POR CARRETERAS SECUNDARIAS

El fuego de San Telmo

Por carreteras secundarias y sin prisas se llega a lugares que ni siquiera sospechabas que existieran y mucho menos que pudieras querer ir. Hoy arrancamos en Tui, al pie del Miño (Pontevedra)

ALFONSO ARMADA
tui Actualizado:

Añoramos el viaje con la misma intensidad que Cees Noteboom, un viajero empedernido, harto de que le pregunten siempre de qué huye. Cuando viaja es cuando más «está en sí mismo». El escritor holandés, que ha hecho del viaje una forma de estar en el mundo, cree que «quien huye de la realidad es aquel que se queda en casa, sometido a la rutina de la vida diaria, porque no puede soportar la amarga sabiduría que proporciona el viaje».

Con ese espíritu volvemos a la carretera, al viaje que interrumpimos bruscamente hace ahora un año por razones que no vienen al caso. El verano de 2011, cuando no sabíamos que el futuro venía encajonado entre paredes cortadas a pico y que la realidad iba a saber a estopa, empezamos nuestro periplo Por carreteras secundarias en la Sierra Pobre de Madrid, descubrimos que no es fácil ser pájaro, que los nacimientos de los ríos están sobrevalorados y bebimos el origen del español en San Millán de la Cogolla antes de dejar hablar al viento en O Courel.

corina arranz
corina arranz

Por eso, doce meses después, retomamos la ruta con las mismas condiciones: recorrer palmo a palmo una España que tal vez alumbre nuestra precariedad contemporánea desde pueblos que no suelen asomarse a los periódicos. Arrancamos en Tui, al pie del Miño (Minius, así bautizado por el bermellón y el cinabrio hallado en sus proximidades), porque está en la frontera con Portugal, porque en Galicia terminó la primera parte de esta historia y porque sí. La nieta de un fotógrafo, una anciana, baja canturreando las cuestas que dan a La Marina, que es como aquí llaman a la orilla del río. Sin buscarla, por calles y casas de piedra labrada por canteros primorosos, nos damos de bruces con la Capilla de San Telmo, edificada en estilo barroco portugués sobre la casa donde murió el santo dominico en el siglo XIII.

Pero las reliquias del patrón de Tui y de los navegantes reposan en la almenada catedral, junto a un exquisito claustro con agapantos blancos. Recuerda un antepasado ilustre de Cees Noteboom, el viajero inglés Richard Ford, que a mediados del XIX descubrió «este feliz rincón de Galicia», una «zona que la Providencia ha bendecido y el hombre ha ignorado», que en vida tenía san Telmo la habilidad «de caminar sobre las aguas manteniendo el calzado seco. Aparece en medio de las tormentas en la parte superior de una llama que brilla con luz tenue (lucida sidera), como señal de que los vientos cesarán. Debido a ello, los marineros españoles, cuando el viento comienza a arreciar, se lanzan a rezarle oraciones, en vez de arriar las gavias y acortar velas (...) Como por lo general aparece cuando el daño ya ha sido hecho, su ayuda sobrenatural es asociada con los habituales socorros de España».

¿No será el momento de dejar de esperar ayuda de santos como Telmo y de banqueros alemanes y de ponernos a arriar las velas y a remar? En Tui suenan campanas a todas horas. Nos despedimos de la villa fronteriza, en lenta decadencia como entonces, en la estación de ferrocarril, donde escasean los convoyes, un camión descarga eucaliptos y mi amigo Pepe Sobrino, que vivió como periodista momentos estelares de la ONU, fue el niño más feliz del mundo despidiendo trenes.