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Palmira, la ciudad de la reina Zenobia

Patrimonio de la Humanidad desde 1980, este enclave histórico ha sido tomado por el Estado Islámico, que ya ha destruido joyas arqueológicas irrecuperables

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En medio de un infinito desierto aparecía, como si fuera un espejismo, un oasis que invitaba a descansar a los viajeros. Era la ciudad de Palmira. Situada a 215 kilómetros de Damasco, y a la misma distancia entre el Mediterráneo y el Eúfrates, este enclave sació la sed de su tierra gracias a fuentes subterráneas, convirtiéndose en un oasis y en punto de encuentro de comerciantes cuyas caravanas transitaban desde el Mediterráneo a la ciudad de Emesa (la actual Homs).

Gracias al comercio -estaba situada en la Ruta de la Seda-, a sus múltiples influencias culturales, árabe, helenística, persa, romana, Palmira se convirtió en uno de los más importantes estados de la Península Arábiga durante la Antigüedad

Fundada, se cree, 2.000 años antes de Cristo, fue conquistada por Alejandro Magno en el siglo IV a. de C. En el siglo I se convirtió en una provincia romana, con Antioquía como capital. Su florecimiento llegaría durante este periodo y como consecuencia de la decadencia de la ciudad nabatea de Petra.

Tras la captura en el año 260 d. de C. del emperador romano Valeriano, en la guerra contra los sasánidas, Palmira defendió las fronteras bajo el mando del gobernador Septimio Odenato. Asesinado en 267, su viuda Zenobia, en nombre de su hijo Vabalato, estableció en Palmira la capital de un reino que extendió por Siria y el Líbano. La resistencia de la reina la convirtió en una figura mítima. Mantuvo su independencia durante cuatro años frente al acoso de Roma, consiguiendo extender su área de influencia hasta Egipto.

Pero su reinado fue efímero. Derrotada y hecha cautiva por el emperador romano Aureliano, quien la hizo tirar de un carro encadenada con cadenas de oro durante su marcha triunfal, fue después perdonada, retirándose a una villa en Tibur. Tras una segunda revuelta de sus habitantes, Palmira fue arrasada en el 273.

Amenazada por la guerra y el yihadismo

Hasta hace tres años, cuando comenzó la guerra civil en Siria, Palmira era un importante foco de interés para el turismo, atraído por su rica historia y por la calificación de Patrimonio de la Humanidad que le otorgó la Unesco en 1980. «El oasis de Palmira alberga las ruinas monumentales de una gran ciudad que fue uno de los centros culturales más importantes de la Antigüedad. Sometidas a la influencia de diversas civilizaciones, la arquitectura y las artes de Palmira fusionaron en los siglos I y II las técnicas grecorromanas con las tradiciones artísticas autóctonas y persas», explica en su web la organización. El conflicto bélico en el país, obligó a la Unesco a incluir Palmira en la lista de monumentos en peligro (en la que se encuentran también Alepo, Damasco, Bosra y el Castillo del Crac de los Caballeros, entre otros).

Destacan dentro de la ciudad de Palmira monumentos como el Santuario de Bél, la divinidad suprema, asimilada luego a Zeus por griegos y romanos, que está situado al final de una columnata de 1,2 kilómetros de extensión. Entre los templos también están -o estaban- el Santuario de Nebo, dios de los oráculos, de la sabiduría y de la escritura; y el Santuario de Baalshamín, de origen cananeo, vinculado con la lluvia, la tempestd y la fertilidad.

Entre los edifcios laicos, la ciudad de Palmira conservaba un teatro romano, que comenzó a ser restaurado en 1950 y cuyos trabajos concluyeron en 1990; la necrópoli, unas termas atribuidas a Diocleciano, así como los restos de un campo militar, y el castillo árabe en una zona más elevada. Cerca de la ciudad moderna se encuentra el Museo Arqueológico, inaugurado en 1961.

Hoy, la supervivencia de sus restos históricos corre peligro. Si hasta ahora la amenaza la representaban los enfrentamientos entre el Ejército sirio y los opositores, en estos momentos se torna sobre ella la de Estado Islámico que, en su expansión del califato, ha logrado entrar y hacerse con la ciudad donde un día reinó Zenobia. Los yihadistas probablemente destruirán este impresionante lugar, algo que ya ha hecho con otras joyas del Patrimonio Mundial, como Hatra, el Museo de la Civilización de Mosul y la ciudad arqueológica asiria de Nimrud.