De Blas de Lezo a Elcano: así son los marinos españoles que olvida el nacionalismo vasco

Con los Reyes Católicos y la llegada de los Austrias, los retos navales de los españoles se hicieron globales, lo que no achantó lo más mínimo a los vascos, enorme cantera para los oficiales de este imperio

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Cada vez que la Armada española realiza maniobras que requieren atracar en puertos del País Vasco, se suceden las quejas de políticos nacionalistas contra la presencia de estos buques. El último ejemplo de ello ha ocurrido en el Ayuntamiento de Getxo (Vizcaya), donde los concejales de Bildu, Guk y PNV (al frente del Consistorio) elevaron sus quejas por la presencia del portaaeronaves «Juan Carlos I» en el puerto para realizar maniobras militares en el área del Golfo de Vizcaya. Lo excepcional de este caso es que a la protesta se han sumado dos concejales del PSOE vasco, que gobierna en España y dirige precisamente el Ministerio de Defensa...

Una larga tradición marinera

Si hay una región de España especialmente vinculada a la historia y desarrollo de la Armada española esa es, sin duda, la vasca. Aunque los nacionalistas no tengan interés en reivindicarlo, ninguna otra comunidad española ha dado a la Marina hispánica tantos oficiales ilustres para la defensa de las costas españolas. Entre los hombres más destacados en la historia del País Vasco y, por ello, de España, se encuentran nombres como Juan de Lezcano, Juan de Garay, Francisco de Argañaraz y Murguía, Juan Sebastián Elcano, Alonso de Salazar, Miguel López de Legazpi, Andrés de Urdaneta, Miguel y Antonio de Oquendo, Juan Martínez de Recalde, Pedro de Zubiaur, Lorenzo de Ugalde y Orella, Antonio Gaztañeta Iturribalzaga, Blas de Lezo y Olabarrieta, José de Mazarredo Salazar, Ignacio María de Álava, José Justo Salcedo, José Gardoqui Jarabeitia, Agustín de Iturriaga, Anselmo Gomendio, Bruno de Heceta, Cosme Damián Churruca o José Joaquín Ferrer y Cafranga, entre una infinidad de vascos dedicados en cuerpo y alma a la Armada.

Por su íntima relación con la mar y lo complejo de la navegación en la costa cantábrica, los vascos se convirtieron en la Edad Media en un pueblo de pescadores y expertos en navegación. El historiador Fernand Braudel hablando del Golfo de Vizcaya lo consideraba particularmente peligroso por sus fuertes marejadas: «Atravesar el golfo supuso indudablemente, durante siglos, un aprendizaje para la dura navegación en alta mar». La presencia de balleneros vascos en los rincones más insospechables del Mare Tenebrosum ilustra hasta qué grado alcanza la audacia de este pueblo español. Dentro de la Corona de Castilla, los marinos vascos sirvieron de base, junto a cántabros y gallegos, para cimentar el poder naval de este reino. Así lo demostró la escuadra castellana que participó en la batalla de La Rochelle (1372) y en las incursiones de Ambrosio Bocanegra por el Támesis, hechos que se enmarcan en la Guerra de los 100 años y que anticiparon la pujanza española vía marítima.

Las victorias del vizcaíno Pedro de Zubiaur, que dio sendos zarpazos a los ingleses en ese mismo conflicto, demuestran que la hegemonía española sobrevivió bastantes años a aquel episodio que los británicos han venido llamando «Armada Invencible».

Con los Reyes Católicos y la llegada de los Austrias, los retos navales de los españoles se hicieron globales, lo que no achantó lo más mínimo a los vascos. Isabel y Fernando salvaguardaron en Borgoña e Inglaterra los privilegios de navegación y libre comercio de los marinos vascos en sus aguas, convencidos de que ayudar a estos empresarios era la mejor manera de impulsar la economía española. A excepción de las batallas mediterráneas, resulta difícil no hallar a algún oficial vasco destacado en los combates con los que el Imperio español se hizo con el dominio de los mares en el Atlántico y el Pacífico.

Aún hoy, muchos historiadores se preguntan qué hubiera sido de la Grande y Felicisima Armada enviada por Felipe II contra Inglaterra si su almirante, el Duque de Medina Sidonia, hubiera hecho más caso a los viejos oficiales de Álvaro de Bazán, entre ellos Recalde y Oquendo, vascos de pura cepa, y menos a Diego Flores de Valdés, con el que iba embarcado el noble andaluz. No en vano, las victorias del vizcaíno Pedro de Zubiaur, que dio sendos zarpazos a los ingleses en ese mismo conflicto, recuerdan que la hegemonía española sobrevivió bastantes años a aquel episodio oscuro que los británicos han venido llamando la «Armada Invencible».

Derrota de la armada invencible, pintura de Philippe-Jacques de Loutherbourg (1796)
Derrota de la armada invencible, pintura de Philippe-Jacques de Loutherbourg (1796)

Con el primero de los Borbones, los vascos siguieron siendo un activo en el engranaje naval del imperio dado su carácter laborioso, leal y resistente a las penalidades. De la mano de las reformas de José Patiño Rosales, los astilleros vascos crecieron en volumen, al mismo tiempo que los hacía el número de voluntarios vizcaínos, guipuzcoanos y alaveses que quería ingresar en la recién creada Escuela de Guardiamarinas, auténtica cantera para la oficialidad española. En su libro «Indomables del mar: Marinos de guerra vascos en el siglo XVIII», Enrique de Sendagorta calcula que de los 181 aspirantes de la primera promoción de guardiamarinas 39 fueros vascos. El País Vasco siguió siendo en el siglo XVIII y XIX un caladero de gentes del mar para la defensa de aquel imperio que se desparramaba por cuatro continentes.

Del Pacífico a América

Por destacar cuatro nombres que definen los vínculos amplios del País Vasco y la Armada:

-Juan Sebastián Elcano nació en Guetaria (Guipúzcoa) en el seno de una familia de pescadores acomodados. Fue pescador desde su adolescencia y llegó a tener una nave de 200 toneles, con la que sirvió en la flota marítima que auxilió al Gran Capitán en las campañas de Italia, así como en las operaciones realizadas por el Cardenal Cisneros contra varias plazas del Norte de África. No obstante, su nombre alcanzó la inmortalidad al participar en el intento de Magallanes de alcanzar las Islas Molucas a través del Pacífico.

El marino vasco finalizó al frente de 12 hombres la primera circunnavegación a la tierra entre 1519 y 1522, tras haber muerto en Filipinas Magallanes y la casi totalidad de la flota. No conforme con su gesta, que ningún país logró emular hasta sesenta años después, pidió permiso para enrolarse en una nueva expedición al Pacífico junto a García Jofre de Loaysa. Ambos murieron durante la travesía, sin ser capaces de dar con un tornaviajes para regresar a América desde el Pacífico. Porque ir hasta allí era relativamente fácil, pero regresar fue un infierno hasta que otro vasco, Andrés de Urdaneta, halló un tornaviajes aprovechando ciertas corrientes de este peligroso océano.

-El hidalgo Miguel López de Legazpi, nacido en la localidad guipuzcoana de Zumárraga, ocupó diversos cargos en la administración del virreinato de Nueva España (escribano Mayor en 1551, Alcalde Mayor de la ciudad de México en 1559…) y en la Casa de la Moneda, hasta que inició la aventura de su vida. En 1565, Miguel López de Legazpi y Andrés de Urdaneta hallaron una travesía viable a través de la corriente de Kuro-Shiwo para conectar Asia con América a través de el Pacífico. Con cinco naves y unos 350 hombres, el intrépido Legazpi atravesó el Pacífico en 93 días y pasó de largo por el archipiélago de las Marianas. El 22 de enero desembarcaron en la isla de Guam, conocida como la Isla de los Ladrones, y desde allí saltaron a la conquista de Filipinas.

En nombre de la Corona Española, el navegante vasco tomó posesión de varias de las islas y fundó la ciudad de Cebú (1565), la primera piedra para la colonización de las Filipinas. Como Cortés en México o Pizarro en Perú, Legazpi se valió de la enemistad entre tribus para medrar terreno y unificar por primera vez en su historia este archipiélago de gran diversidad. Urdaneta, por su parte, logró el anhelado «tornaviaje» hacia México a través de la corriente de Kuro-Shiwo, lo que permitió abrir una ruta comercial, conocida como el Galeón de Manila, entre Acapulco y el Archipiélago de las Filipinas.

-Blas de Lezo y Olavarrieta nació en el seno de una familia de la pequeña nobleza guipuzcoana. En 1702 ingresó como guardiamarina en la Armada Francesa, básicamente porque las marinas de guerra española y francesa habían sido unidas tras la llegada al trono de España de Felipe V. Su primera acción de guerra fue la batalla naval de Vélez Málaga (24 de agosto de 1704), donde una bala de cañón le arrancó la pierna izquierda por debajo de la rodilla. En otra acción contra navíos de la Armada de Saboya, perdió la visión del ojo izquierdo por una herida. En 1714, durante el asedio a Barcelona, otro proyectil le dejó inútil el brazo derecho. Con apenas veintiséis años, Blas de Lezo era ya cojo, tuerto y manco, pero su carrera como oficial estaba disparada.

En calidad de teniente general de la Armada, encabezó en 1714, junto con el virrey Sebastián de Eslava, la defensa de Cartagena de Indias frente a la la mayor flota inglesa que había cruzado hasta entonces el Atlántico. 8 navíos de tres puentes, 28 navíos de línea, 12 fragatas, 130 naves de transporte y 2 bombardas, gobernada por una tripulación de unos 15.000 hombres, frente a la cual Lezo podía recurrir únicamente a seis navíos y a una fuerza terrestre de la que solo un millar de hombres eran soldados profesionales. La derrota de la flota británica, contra todo pronóstico, evitó la pérdida de una plaza considerada la llave para entrar en América. Con todo, la muerte de Lezo meses después del asedio y su caída en desgracia en la corte condenaron su memoria al olvido durante siglos. Al menos, sus descendientes lograron rehabilitar su figura y las mercedes que le correspondían con el cambio de reinado.

-Cosme Damián Churruca y Elorza (1761-1805) fue un marino, militar y científico de la que es probablemente la mejor generación de la Armada española. Nacido en Motrico (Guipúzcoa), surcó los mares desde los 15 años en buques españoles. Tras formarse en la Escuela Naval de El Ferrol, intervino muy joven en el cuarto sitio español de Gibraltar (1782), que terminó en fracaso como los anteriores. Luego participó en una expedición geográfica por el estrecho de Magallanes y pasó una temporada en el observatorio de Cádiz. En 1792 dirigió otra expedición geográfica, esta vez a las costas de Norteamérica y las Antillas, en donde levantó valiosos mapas. Durante la batalla de Trafalgar era el capitán del «San Juan Nepomuceno» (74 cañones), el cual se llegó a enfrentar hasta contra seis enemigos a la vez en el flanco izquierdo de la formación por la mala estrategia de Villeneuve y el acierto de Nelson. Heroico hasta el final, Churruca siguió al frente de su buque después de que una bala de cañón le arrancara la pierna. Murió en la batalla.