos secretos del portaaviones de hielo: el coloso capaz de doblegar a los submarinos nazis

En declaraciones a «The Times», la arqueóloga subacuática Susan Langley alerta de que el vandalismo podría acabar con los restos del extravagante «Proyecto Habakkuk» de Winston Churchill

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Agosto de 1943. En mitad de Quebec, Winston Churchill acude a una reunión secreta en la que se dirimen temas de vital importancia como el lugar en el que desembarcará la flota aliada para entrar en Europa. Al encuentro arriba también el extravagante oficial británico Lord Mountbatten. Según afirma, sus científicos han creado un extraño material que permitirá a los ingleses no depender del acero para construir sus vitales portaaviones. El ingenio se denomina Pykrete, y está elaborado mediante agua salada congelada y serrín. Está tan convencido de la resistencia del invento que desenfunda su revólver y dispara a un cubo hecho con esta sustancia. En efecto, la bala rebota. Pero, para sorpresa de todos, está a punto de volar la cabeza de uno de los presentes.

Aunque, a la postre, la idea de construir un portaaviones de hielo no terminó de consolidarse por culpa de los altos costes, la resistencia del material entusiasmó tanto a Churchill antes de la conferencia de Quebec que ordenó que se fabricara un prototipo en Canadá. Así nació el denominado «Proyecto Habakkuk». No resulta extraño que el «premier» decidiera apostar por esta excentricidad. Al fin y al cabo, era un amante de los cachivaches militares que pudieran ofrecer a su ejército ventaja en batalla (no hay más que ver los extraños blindados que costeó el gobierno inglés para el Desembarco de Normandía meses después). En todo caso, parece que el más ambicioso fue levantar este gigantesco buque a golpe de agua helada y serrín.

Diseño del casco del portaaviones de hielo
Diseño del casco del portaaviones de hielo

Mucho se ha hablado desde la Segunda Guerra Mundial del «Proyecto Habakkuk». Es lo que tienen las excentricidades, que llaman la atención más allá de la época en la que se pergeñen. Sin embargo, el pasado lunes la historia del portaaviones de hielo volvió a salir a la luz después de que la arqueóloga submarina del estado de Maryland Susan Langley desvelara al diario «The Times» la triste noticia de que los restos del mencionado prototipo que se fabricó en Canadá (más concretamente, en el lago Patricia, en Alberta) están sumamente deteriorados y han sido vandalizados por los turistas submarinos. En sus palabras, los visitantes «sin escrúpulos» están logrando que las paredes y los tubos pensados para refrigerar las paredes de hielo del bajel se estén desmoronando.

En declaraciones a «The Times», la arqueóloga submarina ha incidido en que, desde que comenzó a revisar los restos del prototipo, ha aumentado de forma preocupante «la cantidad de graffitis tallados» en las paredes del buque. «Aunque muchas de las piezas de la estructura son resistentes, el paso del tiempo y el desgaste provocado por los buzos se ha cobrado su coste», ha explicado al diario anglosajón. De seguir así, afirma que es más que plausible que los restos de este curioso buque terminen desapareciendo. Por ello, y mientras escribe un libro que documenta la verdadera historia del navío, reivindica que se tomen medidas para su preservación.

Nuevo proyecto

Para entender por qué los aliados plantearon una idea en principio tan absurda como fabricar un portaaviones de hielo es necesario retroceder en el tiempo hasta 1942. Año en que, tal y como afirma el periodista e historiador Jesús Hernández (autor del blog «¡Es la guerra!») en su libro «Las cien mejores anécdotas de la Segunda Guerra Mundial», los submarinos alemanes se habían convertido en una verdadera pesadilla para los convoys repletos de mercancías, vituallas y armamento que viajaban desde Estados Unidos hasta Gran Bretaña. ¿Qué podían hacer ante esta silenciosa amenaza?

La solución se encontraba en los portaaviones. «Aunque los ingleses disponían de una excelente fuerza aérea, que había demostrado su valía combatiendo con éxito a la Luftwaffe en la batalla de Inglaterra, la falta de portaaviones hacía casi imposible la localización y el hundimiento de los U-Boote germanos en las áreas centrales del océano Atlántico, que así quedaban desprotegidas. La aviación era sin duda el arma más efectiva contra los submarinos, ya que estos eran atacados en superficie, cuando resultaban más vulnerables, antes de que tuvieran tiempo para sumergirse. Pero para poder atacar a los submarinos desde el aire hacían falta portaaviones; de este modo, las rutas atlánticas quedarían protegidas», explica el autor en su obra.

Construcción del prototipo
Construcción del prototipo

La decisión de reforzar los convoys con portaaviones beneficiaba sin duda a Gran Bretaña. No en vano, el mismísimo Churchill llegó a afirmar que solo había tenido miedo de una cosa durante la lucha: la fuerza submarina germana. Sin embargo, desde el principio de la contienda los Estados Unidos prefirieron enviar estos bajeles a un escenario que les preocupaba mucho más debido a su cercanía: el Pacífico. Eso dejó a los ingleses solos ante el peligro de los sumergibles teutones. Por si fuera poco, el país tampoco contaba con hierro y acero en exceso, materiales que eran enviados de forma primordial a la fuerza aérea.

Langley es de la misma opinión que Hernández. En sus declaraciones a «The Times», la experta afirma que, allá por 1942 (tres años después de que los panzer de Adolf Hitler atravesaran la frontera polaca y comenzara la Segunda Guerra Mundial), era imposible para los cazas británicos lanzar cargas de profundidad contra los submarinos alemanes porque se hallaban fuera «de su rango de acción». La única solución era transportarlos hasta mar abierto mediante portaaviones. Sin embargo, la experta recalca también que estos buques eran muy vulnerables a los torpedos.

Agua y arena

La solución llegó de la mano de Geoffrey Pyke. Nacido en 1893, este científico planteó a Churchill la posibilidad de fabricar el casco del bajel con hielo ya que, de esta forma, el hierro y el acero podría destinarse a otros menesteres. La idea fue acogida con escepticismo pero, en apenas unos meses (allá por diciembre de 1942) el mismo mandamás británico ordenó iniciar los estudios preliminares bajo el nombre de «Operación Habakkuk» (en honor del profeta bíblico Habakkuk).

Según revela el «The Times», lo cierto es que la resistencia de este material contra los explosivos había quedado documentada por la «Patrulla Internacional del Hielo», fundada después del hundimiento del «Titanic» en 1912 para tratar de encontrar una forma de que los buques pudiesen destruir los icebergs.

En palabras de Hernández, en principio se recurrió al agua helada conseguida de los icebergs del Atlántico Norte para los primeros prototipos. Por desgracia, todo fue un desastre. Pero la casualidad quiso que, esas mismas semanas, se publicara un estudio que confirmaba que se podía endurecer el hielo añadiéndole un 14% de arena. «Los científicos británicos no podían creer que la solución a todos sus problemas fuera un simple puñado de serrín, pero así lo hicieron y quedaron gratamente sorprendidos del resultado. A ese nuevo material de construcción decidieron bautizarlo con el nombre de Pykrete , en honor de Pyke, el inspirador de todo el proyecto, y jugando con la palabra que designa el hormigón en inglés, concrete», desvela el historiador español en la mencionada obra.

Vista de los restos del prototipo, desde la cámara de Susan Langley
Vista de los restos del prototipo, desde la cámara de Susan Langley

Según afirma la experta, el Almirantazgo inglés intentó llevar a cabo esta extraña idea en 1943. Tras mucho insistir, lograron que el gobierno canadiense aceptara crear un prototipo del portaaviones de hielo. La tarea recayó sobre Jack Mackenzie, presidente del Consejo Nacional de Investigación de Canadá, quien, tras la Segunda Guerra Mundial, afirmó aquel fue «otro de esos planes locos y salvajes [que comenzó] con un par de locos en Inglaterra». Este ingeniero construyó un prototipo de 60 pies de ancho y 30 de largo (20 y 10 metros) alimentado por un curioso sistema de tuberías capaces de mantener el frío. El primer modelo logró mantenerse a flote incluso en verano y con el sistema de refrigeración apagado.

Los científicos e ingenieros navales británicos se trasladaron a partir de entonces a Comer Brook, en Terranova, donde el proyecto comenzó a hacerse palpable. El objetivo era conseguir una mole con paredes de 12 metros de grosor que pudiera desplazar dos millones de toneladas y cuya pista de aterrizaje tuviera, aproximadamente, 600 metros de extensión (el doble que la mayoría de los buques de este tipo de la época). Es decir, que el ingenio inglés se convertiría en un auténtico coloso de los mares capaz de aplastar a los temibles submarinos germanos.

Extraña reunión

Las pruebas iniciales permitieron a Churchill acudir a la Conferencia de Quebec con los planos del portaaviones de hielo bajo el brazo. De hecho, los diseños de este aparato no tardaron en cobrar un papel protagonista en una reunión destinada en principio a organizar el futuro Desembarco de Normandía. «Tras las discusiones relativas a este último punto, Lord Mountbatten presentó a los norteamericanos el proyecto del portaaviones de hielo. La reacción de sus aliados fue la esperada: se quedaron perplejos ante la propuesta y dieron evidentes muestras de escepticismo», añade el experto.

No obstante, y tal y como se desveló en una misiva descubierta en 2018, Mountbatten contaba con un arma secreta para hacer que los presentes se tomaran en serio aquella idea. El oficial ordenó que llevaran a la sala un carrito de té sobre el que había dos grandes cubos de hielo. Uno normal y otro de Pykrete. A partir de ese momento comenzó la función. El almirante, deseoso de poner a prueba el nuevo material, sacó un hacha y pidió un voluntario dispuesto a partir los dos gigantescos bloques de agua helada. Henry Arnold, el jefe de la Fuerza Aérea norteamericana, fue quien dio un paso al frente.

Pyke
Pyke

Así explicó Churchill lo ocurrido en la carta descubierta el pasado año:

«Mountbatten hizo señas a uno de sus empleados, que apartó una manta y mostró dos bloques de hielo de un metro de altura. Luego invitó al hombre más fuerte que hubiera a romper cada bloque de hielo por la mitad con un hacha especial que había traído. Todos los presentes votaron al general (Henry) Arnold porque era trabajo para un “hombre fuerte”. [Arnold] se quitó el abrigo, se arremangó y agitó el hacha, partiendo el hielo común de un solo golpe. Se volvió, sonriendo y juntando sus manos sobre su cabeza en señal de victoria. Luego escupió en sus manos, tomó el hacha de nuevo, y avanzó sobre el bloque de Pykrete. Giró el hacha, y cuando la bajó, soltó un grito de dolor, ya que el Pykrete permanecía completamente intacto, mientras que sus codos habían sido sacudidos».

Por si fuera poco, acto seguido sacó su revólver y se dispuso a llevar a cabo la prueba definitiva:

«Mountbatten sacó una pistola del bolsillo para demostrar la fuerza del Pykrete contra los disparos. Primero disparó al hielo ordinario, que se hizo añicos. Luego disparó al Pykrete, que era tan fuerte que la bala rebotó. Por poco dio a Charles Portal [jefe del Estado Mayor del Aire]. Los oficiales que esperaban fuera se horrorizaron con los disparos de revólver e irrumpieron en la habitación entre gritos».

Adiós al portaaviones

Aunque la propuesta para crear este nuevo portaaviones recibió el apoyo de algunas figuras destacadas de los aliados, incluido el mismo Mountbatten, y se construyó el mencionado prototipo, al final su desarrollo fue dejado de lado.

Una vista del lago Patricia, en el Parque Nacional Jasper, Canadá
Una vista del lago Patricia, en el Parque Nacional Jasper, Canadá

En su libro, Hernández incide en que, pese al éxito de las pruebas, el «Proyecto Habakkuk» debería haber necesitado la friolera de dos años para finalizarse de forma exitosa. Y, para entonces, la guerra ya habría terminado. «Pero el argumento más sólido contra el gigantesco portaaviones era el económico; se concluyó que no era aconsejable continuar empleando más medios en el desarrollo de un proyecto tan incierto, cuando era mucho más sencillo y barato construir portaaviones convencionales en los astilleros norteamericanos, que funcionaban ya a pleno rendimiento», desvela el autor. En «The Times», la arqueóloga subacuática es de la misma opinión.

No les faltaba razón, pues el coste se dispararía hasta los setenta millones de dólares, según los cálculos británicos. «En abril de 1944, los técnicos que trabajaban en el desarrollo del gigante de hielo fueron asignados a otros centros de investigación, en los que se estudiaban las ideas destinadas a facilitar el Desembarco de Normandía, previsto para ese mismo año. Aun así, mantuvieron con vida al pequeño portaaviones experimental durante el verano, gracias a su eficaz sistema de refrigeración, pero el paso de los meses aconsejó dejarlo fundir», finaliza Hernández. Sus restos son los que, en pleno siglo XXI, están siendo vandalizados por buzos desaprensivos.