«La maja vestida» de Francisco de Goya, un cuadro que pudo estar inspirado en la XIII Duquesa de Alba
«La maja vestida» de Francisco de Goya, un cuadro que pudo estar inspirado en la XIII Duquesa de Alba - Museo del Prado

La maja de Goya: la otra Duquesa de Alba que se adelantó a su tiempo

La teoría de que el pintor aragonés empleó de modelo a la XIII Duquesa de Alba para «La maja desnuda» cada vez se considera más improbable, no así que mantuvieran una apasionada historia de amor en Sanlúcar de Barrameda

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La fallecida Cayetana de Alba fue una excelente administradora de la Casa de Alba. Recibió un inmenso legado con 500 años de historia y lo ha dejado más fuerte y saneado. Sin embargo, esta noble castellana no será recordada por su buena gestión del patrimonio, sino por su modo de vida distendido, sus tres matrimonios y su frecuente presencia en la prensa del corazón. María Teresa de Silva Álvarez de Toledo, XIII duquesa de Alba de Tormes, también habría copado portadas y portadas de la prensa rosa, de haber existido este tipo de publicaciones en el siglo XVIII. Dos mujeres separadas por dos siglos, y unidas por su pretensión de romper con el rigor y austeridad que se le presupone a su casa nobiliaria.

Nacida en 1762, la XIII duquesa de Alba de Tormes fue hija única –lo cual contribuiría en gran parte a que el apellido Álvarez de Toledo perdiera la Casa de los Alba– y una mujer sometida a grandes presiones desde su infancia. Cuando solo contaba catorce años, la muerte de su abuelo la convirtió en la heredera de un inmenso legado, puesto que su padre había fallecido un lustro antes. Así como la recién fallecida duquesa era conocida por ser la aristócrata con más títulos nobiliarios del planeta, su antepasada del siglo XVIII también era la que más sumaba en su tiempo: ostentaba cincuenta y seis.

No obstante, antes de fallecer, el abuelo de María Teresa pactó el matrimonio de su nieta con su primo José Álvarez de Toledo y Gonzaga, XV duque de Medina Sidonia, otro de los títulos más prestigiosos y antiguos de Castilla. El matrimonio competía con los duques de Osuna y otras familias rivales en ostentación y en organizar las mejores fiestas, donde la noble madrileña acostumbraba a invitar a miembros del pueblo llano. Para este propósito, los duques empleaban sus dos propiedades favoritas: el Palacio de la Moncloa y el Palacio de Buenavista, cerca de la fuente de Cibeles, que se convirtió en un lugar de reunión de literatos, actores y pintores de toda Europa.

Los historiadores se inclinan porque sea Pepita Tudó, amante de Godoy

En este ambiente libertino y de efervescencia artística, la aristócrata inició una amistad íntima –algunos hablan de romance– con el pintor Francisco de Goya, quien la retrató en varios de sus cuadros. Una relación que habría vivido sus momentos de mayor pasión en las arenas de Sanlúcar de Barrameda, donde ella se retiró cansada de las intrigas de la corte después fallecer su marido. Según una leyenda extendida hasta la actualidad, se considera que la duquesa es la modelo usada por el pintor aragonés para el cuadro «La maja desnuda» (por supuesto, también para su versión vestida). Y aunque nunca se ha podido confirmar la identidad de la retratada –quien físicamente si podría corresponder a María Teresa– los historiadores se inclinan más porque esta sea Pepita Tudó, amante de Manuel Godoy y a la postre su segunda esposa. Esta afirmación se sostiene en que Godoy, primer ministro de Carlos IV, fue quien encargó la pintura a Goya y fue su primer propietario conocido.

Su historia con Goya, que ningún documento histórico ha podido corroborar, terminó cuando el pintor se cansó del carácter imprevisible, caprichoso y derrochador de la duquesa. Pero no fue este el único romance novelesco que se le achacó a la aristócrata. María Teresa sentía atracción por hombres de condición social inferior a ella, especialmente por los toreros, y, según el mito en torno a su figura, desde la adolescencia se disfrazaba de maja para infiltrarse en la lujuriosa noche madrileña. Un periodo histórico que los cronistas han calificado como la etapa dorada de la lujuria en Madrid, y donde un grupo de aristócratas se movían con voracidad.

La belleza de la duquesa, no en vano, estaba consideraba merecedora de tantas atenciones. Durante su estancia en Madrid, el viajero francés Fleuriot de Langle no escatimó en elogios hacia la aristócrata: «No tiene un solo cabello que no inspire deseo. Nada hay más hermoso en el mundo. Ni hecha de encargo podría haber resultado mejor. Cuando ella pasa por la calle, todo el mundo se asoma a las ventanas, y hasta los niños dejan de jugar para mirarla».

Enemistad con la Reina de España

Su sensualidad y vida liberal terminó por ofender a la propia Reina de España, María Luisa de Parma –célebre por su relación extramatrimonial con Godoy–. No se sabe si por envidia o porque censuraba su modo de vida, parecido al suyo, la reina mantuvo siempre una fuerte enemistad con la duquesa. La pugna abierta entre ellas salió a la luz en 1795 cuando los Duques de Alba apoyaron al brigadier de la Real Armada, Alejandro Malaspina, en su intentona de expulsar de la corte a Manuel Godoy. Un hombre con el que María Teresa también vivió un romance.

La muerte de la duquesa fue atribuida a una meningoencefalitis de origen tuberculoso

En 1796, José Álvarez de Toledo y Gonzaga falleció sin dejar un hijo heredero. En 1802, la duquesa corrió la misma suerte y murió repentinamente a los cuarenta años, en su Palacio de Buenavista, víctima de una misteriosa fiebre. Según se sospechó entonces, quizá la enemistad con la Reina María Luisa de Parma habría empujado al primer ministro de Carlos IV a envenenar a la cabeza de la familia Alba. Sin embargo, el cadáver fue exhumado en el siglo XX y sus restos sometidos a una autopsia. Su muerte fue atribuida a una meningoencefalitis de origen tuberculoso, lo que descartó el presunto envenenamiento.

Lo cual no significa que Godoy no se cobrara su venganza. A la muerte de María Teresa, expropió varias de sus propiedades, entre ellas el Palacio de Buenavista, y cuadros y joyas de la colección ducal. Así, un gran número de sus famosas obras pasaron a sus manos, como «La Venus del espejo» de Velázquez. Por su parte, la Reina se quedó con treinta y dos brillantes y perlas de buen tamaño por los que pagó 384.060 reales, una cifra muy por debajo de su auténtico valor.

La muerte de los duques sin dejar herederos fue un duro golpe para la familia Álvarez de Toledo. Su fallido intento de unir bajo un mismo linaje las ilustrísimas Casa de Alba y la Casa de Medina-Sidonia acabó con los títulos repartidos en ramas lejanamente emparentadas con los Álvarez de Toledo. La mayoría de los títulos de Cayetana, entre ellos el Ducado de Alba, pasaron a manos de su pariente Carlos Miguel Fitz-James Stuart y Silva, VII duque de Berwick.

Pese a que la Duquesa no tuvo descendencia directa, al final de su vida adoptó a una niña negra, a la que llamó María de la Luz, y que recibió gran parte de la herencia familiar, no así los títulos. Con ella aparece retratada en muchos de los cuadros que Goya le pintó en su santuario espiritual de Sanlúcar de Barrameda.