fotos: corina arranz
por carreteras secundarias

Donde el mundo se llama Celanova

Siempre pensé en desviarme a Celanova para seguir los pasos de quien con su Larga noche de piedra mejor cifró el invierno franquista y, sobre todo, los de un libro más citado que leído

alfonso armada
verín Actualizado:

Salimos de Tui con el fuego de San Telmo en la recámara por la primera auténtica carretera secundaria del viaje, la PO-404, que camino de Salvaterra do Miño, As Neves, Arbo, Crecente, Filgueira, Cortegada, Vilaflor y finamente nuestro destino, Celanova, va mutando en PO-510, PO-400, OU-801 y OU-531. Entre viñedos de albariño y condado, nos compadecemos del primer cadáver de la ruta (un erizo que no logró salvar la vía, a pesar de que está casi deshabitada de automóviles). Bordeamos la raia que sirve de frontera con Portugal, o país da saudade, al que algunas veces nos gustaría exiliarnos voluntariamente para asomarnos al desasosiego y el griterío español desde la melancolía existencial lusa. Entramos en Vide atraídos por un campanario y por un cementerio entre maizales y viñedos: la vida y la muerte, que en Galicia se dan la mano con mucha más fruición con la certeza metafísica que dan las nieblas.

Llegar a una ciudad desconocida es como llamar a una puerta en una noche oscura, aunque el sol derrita el cielo de Orense (Aquae urentes: aguas ardientes. Warmsee: del suevo, “lago caliente”) y Celanova se muestre aparentemente tal cual ante los ojos del que desemboca en la plaza mayor y se da de bruces con una pieza notable del barroco gallego, el antiguo monasterio benedictino, cárcel, instituto, casa consistorial... Pero siempre lo hacemos con nuestros prejuicios a cuestas. No seré una excepción. Desde que en la librería Follas Novas de Compostela comprara la primera edición de Longa noite de pedra, el poemario de Celso Emilio Ferreiro, uno de los dos grandes poetas del país (heredero de Curros Enríquez, otra gloria local, huerta de inmortales), siempre pensé en desviarme a Celanova para seguir los pasos de quien con su Larga noche de piedra mejor cifró el invierno franquista y sobre todo los de un libro más citado que leído: Onde o mundo se chama Celanova (Donde el mundo se llama…).

Cuando murió el vate, Camilo José Cela dijo de Celso Emilio, como le conocían entendidos y devotos, que “siempre llamó a las cosas por su nombre y que jamás cedió ante nada y ante nadie”. ¿Se refería al poeta o hablaba el lenguaraz y futuro premio Nobel de sí mismo? Tal vez de ambos. Es casualidad que llamemos a las puertas de Celanova precisamente el año en que se celebra el centenario de su nacimiento. Aunque se lo pensó y estuvo en un tris, a diferencia de Celso Emilio y de muchos otros vecinos, Odilo Sousa Tesouro no buscó fortuna en Venezuela ni en ninguna otra parte del mundo ancho y ajeno. Nació, estudió, se casó, crió a una familia (seis hijos: repartidos entre Celanova –cuatro-, Orense –1— y Newark –1—), trabajó, se jubiló y, cuando le llegue la hora, se despedirá de esta vida en la misma casa que le vio nacer y que acabó comprando.

Nacido en 1936 (“un mal año”), su infancia fue feliz (“un chiquillo no ve nada”), y más si son recuerdos de haber saltado todas las tapias y, como un diablo cojuelo, haber recorrido (y acaso levantado) todos los tejados, como los del monasterio de San Salvador. “Era un mal estudiante”. Se puso a trabajar pronto, porque enfermó primero su madre, y luego su padre, y él se ocupó de cuidarlos primorosamente. Así se gana el cielo en Celanova y en Uganda. Se lo piensa antes de hablar con una sorna y un timbre que recuerdan a José Jiménez Lozano este antiguo comerciante de tejidos que heredó el negocio de su padre y acabó descubriendo cuando fue bancario (que no banquero) que ellos son “como los políticos… y los periodistas, los principales responsables de su mala fama”. Confiesa que entró en un banco gallego con unas ideas y salió con otras. No parece anarquista cuando afirma que “el sistema es un engaño”. Es tan cauto como elegante Odilo, a quien todos conocen por Lilo en Celanova, cuando habla de Celso Emilio: “No soy partidario”. Porque le conoció y trató a su familia (“su hermana fue mi catequista”) y le conoció soberbias en el andar y “maledicencias” en algunos de los libros que escribió el poeta que le malquistaron tanto con la persona como con el escritor (que son los escritores –como todo hijo de vecino— a veces de una pieza y a veces Janos de al menos dos caras): “Era impopular por la prepotencia”, y ahí lo dejamos, que Odilo nos pidió que fuéramos ecuánimes y los poetas, al igual que los políticos, los banqueros y los periodistas y todo hijo de Dios, tienen partidarios y todo lo contrario. Como tantos otros sitios, “esto ya no es lo que era. De enclave comercial de toda la comarca, donde la gente se relacionaba con la gente, ahora cada uno va a lo suyo”. También donde el mundo se llama Celanova. Nos despedimos donde le conocimos, en el café Plaza, cliente de toda la vida, después de que nuestro guía particular (abuelo de Aleixa, prima de Moncho Veloso, alumno del Máster de ABC, redactor de la sección de economía de este diario) nos enseñara donde se refrescan los vecinos de los calores orensanos (en las aguas frías de una playa fluvial en el río Orille: la piscina junto al maizal) y la joya de escondida en el jardín del monasterio de San Salvador: la capilla mozárabe de San Miguel, construida en el año del Señor de 942, por tanto, una de las más antiguas de España, con los frescos perdidos por un abad que le echó cal al asunto.

La luz empieza a matizarse al atardecer, cuando el verano se hace tolerable porque los seres y las cosas recuperan su forma, es decir, su esencia. Llegamos a Xinzo da Lima por la OU-531. Descubrimos una bicicleta apoyada en una paca de paja prensada. Como no hay rastro del segador, el artefacto se convierte en una cita surrealista en medio del campo dorado. Nos reciben dos hileras de altos y frondosos plátanos, que enseguida dan paso a una vía central con los mismos árboles capados, sombra triste de lo que podían haber sido si les hubieran dejado y no sometido a esas podas criminales que practican en España tantos ayuntamientos. Al salir, porque la villa, pese al ajetreo en la calle, no invita a quedarse, enlazamos con la Nacional 525. No hallamos acomodo en Viladerrei, con su aspecto de Far West que nos atraía. Bajamos hacia Verín con el frescor del anochecer y Joni Mitchell dando lo mejor de sí en Both sides now, y por culpa del cansancio y de la noche acabamos pagando por dormir en un hotel de nombre Gallego, un lugar al que no volver jamás.