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La verdad sobre la traición de Boabdil, el aliado de los Reyes Católicos que entregó Granada

Fernando e Isabel liberaron dos veces al «Rey chico» tras capturarle en los campos de batalla, no tanto porque se fiaran de que iba a cumplir su juramento de vasallaje, como porque su presencia en Granada era un constante foco de tumultos

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Boabdil, apodado por los cristianos como «el Chico» y por los musulmanes como «el Zogoibi» (el desventurado), entregando las llaves de Granada es una de las escenas predilectas de la historiografía decimonónica. El pintor Francisco Pradilla reconstruyó el episodio en el que tal vez es su cuadro más conocido, «La rendición de Granada» (1882), que cuelga hoy del Palacio del Senado, en Madrid. A pesar de la derrota, el sultán nazarí aparece en el lienzo con dignidad y fortaleza, frente a la majestuosidad de los Reyes Católicos y sus tropas. Así se eleva, sin base histórica, su figura a la del héroe sacrificado que fue víctima de las circunstancias. Otras representaciones y obras de ficción le presentan, directamente, como el último centinela de una cultura más sofisticada, ante la llegada de los sucios conquistadores cristianos dispuestos a destruirlo todo.

El resultado de este cóctel de tópicos es que del auténtico Boabdil apenas se conoce el mito. Empezando porque es falsa la cita que su madre le dirigió camino al exilio: «Llora como una mujer lo que no supiste defender como un hombre». Y siguiendo porque Boabdil no fue tanto un enemigo de los Reyes Católico, si no un aliado, que a cambio de alcanzar el trono cedió terreno a los cristianos y trabajó desde dentro para entregar la ciudad sin violencia.

Granada, una asignatura pendiente

Granada se convirtió en los albores de la Edad Moderna en el último reducto musulmán de la Península ibérica. Pospuesta durante los inestables reinados de Juan II y Enrique IV, la conquista de Granada se situó como prioritaria para los Reyes Católicos, arquitectos de lo que pretendía ser la España moderna. Isabel y Fernando habían crecido bajo la amenaza que suponía el auge del Imperio otomano, que en 1453 logró la caída de Constantinopla, y no estaban dispuestos a tolerar el desafío de Muley Hacén, el emir de Granada, que durante este periodo se apoderó de varios bastiones en la frontera cristiana y dejó de pagar el tributo estipulado con los cristianos. Incluso los cronistas árabes destacaron la belicosidad de este emir: «Magnánimo y valeroso, amante de las guerras y los peligros y horrores que ellas causaban».

Retrato de Boabdil
Retrato de Boabdil

Al enterarse en Medina del Campo de la caída de Zahara, Fernando «El Católico» afirmó en voz alta: «Siento las muertes de cristianos, pero me alegro de poner en obra muy prestamente lo que teníamos en el pensamiento hacer». Esta plaza, cuyos pobladores fueron esclavizados o asesinados, había sido conquistada por el abuelo del aragonés, Fernando de Antequera, en 1410. Ya era una cuestión familiar para él devolver el golpe.

El Papa Sixto VI apoyó la empresa militar instituyendo una Cruzada, a modo de asistencia financiera. La bula de Cruzada fue prorrogándose cada dos años hasta alcanzar en su último año, 1492, una recaudación de 500 millones de maravedíes. La nobleza, el alto clero y las comunidades judías aportaron el resto de los fondos. Además, desde distintos países europeos llegaron importantes remesas económicas y, sobre todo, acudieron caballeros y aventureros alemanes, ingleses, borgoñones, alemanes... dispuestos a participar en la última Cruzada del Occidente cristiano.

Tampoco era menor el apoyo popular que tenía la Empresa granadina en España. «Por donde quiera que iban, hombres, niños, mujeres, le salían al encuentro de todas partes por aquellos campos y les echaban mil bendiciones: llamábanlos amparo de España (...)», escribió el padre Mariana sobre el fervor popular que desataba el paso de las tropas.

«Por donde quiera que iban, hombres, niños, mujeres, le salían al encuentro de todas partes por aquellos campos y les echaban mil bendiciones: llamábanlos amparo de España (...)»

Los cristianos tenían la superioridad numérica y la moral de su lado, pero las características del terreno alargaron una guerra de asedios y escaramuzas, sin grandes batallas en campo abierto, durante seis años. En este plazo de tiempo, los Reyes Católicos desarrollaron un dispositivo militar, una administración y un sistema de fiscalidad, cuya meta final era un Estado moderno que los reyes de la Casa de los Austrias emplearon posteriormente para lograr la hegemonía en Europa.

«El Rey chico» sembró la discordia en Granada

Durante la primera etapa de la guerra, entre 1482 y 1484, la improvisación y las actuaciones aisladas de grandes nobles andaluces, entre ellos el Duque de Medina-Sidonia o el Conde de Cabra, hermano mayor de Gonzalo Fernández de Córdoba, marcaron un ritmo lento en el conflicto. La suerte cristiana mejoró en la segunda etapa, porque los ejércitos de Isabel y Fernando aumentaron sus prestaciones y conquistaron los valles de Ronda, Loja, Marbella, Málaga, un puerto imprescindible para la recepción de suministros y refuerzos desde el Norte de África, y Baza.

Aparte de que los Reyes se asociaron por entonces con el príncipe Abu Abd Allah, conocido por los españoles como Boabdil, «El Rey chico», que sumió al bando musulmán en una guerra civil. Hijo del Rey Muley Hacen y Aixa, prima del soberano, Boabdil se crió bajo una alargada profecía que afirmaba, desde su nacimiento, que llevaría a la muerte a todos los que le amasen, y entre sus manos la media luna se terminaría transformando en cruz. Pero no fueron palabras, sino líos de faldas, lo que alejó al heredero de su padre, Muley Hacén, quien relegó a Aixa a un segundo plano por una concubina cristiana del harén. Aixa, que intentó sin éxito matar a la cristiana y sus hijos, incitó a Boabdil a rebelarse contra su padre valiéndose de sus muchos aliados entre la aristocracia nazarí, pues no hay que olvidar, ella era hija de un sultán anterior.

El severo Muley Hacén creía que Boabdil, un hombre cortés, «afable y de modales elegantes», no era apto para reinar en Granada, entre otras cosas porque su temperamento en poco o nada se parecía al suyo. Mal hizo subestimando a su hijo... Aprovechando que Hacén se encontraba lejos luchando con los cristianos, Boabdil y su madre levantaron lo que los cronistas árabes denominaron «una terrible rebelión que rompía los corazones de los granadinos». En 1482 el emir Muley Hacén sufrió un golpe de mano por parte de su hijo y por una importante facción de la ciudad, aliada con Aixa. Hacén tuvo que regresar a toda carrera hasta su capital.

En medio de esta guerra civil, Boabdil se propuso demostrar que él también era un hábil guerrero. Buscando una victoria de prestigio, Boabdil asaltó la ciudad de Lucena, en el interior de Castilla, convertida en un encarnizado campo de batalla cuerpo a cuerpo. Algunos de los mejores oficiales granadinos murieron ese día, mientras el Rey Chico era apresado cuando intentaba salvar a su caballo de morir ahogado. Fernando e Isabel le trataron con respeto y accedieron a liberarle a cambio de un gran rescate, vasallaje y la promesa de un pago de tributo anual. Sin otra opción, él accedió.

A su vuelta a Granada, Boabdil fue recibido como un héroe por muchos, tantos como los que sospechaban que había hecho un pacto con el enemigo. La lucha de bandos se intensificó con su regreso, especialmente a la muerte de Muley Hacén, en 1485, que partió moribundo de la ciudad con su esposa cristiana tras ceder el trono a su hermano Ibn Sad, llamado «El Zagal», experimentado comandante.

Esta rivalidad entre Boabdil y su tío coincidió con grandes avances cristianos, de modo que los dos emires dividieron la ciudad en dos y, al menos en apariencia, se reconciliaron para enfrentarse a los Reyes Católicos. Estos, como no podía ser de otro modo, vieron en aquel movimiento de Boabdil un incumplimiento de su juramento de lealtad y fidelidad hacia ellos.

Grabado de la novela Los Monfíes de las Alpujarras (1859) de Manuel Fernández y González que muestra al rey Boabdil junto a su madre contemplando Granada tras la derrota.
Grabado de la novela Los Monfíes de las Alpujarras (1859) de Manuel Fernández y González que muestra al rey Boabdil junto a su madre contemplando Granada tras la derrota.

De ahí que cuando el príncipe volvió a caer en sus manos, tras la caída de Loja, le forzaran a concretar aún más los términos de su vasallaje: ayudaría a los cristianos, una vez fuera liberado de nuevo, a cambio de que ellos le ayudaran a derrocar a su tío. Boabdil mantuvo a partir de entonces contactos secretos con los Reyes Católicos, muchos de ellos a través de su amigo y confidente Gonzalo Fernández de Córdoba, El Gran Capitán, que adquirió gran protagonismo en la fase final del conflicto gracias a su conocimiento de la lengua árabe.

Con la ayuda de Isabel y Fernando, «El Zagal» fue expulsado de Granada y el príncipe nombrado Rey. Boabdil se convirtió en un fiel aliado de los cristianos, a los que prometió entregar Granada en cuanto pudiera como parte de un intercambio de lugares de la parte oriental del reino que entonces eran leales a «El Zagal».

Cuestión aparte es que Boabdil encontrara la forma de salir con vida si rendía la ciudad sin combatir. Poco quedaba por entonces de la tan cacareada tolerancia entre musulmanes, cristianos y judíos, ni del esplendor cultural que había dado lugar a una de las ciudades más bellas de Occidente. Paulatinamente, la ciudad de Granada fue llenándose así de refugiados radicalizados, que buscaban un último lugar donde resistir hasta la muerte.

Ante el acuerdo secreto entre los Reyes Católicos y el último Rey de Granada, «El Zagal» contestó con la misma moneda. En diciembre de 1489, el tío de Boabdil se convenció de que toda resistencia era en vano, entregó el puerto de Almería y abandonó Guadix antes de que acabara el año. Vendió sus posesiones en Andalucía y se marchó a su nuevo hogar en el norte de África, dejando a su sobrino sin salida al mar. No faltaron los cronistas árabes que, como Nubdhat Al-ASr, vieron en su maniobra una enrevesada forma de vengarse de Boabdil:

«Mucha gente asegura que El Zagal y sus comandantes vendieron estos pueblos y distritos que gobernaban al soberano de Castilla y que recibieron un precio a cambio. Todo esto con vistas a vengarse del hijo de su hermano [...] y sus comandantes que estaban en Granada, solo ya con la ciudad bajo su dominio y beneficiándose de una tregua dada por el enemigo. Con este acto quería aislar Granada, para destruirla del mismo modo que el resto país había quedado destruido»

Hernán Pérez del Pulgar, el de las Hañazas, entró de noche en Granada con 15 de los suyos, clavó con su daga el Avemaría en la puerta de la mezquita mayor y al salir incendió el mercado de la ciudad

El emir no lloró; se retiró a sus nuevas posesiones

Las acciones del invierno de 1490 dieron prueba de lo precario de las defensas granadinas. Como relata José María Sánchez de Toca y Fernando Martínez Laínez en «El Gran Capitán» (EDAD, 2015), Hernán Pérez del Pulgar, el de las Hañazas, entró de noche en Granada con 15 de los suyos, clavó con su daga el Avemaría en la puerta de la mezquita mayor y al salir incendió el mercado de la ciudad. A su vez, en esas mismas fechas fracasó el intento de liberar a los 7.000 cautivos cristianos que estaban encarcelados en las prisiones granadinas. La mayor parte murió de hambre durante el asedio.

Para intensificar la presión sobre el emir, los Reyes Católicos comenzaron en el verano de 1491 la construcción del campamento de Santa Fe, construido de forma cuadricular frente a Granada, con la firme decisión de que solo lo levantarían tras la caída de la ciudad. No trajeron artillería pues en ningún caso pretendían destruir la ciudad. El 25 de noviembre de 1491, los Reyes firmaron con Boabdil el acuerdo definitivo para rendir la ciudad. Los monarcas se comprometían a respetar los bienes y las personas que vivían en Granada, a garantizar la libertad de culto, y que se siguiera empleando la ley coránica para dirimir conflictos entre musulmanes. Las capitulaciones, asimismo, incluían la promesa de que no habría castigo para los tornadizos, elches y marranos refugiados en Granada, a quienes se facilitaría el traslado al Norte de África.

En compensación por este acuerdo tan benigno, «El Rey chico» consistió entregar Granada en un plazo de dos meses, una condición complicada de llevar a efecto a causa de la amenaza de un motín generalizado contra el último Rey de Granada. Con el permiso del emir, una avanzada cristiana ocupó la Alhambra, adelantándose a cualquier reacción violenta del pueblo, lo que fue seguido por la entrega de la ciudad. Un cronista vasco describió aquel día como el que «redimió a España, incluso a toda Europa» de sus pecados.

En Roma, el final de la Cruzada fue celebrado con campanadas, encierros y corridas de toros. Los conquistadores recibieron la calificación de «atletas de Cristo», y los Reyes el título de «Católicos»con el que hoy son conocidos en los libros de Historia. No es casual por tanto que Isabel y Fernando eligieran Granada para el reposo de sus restos en la Capilla de los Reyes de la Catedral.

Féretros de los Reyes Católicos en la Capilla Real.
Féretros de los Reyes Católicos en la Capilla Real.

El 2 de enero de 1492 se escenificó la rendición en una ceremonia desprovista de humillaciones, como demuestra el hecho de que Boabdil no besara las manos de los Reyes. Entregó las llaves de la ciudad al Conde de Tendilla, Íñigo López de Mendoza, que sería el primer capitán general de la Alhambra. Según recoge la Crónica de los Reyes Católicos, Boabdil avanzó sobre su caballo de cara al enemigo que acampaba más allá de los muros de Granada y entonces un tropel de gentes famélicas, compuesto de madres gimiendo y niños «dando voces diciendo que no podrían sufrir el hambre; y que esta causa vendrían a desamparar la ciudad e irse al real de sus enemigos, por cuya causa la ciudad se tomaría y todos vendrían a ser cautivos y muertos».

La rendición había sido la única salida posible. El último emir siguió viviendo en la Península, en un territorio asignado por los Reyes en las Alpujarras, pero al cabo de dieciocho meses cruzó el Estrecho para morir en Fez décadas después.

Las condiciones firmadas por los Reyes fueron respetadas inicialmente. La población mudéjar pasó a ser tratada con mayor firmeza a partir de la visita del nuevo confesor, el Cardenal Cisneros (1499). Como resultado, se obtuvo un incremento de las «conversiones», pero también una serie de desórdenes que se extendieron hasta avanzado el siglo XVI. Estos episodios, no en vano, fueron considerados como una ruptura de las condiciones de la capitulación por la parte islámica, con lo que, libres de toda cortapisa, los Reyes emitieron la Pragmática del 11 de febrero de 1502, que obligaba al bautismo o al exilio de los musulmanes.