A la izquierda, una «falla» de las fiestas de Chamberí representado a la Tía Javiera en 1915; a la derecha, rosquillas del santo
A la izquierda, una «falla» de las fiestas de Chamberí representado a la Tía Javiera en 1915; a la derecha, rosquillas del santo
Curiosidades de Madrid

La «Tía Javiera», la vecina de Villarejo de Salvanés que hizo famosas las rosquillas del santo

Listas o tontas, son las protagonistas dulces de los festejos de San Isidro, el patrón de Madrid. Aquí su historia

MADRIDActualizado:

Todas son del santo. De San Isidro Labrador. Las hay tontas, listas, de Santa Clara y francesas. Las primeras, las más sencillas, no llevan nada por encima. Las segundas van cubiertas de una mezcla de azúcar, zumo de limón y yema. Las de Santa Clara llevan merengue seco y las últimas se culminan con almendra picada. Son las protagonistas dulces de la fiesta del patrón madrileño. Durante todo el mes de mayo se encuentran en todas las pastelerías de Madrid, aunque la tradición manda comerlas en la Pradera de San Isidro con un vasito de agua milagrosa de la Ermita del Santo. Pero, ¿dónde empieza la historia de estas deliciosas rosquillas?

No se sabe a ciencia cierta cuándo empezaron a venderse estos típicos dulces madrileños. Sin embargo, sí conocemos quién les dio fama: la Tía Javiera. El personaje en cuestión, una vecina de Villarejo de Salvanés, hizo famosas a finales del siglo XIX las que hoy denominamos como de «Santa Clara». Las de yema y limón eran entonces las de «Fuenlabrada» –hoy, las «listas»–. Javiera acudía cada fiesta de San Isidro a su puesto de la Pradera. «No vestía de lugareña, como las de otros puestos similares. Vestía a lo señora de pueblo y llevaba al cuello un collar de aljófar de muchas vueltas», relata en un artículo el dramaturgo Jacinto Benavente en ABC, en 1950.

Javiera murió sin descendencia, «sin hijas ni sobrinas». Pronto le salieron imitadoras para aprovechar el tirón que las famosas rosquillas de Villarejo tenían en la Pradera cada 15 de mayo. Los tenderetes que vendían rosquillas afirmando ser familiares de la Tía Javiera se multiplicaron. Tal es así, que se hizo popular una cancioncilla que decía: «Pronto no habrá, ¡Cachipé! / en Madrid duque ni hortera/ que con la tía Javiera / emparentado no esté».

Sin embargo, tal y como cuenta Benavente en su artículo, una sobrina segunda de Javiera reclamó el derecho de usar ese nombre para continuar con el negocio de su tía. El dramaturgo sabía de primera mano la historia ya que su madre, Venancia, era natal de Villarejo y su padre, Mariano, fue «médico titular» del municipio madrileño. La historia de Javiera y sus rosquillas se diluye en el primer tercio del siglo XX.

«Las rosquillas especiales de Villarejo eran las de baño blanco, y la gracia de ellas estaba en que el baño no se cuarteaba ni se desprendía al partirlas. Su elaboración era muy esmerada. Sus componentes, harina, huevos y azúcar, habían de ser de la mejor calidad», describe Benavente en ABC.