Guadalajara

Viaje a la Alcarria, 70 años después de Cela

Diez estudiantes de siete países siguen las huellas del Nobel, cuya experiencia, en junio de 1946, plasmó en un libro. La idea fue de cuatro amigas y artistas

MASEGOSO DEL TAJUÑA (GUADALAJARA)Actualizado:

En la dedicatoria de su libro «Viaje a la Alcarria», Camilo José Cela se desahogó con Gregorio Marañón: «La Alcarria es un hermoso país al que a la gente no le da la gana ir». Así que un día de 2014, 68 años después del periplo del premio Nobel, cuatro amigas y artistas decidieron que se iban de ruta por la Alcarria, porque «nos daba la gana». Laura Domínguez, Gracia Iglesias, Natividad Díaz y Sara Domínguez son las viajeras que siguieron el itinerario tal y como lo escribió Cela, y en los mismos días: del 6 al 15 de junio.

La aventura, debidamente promocionada en internet a través del perfil de Facebook «Arte en marcha», enseguida adquirió relevancia pública. Casualidades del destino, en 2015 las viajeras se enteraron de que en 2016 se celebraría el I Centenario del nacimiento de Cela. Les faltó tiempo para ir a la Diputación de Guadalajara y a la Universidad de Alcalá de Henares (UAH) a proponer una utopía: que jóvenes de todo el mundo hicieran el viaje a la Alcarria. A ambas instituciones «les encantó» la idea y, desde el pasado lunes y hasta el próximo miércoles, diez estudiantes de la UAH, de siete países diferentes, imitan lo que en 1946 hizo Cela.

Una de ellas es Francesca Federico, italiana de 22 años y graduada en Filología Hispánica, quien representa mejor que nadie el espirítu del escritor nacido en Iria Flavia (La Coruña). Francesca es una joven a contracorriente: en un mundo cada vez más interconectado, ella echa de menos a veces la soledad. «El no distraerte, el disfrutar contigo mismo», dice. Quizás por eso desde hace tres años acostumbra a viajar sola. Así ha conocido España. Francesca solo se permite ir acompañada de un cuaderno, en el que, cuando le apetece, anota lo que ve, lo que oye, lo que siente. Como Cela, escribe de sí misma en tercera persona.

En realidad, cada uno de los diez jóvenes seleccionados para el viaje tiene algo de peculiar. Alberto, guadalajareño de 19 años y estudiante de Turismo, dice que a veces nos empeñamos en viajar hasta lugares lejanos sin conocer bien de dónde partimos. Mihaela Bereczki, rumana de 31 años y aspirante a enfermera, cree que, si se va a quedar a vivir en España, la ruta por la Alcarria puede ser una buena manera de conocer a los que serán sus pacientes. Fernando Nos, mexicano de 21 años y futuro arquitecto, dice que el viaje le podría «servir de inspiración» en sus diseños, y pone como ejemplo el castillo de Torija, un híbrido entre lo viejo y lo nuevo. Hu Youtong, china de 20 años a la que sus compañeros en España llaman Teresa, argumenta que el viaje le está valiendo para conocer la cultura antigua de nuestro país.

Se hace camino al andar

El viaje a la Alcarria se divide en diez etapas. ABC acompaña a la expedición durante la tercera jornada: el recorrido, a pie, es de casi 20 kilómetros, entre Cívica, una pedanía de Brihuega, y Cifuentes. La etapa empieza por carretera, pero a los pocos cientos de metros se toma un desvío hacia una senda de tierra que en ocasiones parece acabarse. Su falta de uso ha provocado que el camino haya sido invadido por los cultivos de trigo y cebada. Los estudiantes los atraviesan cubiertos hasta más arriba de las rodillas. Como el verso de Machado, definitivamente se hace camino al andar.

—¡Chicos, oler la Alcarria!—, grita una de las artistas inventoras de esta aventura a los estudiantes mientras caminan.

La Alcarria huele a salvia, a lavanda, a jara, a cebada. Hay mil hierbas aromáticas, hay mil colores que dibujan otros tantos paisajes que aparecen y desaparecen, como el Tajuña de camino a Masegoso. Pilar Villalba, vecina de este pueblecito que no llega a los 70 habitantes censados, va recogiendo raras plantas del suelo y explicando a los estudiantes para qué sirven: «Mirad, este es el lampazo, precursor del papel higiénico, y esta la lechinterna, que suelta un líquido blanco que antiguamente servía para curar verrugas…».

La Alcarria, que además de Guadalajara toca parte de la provincia de Cuenca, tiene un clima continental con inviernos de heladas y veranos muy calurosos, si bien por las noches puede llegar a hacer frío. El clima influye en el carácter de los alcarreños, a los que su paisana Pilar describe como «castellanos viejos, gente dura, que aguanta mucho, conservadores, poco emprendedores y con tendencia a envidiar al que sobresale un poco».

Esa gente son, por ejemplo, «el Use» o «la Luisa» o Jesús Casado. «El Use» tiene 88 años, en su DNI pone que se llama Eusebio López, está prácticamente sordo y sus vecinos dicen, con cierta sorna, que es el más rico del pueblo. «La Luisa», de apellido Villaverde, es de una generación posterior al «Use»; nació en Masegoso del Tajuña, pero con cinco años se fue a Madrid y allí estuvo hasta que murió su madre. Entonces, «la Luisa» regresó al pueblo, donde lleva 19 años encargándose del centro social, renombrado «el Chiringuito».

Hace años, cuenta la mujer, se encontró con una pequeña zorra y la bautizó como Rona. Durante «seis meses o un año», Rona bajó todas las noches a cenar al «Chiringuito» («siempre aparecía entre las diez y media y las once de la noche», recuerda), porque «la Luisa» le ponía buena carne. Sin embargo, una noche Rona dejó de bajar a cenar y ya no volvió a aparecer. «La Luisa» está segura de que la mataron los cazadores.

Jesús Casado lleva 40 años al frente del hostal-restaurante Las Vegas, que le legaron sus padres. Un día de 1985, Cela repitió su viaje a la Alcarria y paró a comer en Las Vegas.

—¿Y cómo era Cela?

—Un tío muy grande... y su choferesa, negra, aún más grande.

Una lengua propia

Los alcarreños, además, gastan un vocabulario propio que puede variar dependiendo del pueblo. La España que vivió Cela era una sociedad machista, en la que la situación de la mujer se definía de manera precisa. «Arrejuntá», por ejemplo, se dice por tierras alcarreñas para explicar que una mujer convive con un hombre sin estar casados. En cambio, el hombre nunca se arrejunta.

Una sociedad que vive de la agricultura y la ganadería, en la que la lluvia, dependiendo de su intensidad, se describe con diversos verbos: escupir, arrojar, algareciar, caer pelardas (en caso de nieve)…; donde al cerdo se le llama cochino, barraco, chino, gocho, guarín, marrano, puerco o chancho, y donde, hasta hace no mucho, el peso se calculaba por arrobas mientras que el volumen y la extensión por fanegas. Todo esto es lo que se cuenta en el Museo del Pastor y del Labrador, ubicado en Masegoso del Tajuña, creado por los vecinos para preservar la cultura popular.

En fin, que el viaje a la Alcarria es, sobre todo, un regreso al pasado en el que la gente joven se marcha (Jesús Villaverde, de 30 años, es el alcalde de Masegoso y su vecino más imberbe) y el futuro no existe. «No hay vuelta atrás», reconoce Pilar Villalba, quien al menos intenta que sobreviva la memoria: «Recordad lo que fuimos, gente rural, para entender lo que somos».