La Orquesta Sinfónica de Castilla y León, en el Auditorio Miguel Delibes
La Orquesta Sinfónica de Castilla y León, en el Auditorio Miguel Delibes - CCMD
Artes&Letras

Rajmáninov, perdido en la niebla

La Orquesta Sinfónica de Castilla y León lanza este mes de enero su primera grabación bajo sello discográfico propio y con Andrew Gourlay como director

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Durante sus veinticinco años de trayectoria, la Orquesta Sinfónica de Castilla y León ha publicado numerosas grabaciones discográficas con sellos muy diferentes: Naxos, Tritó, Bis, New Port Classic, Verso o Deutsche Grammophon. El próximo mes de enero, y al calor de las celebraciones de este aniversario, nuestra orquesta lanza su primer registro editado por un sello discográfico propio, un monográfico dedicado a Serguéi Rajmáninov que incluye el poema sinfónico La isla de los muertos, op. 29 y la Sinfonía nº 2 en mi menor, op. 27, dos obras de extraordinaria belleza que atesoran un extenso catálogo de interpretaciones referenciales, tanto históricas como contemporáneas. Ahora es la Orquesta Sinfónica de Castilla y León la que ha asumido el desafío con su director titular, Andrew Gourlay, al frente, y las tomas, de alta calidad sonora, se han grabado en su sede, el Centro Cultural Miguel Delibes, hoy por hoy uno de los auditorios mejor afinados del país.

Al aplicar esta fórmula de gestión, demás de cumplir con obligaciones adquiridas por contrato, la orquesta se suma a las estrategias surgidas con las nuevas formas de consumo musical: la autoedición ha sido desarrollada con gran éxito por sectores específicos de la música clásica -principalmente la música antigua- y dada su probada viabilidad ha sido asumida también por conjuntos convencionales como la Filarmónica de Berlín o la Orquesta Nacional de España. Las ventajas de esta iniciativa son evidentes: libertad a la hora de elegir repertorios, control sobre los derechos de autor y la inclusión de las grabaciones en las plataformas de descarga, y el mantenimiento de una cierta actividad cuando no se cuenta con el apoyo de las grandes compañías discográficas. Ahora bien, otra cuestión es la distribución. Este es el verdadero caballo de batalla, porque de forma análoga a lo que ocurre en otros sectores de la cultura, hacerse un hueco en el circuito profesional siempre es difícil, y sin la promoción y la distribución adecuadas estos productos están destinados a convertirse en poco más que una tarjeta de presentación o un regalo institucional. Esperemos que este no sea el caso.

La producción y edición de este registro se han cuidado y el resultado sonoro, como señalaba arriba, es claro y preciso. Tanto el ingeniero de sonido, Dave Rowell, como el editor, Stephen Frost, hacen un buen trabajo y el nivel de calidad es más que aceptable.

Los músicos de la orquesta, por su parte, resuelven con toda solvencia y en ocasiones incluso con auténtico brillo, las dificultades técnicas generales y los pasajes a solo de estas obras de Rajmáninov, plenas de efectos atmosféricos cargados de una emocionante expresividad. Ahora bien, las mil inflexiones poéticas y dinámicas que se despliegan en estas obras reclaman más nervio, y el concepto general, tal como lo plantea Gourlay, resulta plano y poco convincente, falto como está de articulación discursiva y de impulso dramático. La música de Rajmáninov es vehemente y directa, y en la lectura aquí recogida esa música se desdibuja entre una niebla que no nos permite arribar a la Isla de los Muertos ni a la apasionada tristeza de un Adagio que debería golpearnos el pecho.