Colas en los accesos al festival Mad Cool, a primera hora de la tarde - ISABEL PERMUY
Mad Cool 2018

Mad Cool 2018, un festival fuera de control: «¡Es imposible que entremos todos!»

Las dos horas de colas a pleno sol para canjear las entradas desatan las iras de los asistentes

MADRIDActualizado:

La primera de las tres jornadas del Mad Cool arrancó ayer en Valdebebas en medio de un ambiente festivo, que se enrareció debido a las largas esperas -algunas de más de dos horas- y al «caos organizativo» denunciado por muchos de los asistentes. Las previsiones se cumplieron y cerca de 80.000 personas fueron repartiéndose a lo largo de los siete escenarios levantados en esta edición. No sin antes, tener que sufrir lo indecible aquellos que debían recoger la pulsera (con un precio de 190 euros los tres días) para acceder al recinto. «Nos tienen atrapados al sol, sin agua ni nada. Es imposible que entremos todos», relataba una fan, en medio de la indignación general.

Por otro lado, el movimiento constante de vehículos de entrada y salida colapsó, según avanzaba la tarde, todas las vías adyacentes. Los atascos hasta la M-40 se prolongaron durante cerca de una hora, lo que motivó otra de las quejas más flagrantes. Este hecho contrastó, sin embargo, con los afortunados que poco a poco iban logrando entrar al festival. «Es una auténtica locura», exclamaban dos chicas, camino del escenario principal. Por el recinto, de 100.000 metros cuadrados, desfilaron más del doble de personas que todos los habitantes de ciudades como Soria o Teruel.

Llegados desde cualquier rincón de España, los asistentes utilizaron todas las vías posibles para llegar al evento. «Venimos de Valencia por MGMT y Tame Impala», señalaba un grupo de jóvenes nada más apearse del Cercanías. En ese punto, las riadas humanas no tardaron en aparecer al confluir los autobuses lanzadera dispuestos por Mad Cool, la zona habilitada para los vehículos VTC y algunos taxis que alcanzaban la avenida de las Fuerzas Armadas. «Pensábamos que al venir pronto no habría tanta gente», lamentaba Jorge, quien, junto a sus amigos, trataba de reunirse con su novia en medio de una multitud cada vez más apabullante.

«¡Vigila, que se cuelan!»

En el carril lateral de la avenida de Alejandro de la Sota, las vallas delimitaban el espacio de entrada al rellano del festival. «Perdona, ¿sabes cómo podemos entrar?», era una de las preguntas más repetidas, fruto del descontrol que imperaba en la calle. Algunos, incluso, llegaron a sortear las verjas por debajo a fin de evitar una espera marcada por el calor. «¡Vigila por ese lado, que se están colando!», le reclamaba un operario a otro. La presencia masiva de extranjeros fue más que notoria: ingleses, italianos y, algunos, como Miguel Ángel y Valentina, recién aterrizados desde Puerto Rico: «Venimos solo para ver a Arctic Monkeys», señalaban con ironía.

Al otro lado de la carretera M-11, el público acudió de forma escalonada, al compás marcado por la alta frecuencia de Metro. La muchedumbre se quedaba a las puertas de la parada de Feria de Madrid, con cerveza en mano, para emprender el largo camino por el interior de Ifema. «Aunque aún no he entrado, imagino que estará bien organizado», decía Alba, en contraste con la cantidad de gente apelmazada en los vagones. Si bien, el viaje de ida en el suburbano transcurrió en relativa normalidad, la gran preocupación de casi todos estaba relacionada con el regreso a casa. «La vuelta será más complicada; nuestro hotel está en Gran Vía y no tenemos ni idea de como llegaremos desde Nuevos Ministerios», explicaba una pareja mallorquina.

Los controles de seguridad en los accesos a los aparcamientos, con registros de los maleteros de los coches, provocaron que decenas de conductores se vieran atrapados en la vía pública, sin poder estacionar y con el tique pagado. «La próxima vez que avisen y venimos en bicicleta, hubiéramos tardado menos», criticaban cuatro chavales. En paralelo, una mujer asentía resignada con la ventanilla bajada. Pese a que la Policía recomendó el uso del transporte público y los autobuses lanzadera, lo cierto es que ninguno de los afectados comprendía la escena vivida: «¿Cómo es posible que vendan no sé cuantas plazas de parking y luego no podamos entrar».

El cambio de ubicación -las dos anteriores ediciones se celebró en la Caja Mágica- descolocó a parte de los fieles que cada año acuden al Mad Cool. «Este año no tenemos ningún bar cerca y hay que venir cargados con la bebida», incidía Alberto, aprovisionado con un vaso de mini. Pese al fuerte desconcierto, las aguas se calmaron en parte con la gran actuación de Pearl Jam: «Compré la entrada cuando supe que venían y, solo por eso, merece la pena todo», contaba Loles, para quien, tras diez años de espera, ningún obstáculo fue lo suficientemente grande como para arruinar un momento soñado.