Philip Roth, fotografiado en Nueva York
Philip Roth, fotografiado en Nueva York - REUTERS

Philip Roth, el último titán de la literatura norteamericana del siglo XX

El autor estadounidense, que en 2012 abandonó la escritura y fue eterno candidato al premio Nobel de Literatura, falleció de una insuficiencia cardíaca en un hospital de Nueva York a los 85 años

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Philip Roth (Newark, Nueva Jersey, 1933) fue uno de los muy pocos autores a los que la inmortalizadora Library of America comenzó a reeditar/ordenar su obra estando ellos aún vivos. Eudora Welty y Saul Bellow fueron los únicos otros dos. El último de los nueve volúmenes, dedicado a su obra ensayística ( «Why Write?/Collected Nonfiction 1962-2003»), apareció en septiembre de 2017 y cerró el círculo.

Ahora, con el punto final de la muerte, todo está en su sitio y Blake Bailey (quien ya se había ocupado de Richard Yates, John Cheever y Charles Jackson) tiene el inevitable último capítulo para la biografía de Roth que ha venido, con plena colaboración de su sujeto, investigando desde hace ya años. Las últimas páginas, seguramente, no plantearán demasiados problemas: Roth se había retirado públicamente de la escritura en 2012 (lo suyo fue, sí, una rothirada en toda regla, sólo retornando para algún ocasional artículo y entrevista en la que advertía cosas como que «la vejez no es una batalla: es una masacre»); se le consideraba un mayúsculo de las letras de esos a los que condecoran presidentes; era invocado cada octubre cada vez que volvía a no ganar el Nobel (con particular indignación cuando sí lo ganó Bob Dylan, para muchos casi como si se lo hubiese robado; y el que este año no vaya a entregarse el galardón por muy rothianos escándalos sexuales puede reescribirse ahora como justiciera y poética señal de duelo); y aparecía feliz en fiestas del ambiente en las que era considerado el más grande entre los grandes, ya no en actividad pero sí en presencia e influjo.

Había ganado todos los premios que valían la pena (desde uno de los National Book Award ya en su debut con «Goodbye, Columbus» en 1959 hasta un Pulitzer, un Príncipe de Asturias, un Man Booker International y un surtido de medallas honorables); su cumpleaños número 80 fue festejado en su ciudad natal como el de un prócer; y no parecía arrepentido de haber parado la máquina. Lo último que se le clavó al pecho fue uno de esos infartos absolutos y sin retorno -después de lo de Tom Wolfe hace unos días, cabe pensar que Thomas Pynchon, Joan Didion y Don DeLillo estarán preguntándose quién será el siguiente- que se lleva a uno de los últimos titanes de la literatura norteamericana del siglo XX.

Obras maestras

Y, en el caso de Roth, alguien que no sólo ofreció un último poco común y magistral esprint en su carrera con obras maestras como la bestial y ultra-fálica «El teatro de Sabbath» (de 1995, tal vez lo más indicado para entrar en lo suyo y ya no salir) así como la «American Trilogy» (compuesta entre 1997 y 2000 por «Pastoral americana», «Me casé con un comunista» y «La mancha humana») o «La conjura contra América» e «Indignación». Porque Roth, también, era y es una influencia más que palpable y admitida por más o menos jóvenes escritores como Jonathan Franzen, Nicole Krauss, Jonathan Safran Foer y Jonathan Lethem. Y no es casual que uno de los fenómenos de crítica de la actual temporada literaria en USA -«Asymmetry», de Lisa Halliday- no sólo emule algunos de sus procedimientos narrativos sino que, además, lo tenga, apenas enmascarado, como coprotagonista y otoñal amante de la joven heroína. Roth -se informó- habría sido novio maduro de Halliday. La novela, digámoslo, no está nada mal, aunque el morbo le ha ayudado así como que Roth -acaso encantado por ser retrato como alguien aún con todas sus facultades intactas- no haya dudado en recomendarla públicamente con un «Me ha clavado».

Ahí como siempre: la persona de Roth como la de uno de sus mejores personajes. Un puzzle fascinante (muy recomendable, como manual de instrucciones para armar y desarmar, es el estudio «Roth desencadenado», de Claudia Pierpont Roth -quien no es una ex- en Literatura Random House) donde los alter egos de Neil Klugman, Gabe Wallach, Alexander Portnoy (quien potenció hasta límites insospechados y fijó para siempre nuestra percepción del ente Madre Judía) y, muy especialmente, Nathan Zuckerman, David Kepesh y los Roth alternativos funcionan como espejos no deformantes, pero sí recreadores de su creador. Alguien no sólo muy preocupado por su país, sino por lo que se escribía fuera (Roth fue editor de una muy reveladora colección de narradores centroeuropeos) y más o menos involuntario motivo de escándalo y chismes por sus «problemas» tanto con rabinos muy ortodoxos que lo consideraban traidor con su tradición, feministas que lo entendían como el misógino definitivo, y sucesivas parejas fatales (entre ellas la actriz Claire Bloom, quien lo retrató en una impiadosa autobiografía) que ficcionalizó apenas en «Cuando ella era buena», en 1967, o «Mi vida como hombre», en 1974.

También allí, sus educadas escaramuzas críticas con John Updike (su competidor-contraparte wasp en la caza de la Gran Novela Americana, también absurdamente ignorado por el Nobel); su antipatía por el cine de Woody Allen y su amistad con Mia Farrow en tiempos complicados (ante rumores de que Roth había pulido la despechada memoir de la actriz, el cineasta se vengó parodiando con torpeza el universo rothiano en «Desmontando a Harry»); su disconformidad con su entrada en la Wikipedia; y su amistad con sus mayores que lo consideraban un igual a Saul Bellow y a Bernard Malamud en la escuela de «lo judío-americano», categoría que para él «no tiene ningún significado. Si no soy americano, no soy nada».

Gran escritor

Roth fue mucho y acaso ahora -ante la incontestable evidencia de lo finiquitado- lo sea más; y quien firma estas líneas siempre fantaseó con un último bis/encore con un Roth yendo a Estocolmo a recibir su merecido y reactivando a Zuckerman para un último asalto.

Pocas veces hubo un «Gran Escritor» más gracioso, divertido e imposible de anticipar en las tramas que escogería para exponer sus inmensas ideas. Lo que no impidió qué el no tuviese algo de adivino en lo que hace a los giros en falso de su centrífugo país, las idas y vueltas de la en ocasiones más que impotente poderosa psique masculina e, incluso, los diferentes stages de su juguetona carrera.

En «La contravida» -de 1986, acaso la más admirable y lograda de todas sus maniobras metaficcionales-, Nathan Zuckerman muere fulminado por un ataque cardíaco para «resucitar» páginas más tarde como si nada hubiese sucedido. No ha sido ni es el caso ahora. Pero también es cierto que Roth revivirá una y otra vez cada vez que se abra uno de sus libros y se lean cosas como: «Había aprendido la peor lección que la vida puede enseñarte: que no tiene ningún sentido» y «la vida es ese breve período en el que estás vivo».

Para volverla comprensible, para prolongarla, leer y releer a Roth y a Zuckerman y a Kepesh y a tantos otros suyos.

Goodbye, Roth.

Hello, Roth.