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Viajes / por carreteras secundarias

«Déjate desas sandeces –dijo don Quijote-, y vamos con pie derecho a entrarnos en nuestro lugar»

Llega un momento en que el viaje se estanca, que los ojos dejan de ver, que el cernedor de las emociones se satura. Llega un momento en que hay que regresar

Día 30/08/2012 - 11.50h

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Llega un momento en que el viaje se estanca, que los ojos dejan de ver, que el cernedor de las emociones se satura. Llega un momento en que hay que regresar. Hoy empezamos a orientar la brújula hacia Madrid. Ya va siendo hora. Salimos del balneario de Chulilla después de haber tomado café en la plaza de la Baronía de Chulilla, otorgada por el rey Jaime I en el año 1274, de espiar las conversaciones de los vecinos. Vamos bordeando el Turia por una carretera entre peñascos y hoces, literalmente arrancada a la montaña centímetro a centímetro, con quitamiedos de piedra encalada. Pasamos Sot de Chera, escondida en la garganta, sin otra vía de entrada o de salida que esta carretera de montaña. Un lugar para quienes no sufran de claustrofobia y sepan acomodarse a los ritmos de la vida un pueblo alejado de los grandes nudos de comunicaciones, del ruido que hace el mundo. La pista se estrecha por momentos. Pero cuando alzamos la vista, reconocemos los paisajes de Duelo en Alta Sierra. Almería, Murcia, Alicante, Castellón y Valencia (sobre todo tierra adentro) parecen un anticipo de los escenarios del Far West, con sus balconadas de roca, sus cerros, vaguadas, gargantas y desfiladeros, idóneos para emboscadas y aventuras épicas. Pero a nosotros nos ha faltado una industria capaz de convertir el paisaje en epopeya, una sintaxis seductora de nuestra propia lucha por el lugar y la vida.

Es esta CV-395 una de las más hermosas rutas del viaje –y no son precisamente pocas las que llevamos atesoradas-, tal vez porque será la última, porque dejamos las sierras y los taludes vertiginosos, porque volvemos a la civilización, a la rutina, vamos hacia Madrid, que empezamos a añorar como animales de costumbres incorregibles que en realidad somos. Tocamos el haz de un valle recóndito y en cuanto empezamos a anotar unas matas de adelfas, unos olivos, una huerta amable, ya hay que volver a empinar el morro del auto y dejar que su motor, incansable, sin el mejor quejío, nos vuelva a sacar de aquí: enfila otro puerto, la carretera vuelve a reptar, y nosotros con ella. Aunque apenas hay tráfico, las curvas son tan cerradas (huellas de las máquinas que arañaron la roca viva) que hay que tocar el claxon. Para que la sorpresa de unos o de otros no nos acabe llevando a hacer un tirabuzón sobre el brocal del quitamiedos. Así desembocamos en Chera, que ya disfruta de amplias tierras de labranza y huertos donde los frutales son una bendición, tierra roja y espacio, el cementerio presidiendo la vida, y una senda de cipreses entre la iglesia y el camposanto, entre la ciudad y la memoria: un caminito que desde lejos parece evidente al viajero, pero cuya rectitud se pierde en cuanto se echa pie a tierra y se recuerda cuán necesario es el humor al leer en la última medianera del pueblo, en grandes caracteres negros: “HOY NO HAY PAELLA, disculpen las molestias”.

Tratamos de sortear Requena para enlazar con las dos nacionales en uve (la N-322 y la N-430) que han de llevarnos a Albacete y Tomelloso, pero todo está pensado para que te abraces a la autovía y no la dejes. Todas las señales están a su merced, le rinden pleitesía. Hay que hacer constantes deducciones, inducciones e interpretaciones de los mapas y de las indicaciones a la orilla de la vía, lo que da lugar a frecuentes discusiones y desencuentros entre conductor y copiloto, entre marido y mujer, novios y amantes. Doy fe. Pero nuestra perseverancia obtuvo su recompensa: otra carreterita bien trazada, entre viñedos, y pinos en los que dejarse llevar por evocaciones, a veces dulces, a veces tristes, como las de quienes fueron arrebatados por una de las formas más absurdas de irse de aquí, por culpa de un accidente de tráfico, como les ocurrió a cuatro figuras que siempre nos están acompañando: Camus, Martín-Santos, Barthes, Sebald

Vamos por una carreterita que dialoga todo el tiempo, casi socráticamente –aunque no hay que exagerar: estamos en manos de una máquina que hace que el trabajo de moverse de un lugar a otro sea coser y cantar- con el campo. En contraste con las últimas generaciones de autopistas y autovías, las antiguas carreteras nacionales parecen hoy el último soplo de vida, el tejido de los pueblos, la sangre de lugares que no se han deshumanizado por completo. ¿Pero no quedamos en que pueblo pequeño, infierno grande? Es la hora de comer, y nos vamos quedando solos. Entramos en Castilla-La Mancha por Albacete. No nos desviamos esta vez a Casas de Ver porque ya no vamos sobrados de tiempo para hacer indagaciones. Ni siquiera acerca de los orígenes de Iniesta en Fuentealbilla.

Hacia Albacete. Como era de esperar, dada la crudeza del sol en estas horas, la capital de estas llanuras acentúa su condición de espejismo, de deseo de ser ciudad. ¿Cómo no va a reverberar el mundo aquí? Calor, planicie, horizonte sin límites, canícula, soledad, monotonía. Hay que parar si no queremos acabar en la cuneta. ¿Qué mejor sitio que hacerlo en un lugar llamado Barrax y ante un restaurante que se llama El Cruce? No es tiempo de gazpachos manchegos, pero la nostalgia es persuasiva, y Paco, el camarero que nos atiende, hace todo lo contrario que los propietario de Casa Anselmo (en Losa del Obispo) o La Rueda (de Chulilla), donde perdieron a dos clientes que llegaban bien dispuestos a celebrar sus cualidades y se encontraron con la codicia de quien queriendo ganarlo todo hoy lo pierden para mañana.

Vale la pena aguantar la jitanjáfora del estómago y esperar hasta dar con Barrax y El Cruce en La Mancha, dejarse aconsejar. Le cobrarán lo que coma, y ni un maravedí más, le harán los honores con la justa elocuencia y sin zalemas ni ringorrangos. Se come bien, como comen los obreros y los camioneros que siempre vuelven donde saben que el mesonero es de fiar, y el de El Cruce lo es a carta cabal. Vuelve uno contento a la ruta, dispuesto a comerse la canícula, que en La Mancha la siesta es sagrada para muchos cristianos y más cuando el calendario gregoriano dice que es agosto y no está uno para herejías protestantes y mucho menos mahometanas. Poco después de Munera nos desviamos por la CM-400. Los campos amarillean bien aquí, y los olivos y las encinas se lo hacen notar a quien lo quiera ver. Cuando el cartel anuncia Ciudad Real también leemos otro color de carretera y otro firme. Contra lo que cabría temer, la tarde no es de fuego, ni siquiera en Tomelloso.

“El caminante que se acerca a Tomelloso desde cualquier punto cardinal, comienza a verle leguas antes de pisar sus cascajales como un largo y blanco pañuelo tendido sobre la tierra parduzca y calcinada. Sobre la fúlgida cal de sus edificios, campea la torre prismática de la iglesia tostada, más bien chafarrota, humilde y sin imperio; y las delgadas chimeneas de las fábricas de alcohol, que deslían con mansedumbre de humo lento y rozagante, que repta unos momentos hacia el cielo, para enseguida, en invisibles vedijas, fundirse con el tono azul del cielo de la Mancha”. Este prólogo al gran poblachón manchego –este sí, que no Madrid- se le debe a Francisco García Pavón y su Historia de Tomelloso. Conocí al padre de Plinio, un insólito detective rural que merecería mucho más renombre ahora que la novela negra se ha convertido en la mejor radiografía moral de lo que nos pasa (el crimen en todas sus variantes, desde el económico al político pasando por el de toda la vida), cuando estaba más del lado de allá que del de acá de la existencia. Frágil y transparente, sus clases en la Real Escuela de Arte Dramático de Madrid, en los deliciosos altillos del teatro Real (que compartíamos con las displicentes bailarinas y sus madres), eran sin embargo un ejemplo de algo que cada vez se estila menos: amor a la literatura.

A la literatura y a otros amores a menudo demasiado humanos ha entregado su vida quien nos hizo pensar en Tomelloso para que fuera nuestra última etapa de estas carreteras secundarias: el poeta Dionisio Cañas. Apenas le tratamos en Nueva York porque nuestros caminos se cruzaron tarde y porque decidió volverse a España (al mismo tiempo que nosotros) cuando un golpe la arrebató lo que más quería, y porque aunque nunca sospecóhó que iba a volver a encontrarse en Tomelloso como jamás había imaginado sí sabía que a pesar de haber pasado treinta años en Nueva York (“que no en América, que no en Estados Unidos”), aquel no era su lugar. Se siente nómada porque su familia lo fue. Su padre emigró primero a Asturias, donde se hizo minero, y después a Linares, donde ejerció el mismo oficio. Cuando tenía nueve años, la familia emigró al norte de Francia. En Lille y alrededores pasó Dionisio su adolescencia y el francés se convirtió en su segunda lengua. Hizo el liceo técnico en Francia, aunque ya entonces quería ser artista y estudió bellas artes por su cuenta. Vivió el mayo francés, aunque no en Paris, y no empezó a recuperar el español hasta los 19 o 20 años.

Pero empieza a declinar el día, uno de esos atardeceres manchegos de fines del verano en que el silencio que envuelve los campos, el rumor de las bombas de agua y el verde mate que van adquiriendo las viñas explica mejor que nada qué es lo que hizo que este manchego que no hace de la patria ninguna bandera empezara a regresar en los años ochenta y acabara comprándose un bombo. Los bombos son construcciones insólitas, circulares, para algunos con reminiscencias celtas o etruscas, que tiene algo de los chozos que vimos en las arribes del Duero, pero más grandes, más elegantes, más airosas. Construidas a fines del siglo XIX con la técnica de piedra seca, sin argamasa, al parecer fueron obra de campesinos sin formación en albañilería y mucho menos en arquitectura que aprovechando la mucha piedra (“hay casi más piedra que tierra, pero cuando cae la noche el rocío que la piedra atrae acaba siendo buena para la viña”) y la necesidad de quedarse durante días en los campos alejados de la casa levantaron estas sobrias construcciones manchegas que ahora admiramos asombrados. Sobre todo cuando desde su interior comprobamos con qué sabiduría han resuelto las bóvedas, y de qué modo las anchísimas paredes preservan del frío en el invierno y del calor en verano. Arriesga Dionisio que el bombo pudo ser también tombo, y que acaso fue ese su origen: tumba o enterramiento, y recuerda que en su Historia de Tomellos, García Pavón recoger la primera mención de Tomelloso como “tierra de muchas tumbas”. Y eso que su nombre, tan poco dado a las grandilocuencias patrióticas, es de lo más humilde: porque Tomelloso viene de tomillo.

Casi siempre sin ventanas, hay bombos de hasta tres cúpulas, como la de Dionisio, al parecer fruto de sucesivas ampliaciones. Para hacerse con ella se tuvo que comprar una viña porque entonces nadie los valoraba (“el tonto del bombo”, llegaron a decirle) y no se vendían por sí solos, de ahí que ahora su bombo esté rodeado de la viña que cultiva un familiar, y de los árboles que Dionisio ha ido plantando para hacer más amable su estancia en estos pagos solitarios. Dionisio no ha enjalbegado su bombo, como otros, porque entiende que eso es aberración, y no le quita la vegetación que cubre su techo, y que se llena de amapolas y otras flores silvestres en primavera. En el jardín trasero de su bombo, huerta interior, reposan las cenizas de sus seres más queridos, reposarán las suyas, y las de los animales que se han cruzado en su camino: los más recientes, los cadáveres de un zorro que encontró muerto y el de un conejo al que recogió de noche. Parecía que tenía una pata rota, lo llevó al veterinario, le hicieron radiografías y acabaron descubriendo que tenía una enfermedad degenerativa.

Fueron la curiosidad, el nomadismo y su pulsión artística las que acabaron haciendo que Dionisio Cañas aterrizara en Nueva York, donde hizo sus estudios universitarios: en el Hunter College y en la City University. Se especializó en literatura, se inició en la poesía y la performance (fue uno de los artífices, con otros vanguardistas, del grupo de intervención artística Estrujenbank), fraguó celebrados ensayos sobre la poesía latinoamericana y vivió, bebió, cantó y sobre todo amó todo lo que pudo.

Por un camino rural que se aleja de Tomelloso y se interna entre las viñas frescas, y que acentúa la extraña sensación de estar en un pueblo de Texas o Nuevo México, Dionisio destila sus recuerdos y la laboriosa búsqueda de un bombo. Vendió el piso que tenía en Madrid y se compró un bombo sin saber exactamente lo que compraba. Recuerda cuando llevó a su madre a que lo conociera (como es costumbre en estas tierras, la trata siempre de usted), ella rompió a llorar. Porque sin saberlo, en la inmensidad de los campos que rodean Tomelloso, Dionisio había comprado un bombo levantado al lado del que había sido de sus abuelos, el de los padres de su madre. “A la larga, poco a poco, hemos ido recuperando las tierras de la familia”. Con dos hermanos muertos y dos hermanas vivas (una padece síndrome de Down, vive con la madre en una residencia, y no deja de pintar: la casa de la calle de Manterola, que ha alquilado para escribir, está decorada con preciosos dibujos suyos), Dionisio evoca con devoción cómo su padre y su abuelo pasaron en ese bombo, en las tierras que lo rodeaban, gran parte de sus vidas trabajando, y en ese bombo pasa el poeta muchas noches pensando, contemplando las estrellas, escribiendo.

Ha escrito mucho Dionisio Cañas de lo vivido y lo bebido, de Nueva York y de Tomelloso, aunque ahora siente que se está produciendo un cambio en él. Escribe mucho, pero publica menos. No siente la menor urgencia. A la hora de pensar en un poema que refleje lo que siente por su lugar, por su pueblo, y lo que desde lejos sintió, nos recomienda “el de la higuera”, que reza así:

Bajo la higuera

Aquí han muerto mis abuelos,

en soledad he leído algunos libros

y en una noche de verano

también hice el amor.

Es cierto que bajo estas hojas

ásperas como los días

en que el mundo parece no tener sentido

he visto las primeras estrellas

y que a pesar del tierno terciopelo

y del oro que adornan las gargantas

prefiero el seco perfume de la higuera.

Los gatos se pasean por sus ramas

y los pájaros devoran cada año

el fruto negro que el árbol nos entrega

como un dulce y enlutado regalo

alegrándonos el paso de los días.

Alguna vez he llorado bajo esta higuera

porque he visto en su soledad la nuestra

y en las arrugas de su retorcido tronco

los tatuajes del tiempo.

En el delirio eléctrico de la borrachera

he vuelto a enamorarme en este patio

y he charlado con las hojas oscuras

mientras me vigilaba la luna de diciembre.

Aquí me ha visitado algún amigo muerto

y hemos hablado de Nueva York

y de este pueblo trapecista

que se sostiene entre un cielo cegador

y el vacío de las cuevas.

Como una flecha irreal he visto escrito

el día en que nací en esta casa

donde mis padres se amaron sin saber

que yo sería tan solo su torpe resultado.

Cuando en Manhattan pienso en ti,

vieja hermana de manos verdes,

siento que la vida siempre ha tenido razón,

que es el hombre quien hace su destino

y acepto esta temprana derrota del amor.

Tiene sentido que para su epitafio haya elegido Dionisio dos versos de un poeta americano que siempre le ha acompañado, Ezra Pound: “Dejemos hablar al viento / ése es el paraíso”. Pero lo dice mientras su rostro rezuma una paz, una serenidad que resultan nuevas en él. Parece otro Dionisio este que ha cumplido sesenta años y ha decidido reinventarse. Tras toda una vida dedicado a la literatura anglosajona y latina, lleva dos años aprendiendo árabe. Es todo un reto para él. Ya ha viajado en dos ocasiones a Egipto, donde ha vivido desde cerca “el entusiasmo y el miedo” ante la revolución, le han traducido y ha ofrecido recitales. Tiene previsto visitar Túnez y a Argelia. “He empezado a indagar en otras de mis raíces, las mediterráneas, las del mundo árabe, que hemos ignorado tanto. A los sesenta años empecé a buscar el entusiasmo por otro lado. Hay que ser puta o santo. Como ya fui puta, ahora intento ser santo. Estoy vivo de milagro. En Nueva York cometí todo tipo de excesos. Pero me siento muy sereno. Todas las noches lavo los platos antes de acostarme. Por si la muerte viene visitarme mientras duermo, para que encuentren la casa arreglada. Pero no me da miedo la muerte. Vivo cada día, y sin las ansiedades del pasado. En español soy un viejo, pero en árabe un niño”. Las nubes de la noche envuelven la luna de agosto en un paisaje que tiene mucho de romanticismo alemán, dice Dionisio mientras observa cómo está asistiendo “a la muerte de un paisaje”, el de las cepas hincadas en el suelo. Gracias a subvenciones de la Comunidad Europea, muchos campesinos manchegos están elevando artificialmente las cepas con soportes metálicos: “Para ahorrar mano de obra. Pero por culpa de eso, las uvas maduran antes y se adelanta la cosecha. No lo entiendo”. Como no entiende que empresas chinas y rusas hayan comprado por adelantado la cosecha de uva de los próximos tres años que no está comprometida con las bodegas consolidadas.

“Llanura. Soledad. Cielo. Sol. Pozo. Tomillo… Tomelloso nació entre el cero y el infinito. Se fundó a partir de su cero histórico –güerfana hijuela- y el infinito de sus campos liegos. Oloroso de humilde flora, ése fue su contorno, la pristinal carta puebla de sus primeros pasos en la vida”. Son palabras de otro ilustre escritor local, Eladio Cabañero, antepasado de Dionisio, que desde que se instaló de nuevo en el pueblo cultivó primero la relación basada en el alcohol, hasta que acabó agotado. Ha dejado por completo la bebida, y sin haberse retirado vive más despaciosamente. Toma nota mental de lo que escucha, no en vano ha sido ferviente estudioso de poetas en más de una lengua, que ahora quiere ampliar al árabe, y relata con ese suave entusiasmo entre infantil y adulto, una ingenuidad nada estudiada que le hace que quien le quiera le quiera mucho, las formas de protocolo que es estilan en Tomelloso cuando alguien se cruza con alguien en la calle, las distintas formas de saludo, qué se dice y qué se calla, y de qué manera.

Antes de abandonar Tomelloso recorremos con el poeta los puestos de una feria que todos los años intenta recrear cómo era el mercado en un pueblo de la Mancha. No es, ni mucho menos, un pastiche, como las ferias medievales que nos hemos encontrado en el camino. Aunque los vendedores se han vestido como sus padres y abuelos, los productos son de ahora, y tan maravillosos como los de la huerta de Marina Pérez, a quien llaman Blanquilla. Las antiguas serillas que servían para llevar la uva desbordan de sandías y melones que da gloria verla, aunque le disputan la codicia de los ojos los tomates, las patatas, las cebollas, las berenjenas. “Todo lo cultiva mi marido, yo lo vendo”. Celebra la gloria de esa huerta Martín Martínez, a quien todos conocen por Cuco, vendedor de lotería, que tuvo un pequeño papel en la serie de televisión dedicada a Plinio. A punto de encender un cigarrillo, se burla de la advertencia que reza en la cajetilla: “Dicen que fumar, mata. Pero como yo no tengo prisa, sigo fumando”. Cuco lleva 46 de sus 75 años vendiendo lotería, dice que cuando vuelven los que se fueron creen que “se han equivocado de pueblo”. Dicen que en Tomelloso sobran 5.000 viviendas, y que han caído bajo la fiebre del ladrillo y la piqueta algunas de las más hermosas casa que había. “Tomelloso ha cambiado como la noche y el día. Antes todas las casas eran de una planta. Antes te casabas y se moría el matrimonio de viejo. Ahora van de luna de miel y a la vuelta ya están cambiados”. Pero admite el Cuco que ha prosperado mucho: “Antes éramos una pedanía de Socuéllamos y ahora Socuéllamos depende de Tomelloso”. Cuenta que su apodo le viene de un abuelo que se encontró un cuco muerto, le quitó las plumas, lo puso a secar en la lona de un carro y se lo comió. Cucos y Grillos son dos de los grandes clanes de Tomelloso, no muy bien avenidos, aunque ha habido matrimonios mixtos. El sobrenombre de Dionisio es Pluma, y la historia remite a un tatarabuelo que era secretario del ayuntamiento que un día se hartó del oficio y tiró la pluma. No es el caso del autor de El fin de las razas felices o Corazón de perro.

Llega Alejandro Serna con una preciosa mula, de porte elegante, aunque algo nerviosa, “hija de hispano-bretona y burro catalán. Es la mula que se dan Castilla-La Mancha, de estructura fina, está hecha para el carro y para el arado”. Fue a él a quien se le ocurrió hace nueve años organizar este “mercado tradicional, nada de feria medieval”, recalca. Nacido en Tomelloso hace 64 años, regenta un bar junto al estadio Santiago Bernabéu, meca de tomellosinos en Madrid, pero sigue cultivando el campo. Nos recuerda a los maravillosos mercados de los grajeros que dos o tres veces por semana se montaban en muchos rincones de Nueva York, como Union Square, el nuestro, donde nos abastecíamos de tomates, patatas, huevos, fruta de la estación igual de sabrosos y ecológicos que los de Blanquilla. Pero mientras el de Tomelloso es una fiesta anual, cosa de ocio y de turismo, en los de Nueva York había una razón económica. Nos cruzamos con Beatriz, abogada de 24 años que trabaja en una compañía de seguros en Tomelloso, y Gloria, de 15, que va a empezar primero de bachillerato. Beatriz está segura de su belleza y de su lugar en el mundo. Beatriz, de momento, le sirve de contraste, para que su brillo sea mayor. Son madrinas de las fiestas de la patrona de Tomelloso, la Virgen de las Viñas, “traducción la catolicismo del antiguo culto greco-romano al dios del vino”. No lo dicen ellas, sino que lo corrobora Dionisio mientras avanzamos por la calle García Pavón, antes calle Mayor, antes del Charco, donde nació Dionisio. Nos paramos en la carnicería árabe donde Dionisio compra pan de aceite. Va a empezar a dar clases con el imam, que está en paro. Nos cruzamos con algunas mujeres vestidas a la manera musulmana, forman parte del nuevo paisaje de Tomelloso, que enlaza con su pasado remoto y completa la sensación, más de noche que de día, de encontrarnos en un pueblo netamente manchego y al mismo tiempo de trazo americano. Y no porque nuestro anfitrión haya pasado treinta años en Nueva York (“que no en Estados Unidos”), y que se cuida muy mucho de presumir. Si le preguntan, habla, pero ha sabido acomodarse al lugar donde nación sin dejar de ser el mismo, sin ser del toro otro. El cielo está muy cerca en Tomelloso, porque las calles se extienden campo adentro, y muchas calles no superan los dos pisos, y son largas y solitarias, sobre todo cuando la noche, se hace americana. Hablando de cielos, escribió Dionisio:

Cerca del cielo no se vive bien,

lo sé porque yo he vivido mucho tiempo

entre la tierra y el cielo.

Es mejor esta pequeña

parte de La Mancha

donde los pájaros del amanecer te llaman,

donde las hormigas hacen

sus propios caminos,

donde las arañas preparan

sus trampas sin perdón.

Cerca del cielo hay agujeros

tan negros como tu corazón,

cerca del cielo no se oyen las noticias

con sus charcos de sangre.

Se vive mal cerca del cielo.

No, yo no quiero estar cerca del cielo,

quiero estar aquí, recostado en la tierra,

oyendo su palpitación, su amor y su miseria,

esperando la floración de los almendros,

el dulce beso del escarabajo,

mirando hacia arriba para ver pasar las nubes,

para que cuando llueva

el agua limpie los recuerdos

de todos esos muertos

que nos miran desde el cielo,

y a quienes pido

que me dejen tranquilo,

lejos del cielo.

No se está de acuerdo o en desacuerdo con un poema. Claro que se puede estar de acuerdo o en desacuerdo, pero hay algo antes y después, mucho más importante. “El poema, como el arte, te toca o no te toca. Si tienes que explicarlo es que no funciona. Primero es la emoción”, dice Dionisio Cañas. Estando en desacuerdo con lo que dice del cielo, si lo que dice del cielo se refiere al cielo de Nueva York, porque yo, que también he vivido cerca del cielo en Nueva York, entre el cielo y el suelo, siento que el cielo de Tomelloso se puede tocar casi con los dedos, el poema me toca.

“Desde el principio sabía que en Nueva York estaba de paso”, dice el poeta, y tiene toda la lógica que haya titulado Lugar la antología de sus versos, que hace dos años publicó la editorial Hiperión. Cita con buen criterio el prologuista, Manuel Juliá, ‘El lugar del canto’, uno de los textos más elocuentes de uno de los libros más influyentes del poeta José Ángel Valente, Las palabras de la tribu, cuya primera edición –leída y anotada a lápiz- guarda celosamente Dionisio en una de sus dos casas de Tomelloso, la de la calle Manterola, que tiene algo de calle americana de Texas o Arizona, larga, y más bajo las luces espectrales de la noche, donde nos dio cobijo, y donde está poniendo en orden sus papeles. Dice Valente, y sus palabras las suscribe Dionisio porque se han convertido en una explicación de los pasos que ha ido dando por una vida que ha vivido apasionadamente en todos los sentidos: “El lugar no tiene representación porque su realidad y su representación no se diferencian. El lugar es el punto o el centro sobre el que se circunscribe el universo. La patria tiene límites o limita; el lugar, no. Por eso tal vez fuera necesario ser más lugareños y menos patriotas para fomentar la universalidad (…) La idea del retorno a lo nativo, tan importante para algunos románticos, está impregnada por un poderoso sentimiento de lugar o por una visión en que patria y lugar coinciden”. Finaliza Valente con una cita del Quijote, la misma que nos señaló Dionisio cuando volvíamos de su bombo en medio del campo y de la noche, a modo de perfecta explicación de su política, de sus sentimientos sobre el espacio, la patria, Tomelloso, su lugar en el mundo:

“Con estos pensamientos y deseos subieron una cuesta arriba, desde la cual descubrieron su aldea, la cual vida de Sancho, se hincó de rodillas y dijo:

–Abre los ojos, deseada patria, y mira que vuelve a ti Sancho Panza, tu hijo (…)

–Déjate desas sandeces –dijo don Quijote-, y vamos con pie derecho a entrar en nuestro lugar (…)

Con esto bajaron de la cuesta y se fueron a su pueblo”.

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