Don Juan Carlos y Doña Sofia, en 1978 en el colegio electoral de San Fernando para votar en el referéndum sobre la Constitución española
Don Juan Carlos y Doña Sofia, en 1978 en el colegio electoral de San Fernando para votar en el referéndum sobre la Constitución española - EFE

40 años de una nueva España

La Transición fue una aventura extraordinaria, seguida con admiración por el mundo, que llenó de orgullo a los españoles porque, con un esfuerzo compartido, lograron una heroicidad

MadridActualizado:

Hacía un frío que helaba los huesos aquella mañana de diciembre en la puerta del Colegio de San Fernando de El Pardo, pero periodistas y curiosos aguantaban a pie firme la llegada de los Reyes, que iban a votar el referéndum de la Constitución.

No era la primera vez que Don Juan Carlos y Doña Sofía depositaban sus papeletas en la urna, ya lo habían hecho dos años antes con la Ley de Reforma Política y lo hicieron dos veces más en el futuro, cuando el referéndum para permanecer en la OTAN y después para votar el Tratado para la Constitución Europea. Pero aquella mañana gélida, amontonados votantes y periodistas dentro y fuera del colegio, la emoción era muy superior a las vividas en las otras fechas: una Constitución estaba en marcha, una nueva Constitución que dejaba definitivamente atrás la dictadura y que iniciaba una época que se auguraba apasionante.

Solo los españoles de cierta edad, o los que han sentido interés por conocer la historia de su país, son capaces de comprender el sentimiento generalizado de orgullo que provocó la Transición. El cambio de la dictadura a la democracia fue ejemplar, y provoca cierta desazón que esa peripecia política y social que es estudiada y admirada en los países democráticos más importantes, sin embargo sea denostada por políticos y líderes sociales actuales que no quieren admitir que durante un tiempo España estuvo dirigida por dirigentes que demostraron un patriotismo ejemplar, que renunciaron a ideologías, trayectorias, objetivos y hasta a su memoria histórica para construir una España mejor para todos. Para todos.

Se supo más tarde que el Príncipe Juan Carlos tenía la Transición en la cabeza, perfectamente diseñada conjuntamente con su profesor y hombre de máxima confianza, Torcuato Fernández-Miranda. Diseñada hasta el punto de mantener como presidente a Arias Navarro, el último jefe de gobierno con Franco, una decisión que provocó alarma generalizada. Sin embargo sabían Don Juan Carlos y Torcuato que tenía que ser así: antes de pasar página definitiva al franquismo era necesario tomar decisiones inaplazables.

Sabían cuáles eran, porque llevaban años preparando el proceso transitorio con la colaboración inestimable de dos personas muy próximas al Príncipe, Manuel Prado Colón de Carvajal y Nicolás Franco Pasqual de Pobil, sobrino de Franco.

El presidente del Gobierno, Leopoldo Calvo Sotelo (d), conversa con el expresidente Adolfo Suarez durante un descanso en el pleno del Congreso, en 1981
El presidente del Gobierno, Leopoldo Calvo Sotelo (d), conversa con el expresidente Adolfo Suarez durante un descanso en el pleno del Congreso, en 1981 - EFE

El Príncipe quería hacer llegar a los máximos dirigentes de la oposición su decisión inamovible de convertir España en un país totalmente democrático cuando asumiera la Jefatura del Estado, pero no podía hacerlo directamente, era demasiado arriesgado. Nicolás Franco mantuvo un encuentro con Santiago Carrillo, el maldito del régimen franquista, en un restaurante de París. No le dijo quién le enviaba y solo cuando España había celebrado sus primeras elecciones en democracia supo que había sido el Príncipe Juan Carlos. Nicolás Franco le pidió a Carrillo un voto de confianza hacia el Príncipe y le aseguró que estaba decidido a apostar por una democracia plena, pero le advirtió que para eso necesitaba unos meses de plazo con los comunistas sosegados, sin que perturbaran la calle exigiendo pasos que no se podían dar si no era con ciertas medidas previas.

Manuel Prado tuvo peor suerte: le pidió el Príncipe que se entrevistara con el líder rumano Nicolae Ceaucescu, amigo y apoyo importante de Carrillo pero, como a Nicolás Franco, le advirtió que no podía decir que era enviado suyo. Tras conseguir la cita a través de españoles en el exilio, Prado no tuvo mejor idea que meter una minigrabadora en un calcetín para entregar posteriormente en Zarzuela. Fue detectada por los servicios de seguridad del dictador que, además de darle una paliza, le encerraron durante dos días en un sótano, sin alimentación ni bebida, mientras los rumanos averiguaban de quién se trataba.

Dos hechos que demuestran hasta qué punto el Príncipe Juan Carlos, que en Madrid recibía de tapadillo a los hermanos Javier y Luis Solana, tanteaba a los dirigentes de la oposición a los que explicaba que la España que él pretendía crear pasaría todas las pruebas que se exigían a una democracia plena y que eso solo sería posible con la ayuda de todos. No olvidó los contactos con dirigentes internacionales, entre ellos el secretario de Estado Henry Kissinger y el entonces influyente presidente alemán Walter Schell. El mensaje era siempre el mismo: a la muerte de Franco y una vez proclamado Rey, Don Juan Carlos pondría en marcha los mecanismos indispensables para convertir el país en una democracia plena y europea, pero necesitaba un margen de tiempo para dar los pasos necesarios.

Sesión plenario de las Cortes que debatió el proyecto de ley de Reforma Política, 1976
Sesión plenario de las Cortes que debatió el proyecto de ley de Reforma Política, 1976 - EFE

Lo consiguió. Frente al escepticismo generalizado, lo consiguió y en un plazo récord de tiempo. Arias Navarro solo permaneció seis meses en la presidencia, y el Rey no tardó en pedirle la dimisión en cuanto se dieron las circunstancias para el relevo. Que eran, entre otras, que Fernández-Miranda, presidente de las Cortes, pudiera garantizarle que el Consejo del Reino, que debía entregarle una terna para que eligiera el nombre destinado a ser jefe de Gobierno, incluyera en esa terna el nombre que el Rey consideraba adecuado para ese momento.

No era fácil, el Consejo era un nido de personalidades del franquismo que en su mayoría miraban con recelo al Rey y a Fernández-Miranda, y donde además existían serias rivalidades porque cada uno de sus miembros se había hecho su propio escenario de qué era lo más conveniente para España y con qué presidente. Las quinielas apuntaban que Don Juan Carlos quería a José María de Areilza en la presidencia, aunque otras afirmaban que era Manuel Fraga Iribarne, pesos pesados los dos del gobierno de Arias por deseo expreso del Rey; sonaba también el nombre de López de Letona, incluso el de Alfonso Osorio, pero no se había barajado en cambio el de Adolfo Suárez, ministro Secretario General del Movimiento. Fue una absoluta sorpresa, y no sorpresa ilusionante por su pasado claramente franquista.

El Rey sufrió un nuevo baño de descrédito, y a Suárez le costó formar gobierno. Areilza, que había recibido a varios periodistas en su casa a la espera de que se conociera el nombre del elegido, no pudo sacar las botellas de champán que guardaba en la nevera. Un Areilza, ministro de Asuntos Exteriores, con tan alto concepto de sí mismo que días antes, durante el primer viaje internacional de los Reyes, primero República Domnicana y desde allí a Estados Unidos, en la primera y única rueda de prensa convocada por el Rey, con un Waldorf Astoria abarrotado de destacados columnistas americanos y los corresponsales y enviados especiales españoles, se permitió el lujo de corregir en dos ocasiones al Rey Juan Carlos.

«Las decisiones políticas se tomaban en paralelo a importantes cambios sociales que no siempre fueron bien entendidos»

Algunos de esos enviados especiales comentaron después que ese día el Rey pudo decidir que no era Areilza la persona indicada para ser presidente, por su excesiva arrogancia que rayaba en la imprudencia. Nunca hizo el Rey el menor comentario sino que, por el contrario, siempre dijo que hacía tiempo que tenía decidido que era Adolfo Suárez la persona indicada para capitanear la complicada tarea que tenía por delante.

Fueron tantos los hitos de la Transición que es imposible reseñar todos ellos. No fue fácil ni mucho menos, porque las decisiones políticas se tomaban en paralelo a importantes cambios sociales que no siempre fueron bien entendidos y entre los que destacaron libertades que hoy parece imposible que estuvieran vedadas, desde la adquisición de libros políticos críticos con el franquismo, a la censura previa a artículos de opinión en los periódicos, la prohibición de manifestarse o la imposición de doblajes en películas para que no recogieran situaciones de adulterio. Se inició el llamado «destape», que escandalizó a muchos porque ya pudieron verse los pechos de una mujer en una pantalla de cine o en una revista, o abrazos y besos que sugerían situaciones más comprometidas.

El gobierno de Suárez sabía sin embargo que el camino trazado era inamovible y que las primeras elecciones, cuando se celebraran, serían plenamente democráticas, lo que significaba que todos los partidos debían ser legalizados previamente. El primer congreso de UGT, celebrado en un restaurante de Cuatro Caminos, estaba infestado de policías de paisano, no era difícil detectarlos. El primero del PSOE, en un hotel del norte de Madrid, fue la apoteosis para un Felipe González que se adivinaba ya como la gran figura del futuro. Vino Willy Brandt, el respaldo más importante que podía tener Felipe por parte del socialismo internacional. Carrillo se movía por Madrid, se contaba, con una peluca, y los periodistas no daban abasto para cubrir tantas ruedas de prensa que solo un año atrás no podrían haberse celebrado.

Un montaje de Santiago Carrillo con una peluca, de 1976
Un montaje de Santiago Carrillo con una peluca, de 1976 - EFE

Acudían con el carnet de identidad en el bolsillo, porque las más de las veces la Policía los pedía cuando se marchaban: les esperaban en la puerta y tomaban nota de sus datos. Había miedo al principio, pero con el paso de las semanas, eran tantas las veces, que ya se mostraba el carnet a quienes estaban en los portales antes incluso de que los pidieran. Fueron detenidas figuras políticas «peligrosas» que se definían como liberales o socialdemócratas y que luego militaron en UCD, el partido de centro creado por Suárez, y hoy probablemente estarían engrosando las filas del PP; pero lo que se preguntaba todo el mundo era cuándo caería ese hombre que supuestamente se movía por Madrid con una peluca y que dormía en casas de militantes que buscaba su principal apoyo de entonces, Pilar Brabo.

Carrillo convocó una rueda de prensa. Clandestina. Te citaban en una cafetería y allí alguien te indicaba que debías acudir a otro lugar. En ese segundo lugar te recogían dos compañeros periodistas, militantes del PCE desde hacía años –se supo después–, que te conducían al lugar donde se encontraba Carrillo. Solo quienes vivieron aquella peripecia, y los años últimos del franquismo, pueden comprender la emoción y el riesgo de aquella aventura profesional. Porque la calle no solo estaba pendiente de las decisiones políticas, sino que se producían enfrentamientos serios, con una extrema derecha que no dudaba en sacar los bates de béisbol, un grupo terrorista, el GRAPO, que había secuestrado al presidente del Consejo de Estado y al presidente del Consejo Supremo de Justicia Militar, Oriol y Villaescusa, y que más tarde puso una bomba en la cafetería más conocida de Madrid, California 47, con nueve muertos, y mataba policías simplemente por ser policías, uno de ellos rematado a martillazos.

«Los setenta fueron años terribles de la banda ETA, (...) aunque los setenta y ochenta fueron bautizados como los años «de plomo»

A ello se sumaba que desde los tiempos del franquismo ETA sembraba el terror por toda España con secuestros, atentados masivos y asesinatos individuales. Los setenta fueron años terribles de la banda, que se prolongaron durante varias décadas más, aunque los setenta y ochenta fueron bautizados como los años «de plomo» por razones obvias. Durante el gobierno de Adolfo Suárez se logró algo histórico: la escisión de la banda, abandonada por aquellos que creían que los objetivos había que alcanzarlos a través de la política, no de la muerte. Algunos de los que la abandonaron y defendieron su causa desde la política y solo la política, hicieron desde sus escaños importantes servicios a la democracia.

El Sábado Santo del 77 se legalizó el Partido Comunista. Hubo conmoción en las calles, alegría en unas, miedo en otras, indignación en unas terceras. Dimitió el ministro de Marina, Pita da Veiga, y se produjeron importantes reuniones militares de alto nivel para analizar si debían producirse más dimisiones para expresar el rechazo a la decisión del gobierno. Hacía tiempo que en España se producía lo que se llamaba «ruido de sables» y las salas de oficiales de los cuarteles eran un hervidero de rumores y de amenazas de sedición. Un mal caldo de cultivo para lo que se produciría pocos años más tarde, cuando ya se habían celebrado las primeras elecciones democráticas, en junio del 77, y se había culminado la legislatura constituyente con la promulgación de una nueva Constitución: el 23 de febrero de 1981 se produjo una intentona golpista el mismo día que se producía la investidura de Leopoldo Calvo-Sotelo, tras la dimisión de un Adolfo Suárez que después de cumplir con el mandato del Rey de promover el gran cambio que necesitaba España, se sintió falto de apoyos.

Adolfo Suárez en el momento del golpe de Estado del 23-F en el Congreso
Adolfo Suárez en el momento del golpe de Estado del 23-F en el Congreso - EFE

Las críticas a la gestión de su último gobierno fueron muy duras y generalizadas, incluso por parte de quienes tanto le habían ensalzado; por otra parte, ya no sentía que el respaldo del Rey fuera tan incondicional como en tiempos pasados. Un Suárez incapaz de aceptar la menor reflexión sobre su forma de gestionar el país tras superar con éxito los momentos más difíciles, veía cómo se desmoronaba su partido y, desde las portadas de los periódicos y revistas que le habían sido afines, se le criticaba sin piedad. Pasaron muchos años antes de que de nuevo le fuera reconocido el esfuerzo realizado, pero para su desgracia no tuvo tiempo de disfrutarlo: su cabeza ya estaba muy perdida en un confuso mundo en el que afortunadamente no cabía el sufrimiento.

«Hacía tiempo que el Rey era objeto de los comentarios más envenenados en los cuarteles, se le llamaba traidor abiertamente»

La intentona del 23-F fue un revulsivo. Significó un antes y un después. Millones de ojos se dirigieron hacia el Rey, que con uniforme del Ejército de Tierra pronunció un discurso al filo de la medianoche que, más que a los españoles que ansiaban palabras tranquilizadoras, iba dirigido a los golpistas y a los generales que todavía dudaban si sumarse al golpe: como capitán general de los Ejércitos les ordenaba deponer su actitud. Hacía tiempo que el Rey era objeto de los comentarios más envenenados en los cuarteles, se le llamaba traidor abiertamente y, tras el golpe, desde esos cuarteles hubo oficiales y jefes empeñados en difundir que era el impulsor del golpe y había dejado abandonados a los suyos en el último momento. Todavía hay quien duda de su actitud, sin darse cuenta de que simplemente con quedarse cruzado de brazos el golpe habría triunfado. Y si no triunfaba, nadie podría acusarle de haberlo impulsado, ya que había permanecido de brazos cruzados a la espera de acontecimientos. El golpe lo detuvo el Rey.

El proceso democrático se consolidó aún más a partir del intento de golpe. Leopoldo Calvo-Sotelo fue un presidente breve porque la UCD hacía agua por todas partes, pero en su año y medio de mandato tomó decisiones clave: un pronto juicio a los golpistas y, lo más importante, la integración de España en la OTAN, lo que situaba a los militares españoles en otro nivel profesional. Una decisión valiente que se hizo en contra del PSOE, aunque Felipe González, que ganó las elecciones con un resultado apoteósico en el 82, tuvo la decencia de reconocer que se había equivocado y convocó un referéndum para la permanencia en la OTAN. Un referéndum en el que se dejó la piel, y que ganó aunque tuvo riesgos importantes entre otras razones porque Fraga, atlantista a ultranza, sin embargo se inclinó por la abstención.

El expresidente del Gobierno Felipe González y Santiago Carrillo en el Congreso, en 1978
El expresidente del Gobierno Felipe González y Santiago Carrillo en el Congreso, en 1978 - Teodoro Naranjo Domínguez

Un grupo de periodistas que viajó a Múnich días antes del referéndum, recibieron un mensaje del líder bávaro Franz Josef Strauss, gran amigo del político español: «Decidle que vote sí, no se comprenderá su abstención». No lo hizo Fraga, siempre muy suyo. De la misma manera que contra el criterio de sus votantes avaló a Santiago Carrillo en su primera conferencia importante, luego le pudo más su oposición a Felipe González que su coherencia respecto a la OTAN. Sin embargo, fue uno de los grandes protagonistas de la Transición.

Uno de los valientes protagonistas de la Transición, un plantel de políticos de muy distintas trayectorias e ideologías que apostaron por España más que por ellos mismos. Políticos de la talla de Carrillo, Fraga, Roca, Arzalluz, Pujol, Suárez y González, por mencionar solo a los de primera fila, acompañados de unos segundos que por sí mismos, y por lo que hicieron, merecerían estar en cuadro de honor. Al igual que empresarios, sindicalistas, periodistas, figuras de la cultura y del deporte, que participaron en el tránsito de la dictadura a la democracia en la medida de sus distintas capacidades.

Son muchos los dirigentes actuales que se refieren con desprecio a la Transición. No han comprendido nada, o lo que es peor, no quieren comprenderlo porque entonces serían conscientes de su mediocridad y su falta de patriotismo.

La Transición, con una nueva Constitución trabajada con cuidado por sus ponentes para que representara el sentir de todos los españoles, fue una aventura extraordinaria, seguida con admiración por el mundo y que llenó de orgullo a los españoles porque, con un esfuerzo compartido, lograron una heroicidad.