Escultura en bronce de Fernando Álvarez de Toledo, III Duque de Alba
Escultura en bronce de Fernando Álvarez de Toledo, III Duque de Alba - Wikipedia
Historia

Así son los orígenes de la Casa de Alba, la familia más leal y poderosa de Castilla

Su incondicional apoyo al Rey Juan II en su disputa contra la nobleza consiguió para la familia el Condado de Alba de Tormes (Salamanca). Con el segundo conde, el ambicioso García Álvarez de Toledo, el título se elevó a ducado en 1472

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María del Rosario Cayetana Fitz-James Stuart y Silva –comúnmente conocida como Cayetana de Alba– fue la cabeza durante gran parte del sigo XX y principios del XXI de una familia noble que remonta sus orígenes a la Edad Media. La historia de la familia Alba fue vertebrada durante trescientos años por los Álvarez de Toledo, que, aunque no obtuvo la consideración de casa nobiliaria hasta el siglo XIV, ya destacaba por su furor guerrero y su fidelidad a Castilla desde los años de la Reconquista.

Como la mayor parte de la nobleza castellana, el ascenso de los Álvarez de Toledo se produjo tras la muerte de Pedro «el Cruel» en 1369. Este controvertido rey castellano es recordado por sus esfuerzos para someter a una nobleza que consideraba anárquica. Su sucesor, Enrique II de Trastámara, impulsó el ascenso de nuevas familias nobiliarias que sirvieran para consolidar su poder. Ese fue el caso de Fernán Álvarez de Toledo, un adepto a Enrique II que falleció luchando bajo su bandera en un asedio a Lisboa.

Los Álvarez de Toledo no escatimaron nunca en fidelidad, ni regatearon en esfuerzos

Cuando la familia ya se encontraba bien situada en la corte castellana, los hijos de Fernán Álvarez de Toledo, Gutierre, obispo de Palencia, y García, señor de Oropesa y Valdecorneja, dieron una nueva muestra del compromiso familiar con el reino al apoyar a Juan II en sus luchas contra los infantes de Aragón. En un tiempo donde la disposición de la nobleza a ayudar al Rey dependía de las recompensas que pudieran obtener, los Álvarez de Toledo no escatimaron nunca en lealtad, ni regatearon en esfuerzos y recursos a la corona. En 1429, el obispo Gutierre recibió los ricos dominios de Alba de Tormes (Salamanca) como recompensa.

Pero el verdadero auge político de la Casa Alba llegó en la década de 1430. En este periodo de confusión absoluta y luchas entre nobles, la casa castellana apoyó a don Álvaro de Luna, el privado del Rey Juan II, que combatió contra el ingobernable poder de la nobleza. Juan II fue generoso con quien le había ayudado en su momento más crítico: Gutierre fue trasladado a la influyente diócesis de Sevilla y acabó siendo Arzobispo de Toledo. Por su parte, Fernando, el hijo de su hermano, se constituyó en el primer Conde de Alba de Tormes. Así y todo, la memoria de los reyes medievales solía ser muy corta. El conde Fernando de Alba posteriormente tuvo desencuentros con el monarca quien le confiscó su castillo y la villa de Alba de Tormes en 1448 y lo encarceló durante seis años. Quizás por ello, su hijo nunca mostraría mucha fe en la justicia real.

El ambicioso conde que quería ser duque

Con el segundo Conde de Alba, García Álvarez de Toledo, lo que vino fue el esplendor económico, el poder y el título de ducado. El segundo conde de Alba fue un personaje extremadamente ambicioso que se aprovechó de las muchas debilidades de Enrique «el Impotente» para hacer y deshacer a su gusto. Sin justicia ni ley, la nobleza castellana levantó ejércitos privados para defenderse de los ataques de otros nobles y de las agresiones del propio monarca. En esta situación de anarquía, nadie se movió con mayor soltura que García de Toledo. Las posesiones de Alba de Tormes, que recorrían ambas vertientes de la Sierra de Gredos y el Norte de Extremadura, se extendieron hasta casi las puertas de Salamanca. Y si no tomó esta ciudad, ataque militar mediante, fue por el celo de sus habitantes.

Ante el gran poder adquirido por el II Conde de Alba, la nobleza castellana, celosa, instó al Rey en 1472 a que le arrebatara las tierras del sur de la Sierra de Gredos. No en vano, la decisión de Enrique «el Impotente» fue ecuánime, posiblemente así evitó una guerra civil, y pidió a García Álvarez de Toledo que renunciara a esas tierras a cambio del rango de duque y de los derechos sobre Coria (en Cáceres).

El I Duque de Alba falleció en 1488, no sin antes sacudirse parcialmente de su fama de hombre codicioso y solo interesado en agrandar su fortuna. García Álvarez de Toledo fue uno de los principales aliados de los Reyes Católicos en la Guerra de Sucesión castellana y prestó su talento militar en la batalla de Toro en 1476. Esta victoria sobre los «juanistas» permitió a los Reyes Católicos asegurar definitivamente el trono de Castilla y la unión dinástica con Aragón.

Fadrique –segundo Duque de Alba– también apoyó sin la menor quiebra a los Reyes Católicos y fue uno de los amigos más cercanos de Fernando «el Católico». Sus habilidades como general, sobre todo en lo que hoy podría llamarse contrainsurgencia, superaron incluso a las de su padre. El noble castellano participó del asedio a Granada y en 1514 se alzó como el conquistador de Navarra para el Rey Fernando. Cuando la mayoría de nobles se unieron a Felipe «el Hermoso» en su lucha por el trono, Fadrique fue de los pocos que se mantuvo fiel al monarca aragonés, y fue quien años después «cerró sus ojos muertos». No obstante, su fidelidad política jugó en contra de ampliar el patrimonio familiar y Fadrique solo pudo añadir el Ducado de Huéstar, cerca de Granada.

El Gran Duque de Alba: temido y respetado

Con la llegada de Carlos I de España, Fadrique le presentó el respaldo de su familia, inicialmente en la Guerra de los Comuneros, y cedió el testigo de la casa a su nieto, el conocido como Gran Duque de Alba. Fernando Álvarez de Toledo, cuyo nombre era un homenaje a Fernando «el Católico», se convirtió en el III Duque de Alba a causa de la prematura muerte de su padre durante una campaña en África en 1510. Desde su juventud estuvo siempre al servicio de los monarcas españoles, bien de Carlos I en principio o bien de Felipe II después, tanto como soldado, cortesano, diplomático o gobernante. Así, su fama de general trascendió las fronteras españolas y le situó como el más prestigioso militar del siglo XVI.

Así y todo, su participación en la Guerra de Flandes (1568–1648) es el gran episodio histórico por el que es recordado el noble castellano. El Gran Duque de Alba reprimió con violencia la rebelión de los líderes calvinistas encabezados por Guillermo de Orange, y la propaganda holandesa le presentó como un señor de la guerra brutal, implacable y severo al extremo. Una fama de sanguinario que todavía hoy sigue viva en muchos países de Europa.

A la muerte sin descendencia de la última Álvarez de Toledo, el linaje pasó a los Fitz-James Stuart

Pese a que la tradición histórica de «Grandeza de España» ya existía desde tiempos de la la monarquía visigoda, no fue hasta el reinado de Carlos I de España cuando comenzó a regularse y se estableció como la conocemos en la actualidad. En 1520, para reconocer a los que le habían apoyado en la Guerra de las Comunidades de Castilla, el Emperador Carlos V otorgó a una veintena de casas nobiliarias la categoría de «Grandeza de España», entre ellas la Casa de Álvarez de Toledo, en la figura del Gran Duque de Alba.

No en vano, la Casa de Alba y su «Grandeza de España» correspondió a la familia de los Álvarez de Toledo durante trescientos años hasta que a la muerte sin descendencia de María del Pilar Teresa Cayetana de Silva y Álvarez de Toledo, el linaje pasó a los Fitz-James Stuart, en la persona de Carlos Miguel Fitz-James Stuart y Silva, sobrino-bisnieto del XII duque Alba de Tormes. La Casa de Berwick (Fitz-James Stuart) es una rama ilegítima de la Casa de Estuardo del Reino de Escocia.