Las «superdrogas» que convirtieron a los tanques nazis en indestructibles máquinas de matar

Un nuevo documental de la cadena PBS analiza el uso de la metanfetamina por parte de los Aliados. Estos decidieron implantarlas en sus ejércitos después de ver la efectividad de los Panzer germanos en la invasión de Polonia y Francia

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Mucho se ha hablado de los secretos que permitieron a los alemanes conquistar Polonia en menos de un mes. Los historiadores hablan del buen uso de la «blitzkrieg» (la guerra relámpago) por parte del ejército germano. Llevan razón. La idea de concentrar todas las fuerzas mecanizadas en un único punto para atravesar las líneas enemigas y embolsar los grandes núcleos de resistencia fue utilizada de forma magistral por generales como el mítico Heinz Guderian (a la postre odiado por Adolf Hitler) durante toda la Segunda Guerra Mundial y, en especial, en 1939.

Sin embargo, de lo que se olvida la gran historia es de que hubo un arma que ayudó a los soldados alemanes a mantenerse despiertos durante días para acometer, sin descanso, la hercúlea tarea de hacer caer un país entero bajo la bota del Tercer Reich. Esta era una revolucionaria droga teutona llamada Pervitín. Un comprimido derivado de la metanfetamina (y similar al «speed») que permitió a las tripulaciones de los carros de combate no sucumbir al sueño durante varias jornadas y acosar, de forma constante, a los ejércitos enemigos.

Hasta ahora, el uso del Pervitín había sido documentado por expertos como el periodista Norman Ohler (autor, entre otros, de «El gran delirio: Hitler, drogas y el III Reich», Crítica, 2015). En su momento, el investigador y divulgador alemán ya recopiló decenas de testimonios en los que otros tantos generales teutones confirmaban la utilización de la sustancia en los ejércitos del Reich. Algo que agradaba sobremanera a médicos como Otto Ranke, quien ya señaló en 1939 las bondades de esta sustancia: «En la mayoría de las personas aumenta la confianza en sí mismo, la concentración y la voluntad de asumir riesgos».

Panzer, durante la invasión de Polonia
Panzer, durante la invasión de Polonia

A la postre, estos estupefacientes demostraron sus bondades dentro de la «Wehrmacht», por lo que fueron utilizados también durante los ataques contra Francia -mayo de 1940- y la URSS -junio de 1941-. A partir de entonces cayeron en el olvido debido, entre otras cosas, a los problemas mentales y físicos que causaban en aquellos que los ingerían. Sin embargo, esta semana las drogas usadas en la Segunda Guerra Mundial han vuelto a ser alumbradas por el foco de la actualidad gracias al documental de la cadena británica PBS «World War Speed»; el cual cuenta con la colaboración del popular historiador James Holland.

Con todo, en este reportaje no se habla solo de las drogas distribuidas por los nazis, sino que también se analizan los estupefacientes que utilizaron los Aliados para tratar de vencer al águila teutona. Tal y como ha desvelado el mismo Holland en declaraciones a varios medios británicos, tanto el primer ministro británico Winston Churchill como el general estadounidense Dwight Eisenhower ordenaron enviar cientos de miles de pastillas a sus hombres con un único objetivo: mejorar sus capacidades en combate.

No obstante, hoy queremos centrarnos en el revolucionario uso que los nazis dieron a la metanfetamina. «Durante la invasión a Polonia se distribuyeron 35 millones de pastillas. Los "tanquistas" que lideraron el ataque consumieron gran parte de ellas. Algo normal porque también fueron los soldados más decisivos durante la campaña. Se podría decir que iban “puestos” de droga», explicaba a ABC Ohler en 2017. En sus palabras, también es real que la mayoría de los soldados desconocían qué estaban ingiriendo. «Simplemente se tomaban una pastilla reglamentaria que les habían dado. Cuando la probaron y vieron sus efectos (entre ellos, que les quitaba el miedo al combate) ya no hubo forma de detener su expansión entre los militares», añade.

Destino, Polonia

El uso del Pervitín por parte de las tropas nazis se orquestó durante la invasión a Polonia (iniciada el 1 de septiembre de 1939). La idea de Guderian, artífice de la «guerra relámpago», era que sus hombres debían mantenerse despiertos durante dos días para atravesar las líneas enemigas. Llevaba razón ya que, si sus blindados avanzaban a toque de pito por mitad del país, los defensores no tendrían capacidad de movilizar a sus unidades para deterlos. Por el ello, el mismo general informó a las tripulaciones de que, para cumplir sus objetivos, no podrían dormir en 48 horas.

Otto Ranke
Otto Ranke

¿Cómo lograr que los «tanquistas» alemanes no cerraran los ojos durante dos días? Según Ohler, mediante un nuevo medicamento llamado comercialmente Pervitín, una variante de la metanfetamina desarrollada en 1937 por el laboratorio germano Temmler. Así define el autor los efectos de esta sustancia sobre el cuerpo humano: «El consumidor se siente bruscamente despabilado y más fuerte, con los sentidos agudizados al máximo. Cree estar más vivo, lleno de energía […]. Con la autoestima en alza, se produce una aceleración subjetiva de los procesos mentales, una generación de euforia, de sensación de ligereza y frescura».

En sus orígenes, el Pervitín había sido una sustancia creada para uso civil. Y vaya si funcionó. De hecho, desde que comenzó a ser comercializada en 1938 se generalizó en el mercado hasta el punto de que se crearon cajas de bombones que incluían esta sustancia. Hubo que esperar hasta 1939 para que iniciara su relación con el mundo militar. El encargado de llevar hasta las diferentes ramas del ejército de Hitler esta droga fue Otto F. Ranke, director del Instituto de Fisiología General y de Defensa. Un oficial cuyo objetivo era combatir contra un enemigo más letal que los judíos: el cansancio de sus hombres.

Ranke y su amor al Pervitín

Ranke era partidario, como él mismo decía, de que «el relajamiento en un día de lucha puede decidir la batalla» y de que «resistir el último cuarto de hora de combate puede ser determinante». Bajo esa premisa no tardó en prendarse del Pervitín. Interesado por sus efectos, el militar organizó dos ensayos en los que probó los efectos de la droga. Las conclusiones fueron dispares. Por un lado, estableció que aquellos que tomaban la sustancia podían pasar mucho tiempo «despabilados» y «física y mentalmente ágiles» tras diez horas de concentración permanente. Sin embargo, también pudo determinar que aquellos que ingerían la sustancia no realizaban bien las tareas más complejas.

A pesar de los fallos hallados, Ranke (posteriormente un adicto al Pervitín) se convirtió en un auténtico defensor de esta droga. De hecho, la definió como «un medicamento excelente para animar de golpe a una tropa fatigada» y una sustancia «militarmente valiosa». Para el director del Instituto de Fisiología General y de Defensa la posibilidad de mantener despiertos a sus hombres era más que idónea: «Cabe suponer lo extraordinariamente importante importante que sería, desde el punto de vista militar, conseguir eliminar temporalmente el cansancio por vías médicas el día de entrada de acción de una tropa», afirmó en un informe.

Tropas alemanas, camino hacia Polonia
Tropas alemanas, camino hacia Polonia

Poco después, y tras llevar a cabo algunas pruebas más, Ranke tomó conciencia de que el Pervitín era realmente una droga que provocaba una severa adicción. Pero para entonces ya era tarde, pues se había generalizado en el ejército. De hecho, llegaron a encargarse más de 35 millones de pastillas.

Esta cifra es corroborada por el historiador Jesús Hernández (autor del blog «¡Es la guerra!») en una de sus múltiples obras sobre la contienda, «Historias asombrosas de la Segunda Guerra Mundial»:«Durante el corto período entre abril y julio de 1940, más de 35 millones de tabletas de Pervitín e Isophan (una versión ligeramente modificada producida por la empresa farmaceútica Knoll) fueron enviadas a la “Wehrmacht” y a la “Luftwaffe”. Cada uno de estos comprimidos, en cuyo envoltorio tan solo indicaba “Estimulante”, contenía tres miligramos de sustancia adictiva».

Con todo, el director médico reconoció que la sustancia podía ser peligrosa en una carta enviada una semana antes del 1 de septiembre de 1939 a un general médico del Estado Mayor: «Entregar a la tropa un medicamento diferente cuyo uso no esté limitado a casos de urgencia constituye, naturalmente, un arma de doble filo».

«Tanquistas drogados»

El 1 de septiembre de 1939, tras la invasión de Polonia, comenzaron a llegar los primeros informes de los «tanquistas» alemanes haciendo referencia al Pervitín. La mayoría, como señala Ohler en su obra, fueron positivos. Ejemplo de ello una la carta enviada desde la 3ª División blindada:

«Euforia, aumento de la capacidad de atención, evidente mejora de rendimiento. Trabajo realizado sin problemas, manifiesto efecto estimulante y sensación de frescura. Todo el día de servicio sin descansar, ausencia de depresión y retorno al estado de ánimo normal [...] Todos frescos y despabilados, máxima disciplina. Leve euforia y gran dinamismo».

Por si fuera poco, el Pervitín también redujo severamente la sensación de hambre entre los soldados y les otorgó un gran impulso trabajador. Ohler recoge en su obra el testimonio de un teniente coronel tras haber probado el Pervitín: «Ningún efecto secundario, ningún dolor de cabeza, mente totalmente despierta». El mismo oficial, según afirmó en su texto, pudo estar despierto durante tres noches seguidas gracias a este medicamento e, incluso, combatir contra los polacos sin haber dormido.

Hitler, con su médico personal, quien le llegó a administrar hasta 74 tipos de drogas diferentes
Hitler, con su médico personal, quien le llegó a administrar hasta 74 tipos de drogas diferentes

Con la lectura de estas cartas Ranke se tranquilizó. Y no debería haberlo hecho ya que, tras ver los efectos positivos de la droga, los «tanquistas» germanos comenzaron a ingerirla de forma sistematizada antes de cada marcha nocturna.

No obstante, cuando mejor funcionó el Pervitín fue durante las primeras jornadas de la campaña. Concretamente, del 1 al 4 de septiembre. Y es que, por entonces, el organismo de los «tanquistas» todavía no se había adaptado a la mencionada sustancia. Durante este período hasta los oficiales de las diferentes unidades señalaron sus bondades e hicieron hincapié en que la droga les permitía aumentar el rendimiento en situaciones de estrés.

El Pervitín, por si fuera poco, causó furor también entre las tropas motorizadas del ejército alemán. Soldados que, habitualmente, debían recorrer cientos de kilómetros a marchas forzadas y que apenas podían dar una cabezada de cuando en cuando. En palabras de Ohler, a estos hombres no se les explicó para qué diantres servía aquella pastilla, sino que los mandos se limitaron a señalarles que era un potente (y mucho más barato) sustituto de la cafeína. No les faltaba razón, pues una píldora de esta droga podía mantener despierto (según Ranke) a un combatiente un mínimo de entre 36 y 40 horas «sin cansancio alguno» por un coste muy inferior al de una taza de café.

Hernández, por su parte, es partidario de que las unidades motorizadas fueran las primeras entre las que se distribuyó este curioso medicamento: «Los motoristas germanos que participaron en la campaña de Polonia fueron los primeros a los que se distribuyeron tabletas de Pervitín. Poco después tuvieron acceso a ellas el resto de las tropas alemanas». Con todo, la desinformación sobre esta pastilla era, para los escalafones más bajos del ejército, casi total. Ejemplo de ello es que la entrega que se hizo del Pervitín antes del comienzo de la campaña hizo a muchos combatientes considerar que su ingesta era obligada y a discreción.

Efectos negativos

La mayoría de autores coinciden en que el Pervitín era una ayuda útil para los combatientes. Sin embargo, el abuso por parte de los soldados provocó que fuese necesario aumentar la dosis día a día para que siguiese afectando a su organismo de la misma forma.

Esta práctica aumentó los ya de por sí peligrosos efectos secundarios entre los combatientes. Pronto comenzó a generalizarse entre aquellos que tomaban más pastillas la visión doble o, como completa Ohler, la «cromática». Esta última, tras haber ingerido una dosis más alta de la recomendable.

Y no eran los únicos efectos secundarios que se podían sufrir. Además, y como explicaba a ABC en 2014 Emiliano Corrales -director de la clínica Cazorla (especializada en salud mental y en todo tipo de adicciones) desde hace 30 años y responsable de la unidad de conductas adictivas del hospital Vega Baja-, podía causar todo tipo de dolencias más: «Para empezar la metanfetamina provoca alteraciones nerviosas. Es decir, que la persona esté constantemente alerta, en tensión. También existe el riesgo de que una persona sufra un brote psicótico tras tomarla, aunque estos se producen normalmente a largo plazo y cuando el consumo es constante»

Invasión de Polonia en 1939
Invasión de Polonia en 1939

También terminó causando preocupación el hecho de que pudiera generar alucinaciones. «En personas jóvenes, de 18 años, pueden provocar trastornos severos que se pueden materializar de diferentes maneras. La primera es con alucinaciones visuales (en el caso de los soldados en la Segunda Guerra Mundial, ver por ejemplo a un enemigo que no estaba allí). Por otro lado, también están las alucinaciones auditivas internas (oír, por ejemplo, una voz en tu cabeza que te dice que mates a tu teniente) o externas (escuchar a alguien a tu alrededor, pero mirar y no ver nada», añade el experto español.

Los soldados, a su vez, podían sufrir delirios, como bien explicaba el director de la clínica a este diario: «Son más frecuentes. Se producen cuando alguien hace una interpretación errónea a algún estimulo externo. Si, por ejemplo, alguien te mira en medio de la calle, tú puedes pensar que puede que te conozca de algo. Alguien con delirios puede considerar que está planeando hacerle algo malo y actuará, por ello en consecuencia. En ese caso, no sería raro que un soldado disparara contra sus propios compañeros».

Por si fuera poco, el peligro de estas pastillas quedó todavía más patente unos meses después de la conquista de Polonia cuando, en plena invasión de Francia, varios oficiales perdieron la vida por usar de forma excesiva el Pervitín.

Al final, y según determina Hernández en su obra, el Pervitín se terminó declarando «sustancia de uso restringido» en julio de 1941. Aunque eso no impidió que millones de pastillas fuesen enviadas al frente. «Los soldados que sufrían dependencia de esta sustancia vivían como una pesadilla el hecho de que se cortase el suministro de estas píldoras a su unidad por lo que, en ocasiones, rogaban en sus cartas a sus familiares que consiguiesen tabletas y se las enviasen», añade Hernández.

Ejemplo de esta afirmación fueron las cartas escritas por el Premio Nóbel de Literatura Heinrich Theodor Böll, quien no tenía reparos en pedir más y más Pervitín a sus familiares: «Queridos padres y hermanos: esto es muy difícil, espero que lo entendáis si solo soy capaz de enviaros una carta cada dos o cuatro días. […] Hoy os escribo principalmente para pediros un poco de Pervitín».