La agonía de los marineros que murieron asfixiados en la tragedia del submarino «Kursk»

En agosto del año 2000 el «K-141» se hundió después de ser sacudido por dos extrañas explosiones. Los 23 tripulantes que sobrevivieron a los estallidos fallecieron al no ser rescatados

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«El “Kursk” ha empezado ya a revelar los detalles de su tragedia y ha abierto nuevas heridas. La agonía de los al menos 23 tripulantes que sobrevivieron a las explosiones y consiguieron ponerse a salvo momentáneamente en la última sección del submarino quedó patente en la nota hallada en la ropa de uno de los cuatro cadáveres que fueron evacuados el pasado miércoles y que ha sido identificado».

Así informó, el 27 de noviembre del año 2000, el diario ABC del triste final de los submarinistas que sobrevivieron a los dos estallidos que sacudieron al «K-141», más conocido como «Kursk» (el orgullo de la marina rusa por su modernidad y sus gigantescas dimensiones) solo para morir asfixiados después de que su rescate no se llevara a cabo a tiempo.

El mensaje al que se refiere la noticia agarrotó el corazón del mundo después de ser hallados por los buceadores: «Trece horas, quince minutos. Todo el personal de los compartimentos seis, siete y ocho han pasado al noveno. Somos 23. Hemos tomado esta decisión debido al accidente. Nadie puede subir. Escribo a tientas». Con todo, también puso de manifiesto que era necesario contar con un plan para rescatar a los supervivientes de una tragedia submarina y dejó claro la peligrosidad de navegar en un sumergible.

Guerra tecnológica

La historia del «K-141 "Kursk"» (en el que fallecieron 118 personas) se remonta a los años posteriores a la  Segunda Guerra Mundial. Días en los que no pocos científicos nazis, pérfidos para los aliados desde 1939 hasta 1945, se ganaban la sopa vendiendo los secretos tecnológicos de Adolf Hitler a los que -poco antes- habían sido sus archienemigos.

Si los Estados Unidos sumaron a sus filas a Wernher von Braun (artífice del programa de bombas volantes V2 con los germanos, y del cohete que llevó al hombre a la luna posteriormente), los soviéticos apostaron por «reclutar» a todos aquellos técnicos (entre ellos, el famoso Hellmuth Walter) capaces de modernizar su vieja flota submarina.

Aunque al final su colaboración no fue tan determinante como los bolcheviques hubiesen querido, ya por entonces quedó patente que la URSS andaba más que dispuesta a competir el dominio de los mares a la poderosa Estados Unidos.

Fotografía del "Kursk"
Fotografía del "Kursk"

Con estos antecedentes, no es de extrañar que las dos superpotencias de la Guerra Fría cayesen como buitres sobre los nuevos submarinos movidos por energía nuclear. Una propulsión que, según afirma Víctor San Juan en su obra « Titanic y otros grandes naufragios», «no necesitaba repostaje de combustible ni suministro de aire saliendo a superficie». Estos silenciosos asesinos fueron cargados hasta los topes de misiles balísticos (SSBN) con el consiguiente riesgo para sus tripulaciones.

Posteriormente arribó hasta Rusia un tipo de sumergible que aunó desde los conocimientos nazis, hasta la radioactividad. Todo ello, pasando por el miedo que los almirantes rusos tenían a los míticos portaaviones norteamericanos. «Se acabó por construir un tipo de sumergible expresamente diseñado para atacar y destruir a los portaaviones. La novedad es que no pensaban hacerlo con torpedos -había que acercarse demasiado- sino con misiles balísticos especialmente adaptados a este tipo de blanco», completa el experto.

Nace el «Kursk»

Así nació el «K-141» («Kursk»), el que fue llamado «La perla de la corona del zar» por la prensa de la época. Una exageración, pues lo cierto es que este sumergible de la clase «Óscar» no era tan grande como los «Typhoon» ni tan moderno como los «Akulas».

Con todo, y según determina San Juan en su completa obra, este gigante era más que nuevo (fue construido entre 1992 y 1994), sumamente rápido (30 nudos en superficie y 32 en inmersión), duro como una piedra (su casco tenía 8,5 milímetros de espesor) y contaba con un armamento temible formado «24 lanzadores de misiles de diferentes tipos» y cuatro tubos lanzatorpedos.

Era, en definitiva, un almacén de explosivos submarino. «Estaba a la vanguardia de la defensa rusa. Funcionaba con dos reactores nucleares, medía 150 metros de eslora, tenía la altura de un edificio de seis pisos, y un tamaño superior al doble de un avión jumbo», explica la cadena National Geograpich en su reportaje « El desastre del submarino nuclear Kursk».

Operaciones militares

A los mandos del capitán Lyachin (uno de los más experimentados de la marina), el «Kursk» salió de puerto el 10 de agosto del 2000 para participar en unas maniobras militares en el mar de Barents junto a otros sumergibles. Sus órdenes eran, concretamente, simular el ataque a un convoy «enemigo» formado por varios buques rusos. Y su objetivo en el periscopio, el «Pedro el Grande», insignia de la Flota del Norte.

El día 12 de agosto nada parecía ir mal. De hecho, antes de aquella mañana nuestro coloso ya había lanzado sin mayor problemas un misil «Granit» de prácticas. Sin embargo, todo cambió cuando el reloj estaba a punto de marcar el mediodía. A las 11:27 de la mañana (cuando el submarino iba a lanzar el primer torpedo contra la falsa escuadra enemiga) una brutal explosión sacudió su compartimento de proa.

Tragedia

«Como no estaba cerrada la puerta estanca de la sala de torpedos, la onda expansiva afectó los dos primeros compartimentos, matando instantáneamente a todos los presentes», señala San Juan en su obra. El capitán ordenó subir a superficie a toda velocidad, pero nadie le respondió. Para desgracia del coloso soviético (que podría haber resistido esta detonación) un nuevo desastre se cernió sobre él. «Aproximadamente a los dos minutos hubo otra explosión mucho más fuerte, que destruyó toda la proa del submarino y lo echó a pique en 108 metros de profundidad», añade el experto.

El sistema eléctrico falló y un tercio del casco se anegó. No había salvación. En esa situación, y para evitar que la nave se convierta en una gigantesca bomba radioactiva, desde la sala de control se apagaron los reactores nucleares. El desastre fue inevitable. Cuando chocó contra el lecho marino, tan solo quedaban unos pocos marinos en el compartimento 9. En esa situación, uno de los oficiales (Dmitri Kolésnikov) tomó el mando de la situación y comenzó a anotar los nombres de los supervivientes.

Posteriormente, cuando se recuperó su cadáver, fue encontrada una nota en su uniforme en la que narraba los últimos momentos de los 23 tripulantes que habían sobrevivido a las explosiones. Todo ello, acompañado de un mensaje para su mujer: «Está muy oscuro para escribir, pero lo intentaré con el tacto. Parece que no tenemos posibilidades, tal vez el 10 o el 20%. Saludos para todos No hay que desesperarse».

Esta es la teoría oficial de lo que ocurrió, Con todo, también existe otra versión esgrimida por el historiador Vitali Dotsenko. Este afirma que realmente fue un submarino americano el que hundió al «Kursk». El también capitán de la Armada rusa y autor de la obra «¿Pero quién mató al "Kursk"?» es partidario a su vez de que el submarino fue alcanzado por un torpedo estadounidense Mark-48. Al parecer, como «advertencia de EE.UU» para que Rusia no vendiera sus armas (potentes para la época) a China.

Restos del Kursk
Restos del Kursk

Las operaciones de rescate se desarrollaron por los derroteros clásicos de secretismo en Rusia. A eso de la una de la tarde, el almirante Popov (que enarbolaba su bandera en el «Pedro el Grande») ya tenía informes que corroboraban que todos los sumergibles menos uno habían llevado a cabo su misión. Sin embargo, decidió esperar nada menos que doce horas para dar la voz de alarma. El lunes 14 de agosto la noticia se hizo general. Con todo, el país se negó a aceptar la ayuda internacional hasta una semana después.

Así fue como, el 27 de agosto, unos buzos británicos y noruegos abrieron la escotilla inferior del coloso caído. Ya para nada, pues la nave estaba totalmente inundada. «Para entonces, todos los supervivientes habían muerto (pudieron aguantar unas ocho horas), dejando cartas que no han sido publicadas en su totalidad: aún lo que se supo horrorizó al mundo entero», finaliza San Juan. La catástrofe se llevó 118 vidas humanas consigo y supuso una verdadera tragedia submarina para Rusia. No solo ya por las evidentes muertes, sino por su rechazo inicial a recibir apoyo de otras flotas.