Imagen de Pedro Cavadas tomada con el paciente al que ha reconstruido el rostro y una mano - ROBER SOLSONA
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Pedro Cavadas: así trabaja el doctor «milagro» que quería ser veterinario

El cirujano atiende anualmente a 1.500 pacientes y trabaja en África de forma altruista a través de su fundación

VALENCIAActualizado:

Pedro Cavadas (Valencia, 1965) sostiene que «la medicina no tiene nada que ver con ser el primero en algo, sino con solucionar el problema de un paciente». En su caso, sin embargo, se conjugan ambos factores. El cirujano valenciano, que cada día acude a las siete de la mañana al hospital de Manises, donde dirige el Servicio de Cirugía Reconstructiva, fue el responsable del primer trasplante completo de cara en España y del primer trasplante en el mundo de ambas manos a la altura de los antebrazos a una mujer.

Esta semana, el conocido como «doctor milagro» ha vuelto a engrosar su extensa lista de casos resueltos con éxito. En esta ocasión ha reconstruido parte del rostro y la mano izquierda con técnicas microquirúrgicas de un hombre de origen keniano que había sido atacado por una hiena.

Pedro Cavadas defiende que la medicina «es mucho más seria que tu vanidad y tus ganas de que hablen de ti». Sin embargo, sus intervenciones le han proporcionado fama mundial. De hecho, gran parte de sus principales hitos médicos tuvieron como pacientes a personas extranjeras. Es el caso de Lonunuko, un keniano que tras ser atacado por una hiena en 2012 no ha podido comer ni tragar hasta que el doctor valenciano logró reconstruirle la cara.

Al margen de su día a día en Manises, un hospital de titularidad pública pero de gestión privada, y de su consulta particular, el cirujano desempeña su función solidaria a través de la Fundación Cavadas cuya misión pasa por «ayudar a aquellos que no pueden elegir y a la vez devolver aquello que nos ha sido dado».

Imagen de Cavadas junto al Marine al que atendió este año - ABC

Dos veces al año viaja a África, donde atiende a pacientes de forma altruista. Un acuerdo de cooperación entre el hospital y su fundación ha permitido que Cavadas devuelva la vida a Lonunuko en un 2018 que ha resultado especialmente prolífico para el doctor valenciano, justo cuando se han cumplido treinta años desde que se licenció en Medicina.

De hecho, este ejercicio ha sido condecorado por la Armada de los Estados Unidos por haber reimplantado la mano a un marine que sufrió un accidente de un submarino en aguas de Cartagena. La fama de Cavadas permitió que los superiores del militar tuvieran claro que, a poco más de doscientos kilómetros, en Manises, había un doctor que podría solucionar el problema.

Cavadas soñaba de niño con ser ser veterinario de animales salvajes y exóticos, pero finalmente optó por la Medicina y se especializó en Cirugía Plástica. En 1995 se doctoró con la calificación de apto cum laude.

Al no gustarle la cirugía estética ni el tipo de paciente que recurre a estos servicios se acabó decantando por ser cirujano reconstructivo, a su juicio «la especialidad más complicada, agradecida y gratificante con diferencia». Presume de dedicar mucho más tiempo a hablar con sus pacientes que a las propias intervenciones, aunque su extrema dedicación al trabajo no le permita muchos días ver a sus hijas, Ruo y Xiao, de diecieste y trece años, respectivamente.

Imagen de Cavadas junto a su paciente Wilmer Arias tomada el pasado mes de julio - MIKEL PONCE

De hecho, Cavadas no oculta sus sentimientos cuando comparece con sus pacientes para explicar sus intervenciones. El pasado mes de julio el doctor empujaba la silla de ruedad de Wilmer Arias, a quien el médico valenciano realizó una cirugía para unir la columna vertebral a la pelvis usando hueso del peroné.

El paciente, de nacionalidad guatemalteca, se quedó tetrapléjico tras una grave lesión producida por un arma de fuego a los nueve años y que le había obligado estar encamado en los últimos años como consecuencia de las complicaciones en la zona lumbar. Como a tantos otros, Cavadas le «devolvió la vida».

Con todo, la actividad de Cavadas va más allá del foco de sus casos más mediáticos. El doctor, que califica de «largas e infernales» sus jornadas laborales, atiende cada año a 1.500 pacientes. Explica que gracias a aceptar «casos complejos y no decir que no a nada» sus consultas se han convertido en «especie de peregrinación donde viene la gente que no sabe dónde ir. Es muy difícil que un paciente venga aquí como primera opción».