¿Deberes? La cultura del esfuerzo y el hábito de estudio se trabajan

Opinión de Rafael M. Hernández Carrera, doctor en ciencias de la educación, director de Kumon en Andalucia y profesor de la Universidad Pablo de Olavide de Sevilla

MADRIDActualizado:

Habilidades como el hábito de estudio o la capacidad de concentración son cruciales para que el proceso de enseñanza-aprendizaje se produzca con éxito. Ambas se encuentran entre las actitudes necesarias que debe desarrollar un niño durante su infancia para que a lo largo de su adolescencia y adultez se consoliden. La falta de hábito de estudio es un clásico entre nuestros estudiantesdesde hace decenios.

Quizás a lo largo de los últimos años se ha visto amplificada debido a la irrupción de nuevos elementos potencialmente más atractivos que las actividades educativas, como son las plataformas de videojuegos, los ordenadores o las tablets, con los que antes no contaban nuestros niños. No me refiero al uso de estos dispositivos en las actividades de aprendizaje, que han aportado mucho, sino al uso de ellas solo para jugar a videojuegos sin intención educativa.

Una de las principales teorías de la motivación humana, con gran aplicación a la escuela, es la Teoría de la Necesidad de Logro de McClelland, que parte de la idea de que todas las personas tenemos una necesidad de logro, es decir, de tener éxito en las empresas que emprendemos y de alcanzar determinados niveles de excelencia.

En esta teoría se utiliza el éxito, el logro de los alumnos, como elemento motivador, pero claro, cuando no existe esfuerzo para conseguir el logro, es mucho menos motivador que cuando es fruto de un trabajo diario que requiere un esfuerzo. Por tanto es un poco la pescadilla que se muerde la cola, al no haber esfuerzo y no haber logro, la motivación es menor. No creo que sea una cuestión de inculcar u obligar a los niños a la cultura del esfuerzo, sino de crear escenarios y experiencias que permitan que disfruten del placer del logro que subsigue al esfuerzo sostenido en el tiempo. En este sentido, es fundamental romper la dinámica mental instaurada en algunos niños y jóvenes de que no hacer nada y no esforzarse tiene las mismas consecuencias que sí hacerlo.

En educación, hablamos del proceso de enseñanza-aprendizaje como un proceso unitario, ya que es imposible que se produzca enseñanza si no hay aprendizaje.

Quizás la metodología más adecuada para que los alumnos aprendan es la operativa y participativa, es decir, aquella que se basa en la actividad (operatio en latín significa actividad), en la actuación y participación del alumno por medio de la realización de actividades. Dentro de las actividades que se realizan en la educación, se distinguen principalmente dos tipos: las actividades de enseñanza, que las realiza el profesor, y las actividades de aprendizaje, que las realiza el alumno.

Por tanto, yo no lo llamaría deberes, sino actividades. Muchas de esas actividades implican la reflexión y la maduración de conocimientos, destrezas y actitudes, lo cual necesita tiempo. En otras palabras, comprender e integrar dentro del esquema conceptual de un niño alguna abstracción requiere que, en ocasiones, se enfrente él solo a un problema o a un concepto, transcurridas unas horas o unos días desde que el profesor lo explicase. Otras veces hay técnicas didácticas que exigen que el niño haga cosas fuera del horario de clase. Un ejemplo de ello es la clase invertida (Flipped Classroom). Esta técnica consiste en que el niño pueda ver en su casa, con material interactivo preparado por el profesor o descargado de internet, la teoría sobre un tema determinado y que en clase se dediquen a realizar actividades sobre esa teoría previamente estudiada. Por tanto, las actividades son necesarias y facilitadoras del aprendizaje. Otra discusión es si esas actividades se pueden hacer o no fuera del horario de clase.

La implicación de la familia es condición sine qua non para que se dé un verdadero proceso educativo. El papel fundamental de esta se debe centrar en motivar a los niños, proporcionarles seguridad y crear un ambiente en casa en el que se vean como algo cotidiano y agradable acciones como leer o hablar de temas culturales. También es fundamental transmitir una serie de valores como son la solidaridad, la justicia, el respeto a los demás y la responsabilidad o el deber. En este sentido, la familia debe transmitir a los niños que el esfuerzo tiene una recompensa y que conseguir algo que deseamos requiere de ese esfuerzo, aunque haya que renunciar en ocasiones a hacer lo que nos apetece en ese momento. En ese sentido, los deberes tienen una función educadora en el ámbito de las actitudes muy importante.

Es importante que poco a poco se acostumbren a que aprender es algo personal y que nadie puede hacer por ti. No es labor de los padres explicar al alumno los contenidos y los conceptos necesarios para hacer las actividades que les pudiese mandar el profesor; eso es responsabilidad del docente. Los niños siempre van a requerir la atención de los adultos, y no necesariamente para que les expliquen. Muchas veces, esa solicitud de ayuda a los adultos va más en la línea de reclamar afecto y atención que en la de reclamar una explicación. Eso no quita que alguna actividad requiera la implicación de los padres.

Para que se produzca autonomía, primero es preciso que los niños tengan el apoyo especializado del profesor o experimentado de sus padres, de manera que vean que tienen una red protectora en el caso de que se «caigan del trapecio». Poco a poco, según vayan adquiriendo seguridad y confianza en sí mismos, esa red se irá retirando.

Aprender es algo que nadie puede hacer por nosotros; por tanto, cuanto antes sea capaz un niño de aprender por sí mismo, más cerca estará de poder desarrollar todo su potencial.

Rafael M. Hernández Carrera, doctor en ciencias de la educación, director de Kumon en Andalucía y profesor del departamento de Educación y Psicología Social, área de Didáctica y organización Escolar, de la Universidad Pablo de Olavide de Sevilla

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