François Boulo, portavoz de los chalecos amarillos de Rouen, durante un debate el pasado enero
François Boulo, portavoz de los chalecos amarillos de Rouen, durante un debate el pasado enero - ABC

François Boulo, portavoz de los chalecos amarillos: «El objetivo es acabar con la presidencia de Macron»

El joven abogado, de 32 años, se ha convertido en una de las voces más mediáticas y con mayor aceptación del movimiento

MadridActualizado:

Si atendemos a lo que dicen los medios franceses de él, François Boulo (Louviers, 1986), un abogado de 32 años y portavoz de los chalecos amarillos de Ruán, una ciudad del norte de Francia, es un joven con «aspecto sabio de contable» (Libération) o de «primero de la clase» (Ouest France) que lleva unas «pequeñas gafas redondas de carey» y anuda «dócilmente» su bufanda al cuello (Le Parisien). Las observaciones sobre su indumentaria y «modales» resultan sorprendentes, porque prueban que en la ropa y las formas se buscan todavía las pruebas para sentenciar la ideología de un individuo. Siguiendo esa lógica, que un hombre de su situación salga a la calle y participe en las protestas supondría una novedad que roza la extravagacia. Él considera que su activismo es el resultado consecuente de los valores en los que fue educado.

Con unos 87.000 seguidores en su página de la red social Facebook, sus múltiples intervenciones televisivas subidas a YouTube y el respaldo que suscitan sus publicaciones en Twitter, Boulo se está convirtiendo en uno de los portavoces más populares y queridos por los chalecos amarillos, que agradecen que un hombre con estudios universitarios y verbo capaz haya puesto sus conocimientos al servicio de su lucha. Hace unos días, Éric Drouet, la cara más visible de la protesta, propuso que el joven se convirtiera en su representante oficial. El abogado, por ahora, no quiere dar un paso al frente, aunque simpatías no le faltan. «Competente» es el adjetivo que más le dispensan los miembros de la movilización. Otros le aplauden por su «integridad». Da la impresión de que sus ideas son ajenas al radicalismo. Pensadores como Chantal Mouffe (extrema izquierda) o Alain de Benoist (extrema derecha) han mostrado su querencia por los chalecos amarillos. Boulo parece más cómodo en el ámbito de la «gaullismo social», un término algo difuso y sobre el que ABC le pregunta, por teléfono, en esta entrevista.

En varios medios, usted ha explicado que se educó en un ambiente de «gaullismo social». ¿Me puede explicar en qué consiste eso y cómo le ha marcado?

Vengo de un ambiente de derecha popular. No procedo de una familia burguesa. Mis padres no tienen ni el bachillerato ni estudios superiores. Han conseguido salir adelante gracias al trabajo, el mérito y la valentía. No siento desprecio de clase. No sé lo que es. Me han enseñado que si se trabaja tiene que haber recompensa. Son mis valores. Sin embargo, constato que hoy en día se puede trabajar pero no ser recompensado. Hay muchas desigualdades creadas por el sistema, por unas reglas del juego que están trucadas. Hay gente que trabaja y pierde, y hay gente que, por su medio social, lo consigue todo sin merecerlo ni trabajar.

Ha mencionado el «desprecio de clase». Muchos chalecos amarillos dicen sentirse «despreciados» por las élites políticas. ¿Cree que los críticos con el movimiento están imbuidos de ese sentimiento?

Las clases populares y medias de Francia se han unido, se han federado en el seno del movimiento. Por eso, el 75% de la población lo ha abrazado. El «bloque burgués», que conforma el 20-25% de las sociedad, es el que está en contra de las protestas y tiene una opinión favorable del presidente Macron. No todos son ultrarricos, también hay gente de clase media. Personas que ganan 3.000 o 4.000 euros al mes, pero que se consideran más cerca de la alta burguesía que del resto de la población. El «bloque burgués» siente desprecio de clase y considera que los chalecos amarillos son gente analfabeta, pobre e iletrada, y que no trabaja. Pero no es así. Los chalecos amarillos son personas que trabajan pero que creen que la situación está mal, porque a pesar de su esfuerzo no llegan a final de mes o pagan muchos impuestos, sin comprender para qué sirven, porque no hay contrapartida.

En las manifestaciones, no es extraño ver banderas de Francia y escuchar cómo se canta La Marsellesa. ¿Hay un componente patriótico en las movilizaciones?

Por supuesto. El pueblo francés se ha levantado y revolucionado. Se habla del patriotismo francés por el nexo de la movilización con Francia, pero también con los valores universales del país. La gente reclama el emblema: libertad, igualdad y fraternidad. Los franceses están orgullosos de su país porque defienden valores universales que se pueden aplicar en todo el mundo.

¿Cree que hay algún precedente de una movilización de este tipo en la historia de Francia?

No lo sé. No creo que podamos comparar acontecimientos históricos. Lo que es seguro es que, en la cabeza de la gente, la referencia es 1789, porque piensan que hemos vuelto al sistema de privilegios, con una clase que se beneficia de la impunidad, que comete infracciones y que nunca es condenada, y, cuando lo es, es con una pena miserable.

[Sería inocente pensar que el «apartidismo» de los chalecos amarillos implique realmente ausencia de ideología. Otra cosa es que resulte difícil definirla o que no constituya un bloque compacto y homogéneo. Desde luego, parece que hay de todo. Hace unos días, por ejemplo, se supo que Benjamin Chauchy, uno exportavoz del movimiento, se unía a las filas de Debout la France, el partido de Nicolas Dupont-Aignan, situado en la órbita de la derecha radical. Jerôme Rodrigues, convertido en símbolo de las protestas después de que una pelota de goma disparada por la policía le arrancara un ojo, ha contado, para explicarse a sí mismo, que es hijo de un comunista francés y de una portuguesa católica sin simpatías por la estrella roja: «Comunista por el lado francés, católico y en absoluto comunista por el portugués. No voto comunista. He sido educado en el respeto de unos y otros» (Le Journal de Saône-Loire).]

¿Cuál es la ideología de los chalecos amarillos?

La ideología es simple. Hay dos reivindicaciones. La primera, instalar la democracia directa, el referéndum de ciudadanía. La segunda, que la política se dirija al interés del 90 por ciento de la población, y no solo de los más ricos.

El movimiento, ¿es cercano a algún partido político?

No. El movimiento quiere ser apolítico, sin partidos.

¿Cree que los chalecos amarillos pueden constituir un partido político?

Puede ser. No sabemos lo que pasará en el futuro. Esa cuestión tiene que ser debatida. Lo que es seguro es que el movimiento no quiere ir a las elecciones europeas.

[La declaración de Rodrigues resume la dificultad para ubicar a los chalecos amarillos en la derecha o la izquierda. Lo que sí parece claro es su rechazo frontal a Emmanuel Macron. Muchos miembros del movimiento reprochan al mandatario ser el «el presidente de los ricos», vivir alejado de la realidad y del día a día de los más pobres. Algunas actuaciones de Macron, como cuando espetó a un hombre sin empleo que, cruzando la calle, conseguiría encontrale un trabajo, solo han alimentado este rechazo, que Boulo explica así.]

¿Por qué han comenzado las protestas? ¿Qué análisis hace usted del movimiento?

Pronostiqué que las calles iban a protestar cuando Macron fuera elegido. Ocurrió un poco más tarde de lo previsto, pero sabía que, con la política injusta que iba a llevar a cabo, la respuesta no tardaría en llegar. Me di cuenta de que con sus formas, con la arrogancia y el desprecio que muestra hacia los franceses, despertaría el enfado, y surgiría un movimiento de contestación importante. Si se analiza el movimiento de los chalecos amarillos, hay dos categorías: primero, los modestos. Los modestos son los que no tienen trabajo o los que no llegan a final de mes con él. Los que sobreviven y tienen problemas para llenar el frigorífico. También está la clase media, en sentido amplio, que sostiene sobre sus hombros todos los impuestos, sin comprender para qué pagan tanto, ya que todos los servicios del país se están derrumbando: la policía, la sanidad, la educación y la justicia.

¿En qué consiste su crítica al macronismo?

Macron va por un camino que lleva más lejos la política neoliberal que se aplica desde hace años. No me gusta utilizar el término ideología neoliberal, porque la mayoría de la gente no entiende lo que es. Prefiero hablar de la dictadura de los ultrarricos. Las reglas están hechas a su favor. Cuando no hay reglas, también está todo a su favor. Macron ha concedido beneficios fiscales al 1 por ciento de los más ricos. Como ha dado tanto a los que tienen, rompe los servicios públicos, precariza a los trabajadores más frágiles o privatiza los bienes esenciales de la nación, como el aeropuerto de París. No hace una política en interés del pueblo, sino de los privilegiados. Esta es la crítica principal. Por otro lado, Macron desprecia a la gente, la insulta, le dice que no saben hacer nada, que no tienen sentido del esfuerzo, que son unos analfabetos...

Si finalmente los chalecos amarillos formasen un partido político, ¿le gustaría liderarlo?

No lo sé. No tengo ni idea. Honestamente, es duro responder a esa pregunta. Por el momento, nuestra voluntad es parar el quinquenio, para lograr que Macron no haga más reformas negativas. Luego, ya veremos.