Un detalle de la fiesta de las uvas en la Puerta del Sol, durante las doce campanadas del 31 de diciembre de 1912 - Julio Duque / Vídeo: ¿Cuál es el origen de la tradición de las 12 uvas?

La verdad sobre las uvas de Nochevieja: esa costumbre que el pueblo le «robó» a la aristocracia hace un siglo

En los últimos años se difundió la falsa creencia de que esta tradición comenzó en 1909 para dar salida al excedente de la cosecha ese año

MadridActualizado:

Desde hace algunos años se ha intentado instaurar la creencia de que esta iniciativa partió de un grupo de viticultores alicantinos que quisieron dar salida al excedente de uva obtenido en la cosecha de 1909. Sin embargo, encontramos referencias a esta tradición en la prensa desde, al menos, la Nochevieja de 1895.

Por un artículo publicado en « La correspondencia de España» el 1 de enero de 1896, sabemos que ya se tomaron uvas en los círculos más poderosos, mientras cientos de miles de soldados se jugaban la vida en la Guerra de Cuba allende los mares: «A las doce en punto de la noche saludaron los ministros la entrada del nuevo año comiendo ricas uvas y bebiendo champagne, pronunciándose con este motivo entusiastas y patrióticos brindis por el general Martínez Campos, por el ejército que tan valientemente pelea en Cuba y por la pronta pacificación de la isla», podía leerse en el diario.

No se habla del número de uvas ni de si se las comieron con las campanadas de las doce, algo a lo que sí se hace referencia al año siguiente en « Gedeón». El semanario cita a otro periódico, del que no da el nombre, donde se dice que «es costumbre madrileña comer doce uvas al dar las doce horas en el reloj que separa el año saliente del entrante». Aunque después le corrige: «La costumbre no es madrileña, ni las uvas son doce, sino tres, por lo general». ¿Cuál está en los cierto? No llegamos a averiguarlo si atendemos a lo contando en la prensa aquellos días.

Luis Taboada

A lo que sí se refiere «El Imparcial», en un amplio artículo titulado « La uvas milagrosas» es mismo año, es a la buena fortuna que trae cumplir con el novedoso ritual. El texto, amplio en detalles, firmado por el famoso escritor, periodista y humorista Luis Taboada, dice así:

«Para obtener la dicha durante un año entero es preciso comer doce uvas el 31 de diciembre, al sonar la primera campanada de las doce de la noche. La baratura del artículo coloca el amuleto al alcance de todas las fortunas. Por consiguiente, son contadas las personas que dejan de verificar la sencilla y grata operación. Pero se ha observado que, con uvas y todo, hay seres a los que no llega la virtud de la medicina y lo primero que les sucede es caer en la cama, víctimas de un cólico. Después se llenan de granos y de todo tipo de calamidades. Los expertos en amuletos afirman que esto consiste en que no todos saben cómo se comen las uvas, que no basta con meterlas en la boca y tragarlas tranquilamente. Un hombre de la provincia de Huesca que estaba aquí de paso me decía: "No, señor. No todos saben comer uvas. Lo primero que hay que hacer es lavarlas. Después se colocan en fila sobre la mesa y, si esta tiene tapete de hule, mejor. A continuación se las va cogiendo una a una, y sin quitarles el rabillo se comen todas a la vez, inclinando la cabeza al lado derecho. Con esta sencilla operación se consigue un año de felicidades". Otros dicen que no hay tal cosa, que las uvas deben comerse de pie, una tras otra, sin respirar. Y que al tragar la última es preciso dar una vuelta de vals y después acostarse. En esto de las uvas se ven cosas muy raras. Un amigo muy supersticioso que ha escrito una obra sobre los sueños se come las uvas sentado en una silla, con la cabeza tapada y las piernas en cruz. Encima de las uvas bebe una disolución de caldo de puchero y extracto de regaliz. Y después se echa de bruces sobre la cama para que el líquido baje con lentitud. Y merced a esta operación, realizada con fe, mi amigo consigue mejorar de fortuna cada doce meses. [...]. No basta, pues, que se coman uvas el 31 de diciembre. Hay que saber cómo se comen y dónde, con qué dedos y en qué circunstancias. Lo que se debe hacer, según la opinión más generalizada, es procurar que las uvas sean buenas y se coman en buena compañía. Y después... después se echa uno el alma a la espalda y seguro que no sufre ninguna clase de sinsabores durante el año nuevo».

Un artículo publicado en «La Opinión de Tenerife» el 9 de enero de 1903, seis años antes de la famosa cosecha de los viticultores alicantinos, hablaba ya de las «doce uvas por barba». Una constatación de que la costumbre se había difundido al resto de España y había alcanzado las islas Canarias, por lo menos en lo que se refiere a la burguesía. «Nos disponemos a comerlas (una por cada campanada de las doce), en compañía de la dama con quien hayamos salido estrechados», explicaba.

La imagen de 1912

La imagen más antigua que se conserva de la multitud celebrando el año nuevo en la Puerta del Sol la encontramos en el archivo de ABC. Fue tomada en la Nochevieja de 1912 y en ella quedan perfectamente reflejadas la alegría, la emoción y el alboroto que cada año conforman el cuadro popular frente al reloj de la Casa de Correos de Madrid. Sin embargo, la primera mención en este periódico es de seis años antes, el 2 de enero de 1906, donde se aseguraba haber «observado mucho culto a la costumbre de comer doce uvas al dar las doce del último día y nacer el nuevo año. Según los apologistas del sistema, comiéndolas en ese preciso momento se augura la posesión de dinero».

La costumbre terminó por extenderse a las familias más modestas, que comenzaron a acudir a la Puerta del Sol para burlarse de la burguesía y su tradición supuestamente importada de Francia y Alemania. Así se explicaba en « La Ilustración española y americana», en un artículo publicado a comienzos de 1907 donde se reproduce una conversación entre el periodista y el entrevistado:

«—¿Tomó usted las doce uvas al dar las doce campanadas que anunciaban la entrada del año 1907?

—Si, señor. Y seguí tomando hasta sesenta. ¡Eran tan dulces y estaban tan fresquitas! Y a propósito de supersticiones, ¿no es admirable la rapidez con que se propagan? Hay escritores que llaman ya tradicional a una costumbre importada del extranjero hace muy pocos años por algunas familias aristócratas, y que fue acogida con burlona seriedad por la clase media y el pueblo. Los fruteros la aprovechan para revender uvas por docenas. Toda costumbre supersticiosa es productiva para los especuladores. Con el jugo de las uvas se han despedido los años en Madrid, para alegrarse de la tristeza natural que causa el hallar una cuenta menos en el rosario de la vida, que tiene pocos dieces».

Con el excedente de uva en la cosecha de 1909, los agricultores alicantinos dieron el impulso definitivo para convertir esa tradición elitista en todo un símbolo de España. Una tradición «robada» a la clases poderosas que, en la actualidad, nos lleva a consumir entre 1,5 y 2 millones de kilogramos de uvas cada 31 de diciembre.