Pedro Arsuaga en la puerta del edificio que ocupa el solar en el que estuvo la casa de Cervantes
Pedro Arsuaga en la puerta del edificio que ocupa el solar en el que estuvo la casa de Cervantes - Isabel Permuy

La quijotesca idea de recuperar la casa de Cervantes en el Barrio de las Letras de Madrid

El profesor Pedro Arsuaga lucha por reconvertir una ortopedia en un museo dedicado al autor

MadridActualizado:

El profesor Pedro Arsuaga no imparte clases de Lengua y Literatura aunque recite de memoria a sus alumnos párrafos completos de «El Quijote»: «La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre; por la libertad así como por la honra se puede y debe aventurar la vida». Las palabras del hidalgo más célebre de la literatura española a su escudero no son para él una máxima rimbombante.

Frente a la placa que recuerda el lugar en el que vivió y murió Miguel de Cervantes en Madrid, las entona elevando la voz y las manos para llamar la atención de sus pupilos –y de algunos transeúntes–. Con ellas defiende su particular lucha por recuperar un espacio, a su juicio, mancillado por la historia. «No puede ser que los turistas vengan buscando la casa de nuestro escritor más universal y se encuentren con un escaparate lleno de zapatos. ¿Se imaginan la misma escena en Inglaterra, buscando la casa de Shakespeare?», pregunta airado.

Su empecinamiento no sorprende a los chavales. A pesar de que su currículo académico le presenta como biólogo e historiador, están acostumbrados a recibir lecciones que van más allá de la materia de Ciencias Naturales que imparte en el IES Mariano José de Larra de la capital. «Nos enseña a luchar en lo que creemos. A defender aquello que consideramos justo», dicen atropelladamente en un corrillo frente a la tienda El Pie de Oro, la zapatería ortopédica que ocupa el espacio virtual en el que se situaba la vivienda del escritor.

Alumnos del profesor Arsuaga delante del local El Pie de Oro
Alumnos del profesor Arsuaga delante del local El Pie de Oro - Isabel Permuy

Los chavales, alumnos de Bachillerato, saben que la intención de su profesor es, cuando menos, complicada de lograr. Algo así como una versión moderna de la batalla contra los molinos, pero esta vez, los brazos de los «gigantes» que tiene delante Arsuaga, son largos y difíciles de doblegar: el profesor busca un mecenas que ponga el dinero suficiente para comprar el local y crear un espacio museístico que recree el ambiente en el que Cervantes pasó sus últimos años de vida, hasta el 23 de abril de 1616. Lo quijotesco de la idea no frena a Arsuaga. Insiste: «Por la libertad así como por la honra se puede y debe aventurar la vida». Lo repite de nuevo, ya con tono resignado, pero convencido de que recibirá los apoyos suficientes para enmendar el atropello histórico que pesa sobre este lugar.

Derribada en 1833

«Que quede claro que los dueños de la zapatería no tienen culpa de nada. Nada más lejos de la realidad. El crimen se perpetró en 1833, cuando el dueño de la casa original en la que vivió el escritor derribó el edificio por completo para hacer el actual», explica. Con dos plantas, ocupaba exactamente el espacio en el que está hoy la tienda El Pie de Oro. El suceso no pasó precisamente desapercibido entonces. Las quejas de Mesonero Romanos por evitar el despropósito han quedado para la Historia. El propio Fernando VII intentó detener el derribo de la reliquia cervantina y quiso que el Estado adquiriera el edificio, pero el poder especulatorio de la piqueta venció. «La ignorancia ganó una vez más», opina. Lo único que logró fue que se recordara el lugar con la placa que preside la entrada del número 2 de la calle de Cervantes –antes de Francos–.

Pedro Arsuaga y su madre
Pedro Arsuaga y su madre - Isabel Permuy

En honor a la verdad, la idea no fue propiamente del profesor, si no de su madre. Para poder llevarla a cabo, Arsuaga ha tocado varias puertas, además de la Comunidad y el Ayuntamiento de Madrid. La más curiosa, y no menos ambiciosa, es la del presidente del Real Madrid, Florentino Pérez. «La fundación de su empresa, ACS, contribuye a la promoción, conservación y restauración de los bienes del patrimonio histórico artístico. Hemos remitido nuestra idea, pero nos han respondido que no adquieren inmuebles», explica el profesor. «Hemos descubierto que no es del todo cierto, al menos tenemos documentado un caso en Toledo el que sí que lo hicieron», dice esperanzado. La adquisición del local es, para él, imprescindible: «Para una empresa como ACS es como regalar un sobre de pipas a un loro».

Sí que ha recibido el apoyo de Arturo Pérez-Reverte, a quien remitió otra misiva buscando el espaldarazo de la RAE. El autor respondió con un artículo en el XL Semanal titulado «La casa que nunca será», en el que ensalzaba su tesón. «También nos ha respondido José Manuel Lucía Megías, que es el que más sabe de Cervantes», asegura.

Pequeños «sanchos»

Sus alumnos, los particulares «sanchos» de este «quijote» contemporáneo, manifiestan su firme compromiso por ayudar a este profesor enamorado del Siglo de Oro y el Barrio de las Letras. «Es de esos profesores que te trasmiten la ilusión por conocer las cosas», dice André Padilla, uno de sus alumnos. «Es de Ciencias Naturales pero en sus clases, y fuera de ellas, nos habla de Historia, de Literatura y Cine. Es también un gran cinéfilo», explica Paula González, otra pupila. «Aunque es muy difícil, creo que lo puede conseguir. Cuando termine el instituto, si puedo ayudar en algo para conseguir el objetivo, lo haré», añade Verónica Morente. Cada año, por estas fechas, organiza junto al Departamento de Lengua y Literatura una excursión por sus calles, en el que visitan los rincones de Madrid ligados al Siglo de Oro y al Príncipe de los Ingenios.