Esta ocurre porque los estereotipos sociales asociados con los nombres dejan su huella en el aspecto - Journal of Personality and Social Psychology

¿Llamarte Pablo puede cambiar tu cara para siempre?

Las personas tienen cierta capacidad para adivinar cuál es el nombre de una persona con solo ver su rostro

MADRIDActualizado:

En 1929 el psicólogo Wolfgang Köhler encontró una curiosa sinestesia en el cerebro: demostró que asocia los sonidos y la apariencia de las palabras con otras sensaciones (como el color, el tacto o el sabor). Köhler le enseñó a algunos habitantes de Canarias dos sencillos dibujos que él mismo preparó, uno naranja y puntiagudo, y otro morado y redondeado, y les preguntó cuál se llamaba «takete» y cuál «baluba». La inmensa mayoría dijo que «baluba» era el redondeado, y «takete» el puntiagudo. Cuando otros investigadores hicieron pruebas similares preguntándole a personas que hablaban inglés, y esta vez usando las palabras «kiki» y «bouba», obtuvieron los mismos resultados. Acababa de descubrirse el « efecto kiki-bouba».

Cuando hay que elegir entre los nombres «kiki» y «bouba», niños y adultos le dan el primero a la forma naranja, y el segundo a la otra
Cuando hay que elegir entre los nombres «kiki» y «bouba», niños y adultos le dan el primero a la forma naranja, y el segundo a la otra - WIKIPEDIA

Aún no hay una explicación clara sobre por qué existe esta asociación. Mientras tanto, algunos investigadores tratan de ir más allá y de averiguar si puede ocurrir algo parecido con el nombre de las personas. ¿Se puede tener cara de «Bob» o cara de «Tim», por ejemplo? Un estudio publicado recientemente en « Journal of Personality and Social Psychology», y presentado por la « American Psychological Association», ha concluido que sí, que las personas asocian determinados nombres a ciertas caras. Además ha sugerido que tener un nombre y no otro influye en que adoptemos los comportamientos y adquiramos el aspecto que la sociedad espera de ellos.

Muchos estudios ya han mostrado que las personas se dejan llevar por las apariencias. Según el aspecto que tenga alguien, se supone que es más o menos inteligente, confiable, atractivo o agresivo. Pero la investigadora Yonat Zwebner, de la Universidad Hebrea de Jerusalén, quería averiguar si ocurría al contrario, es decir, si las percepciones sociales, en este caso asociadas con los nombres, pueden cambiar la apariencia de la cara.

Tener cara de Dan o de Jacob

En primer lugar, comprobó que las personas tienden a asociar ciertos nombres y caras. Preparó varias pruebas en las que cientos de participantes de Israel y Francia debían elegir, dentro de una lista de nombres, el apelativo que mejor encajaba con los rostros que veían en unas fotos.

Los participantes alcanzaron una precisión de entre el 25 al 40 por ciento, cuando por azar habrían conseguido acertar en el 20 o 25 por ciento de las ocasiones. Gracias a esto, mostraron su capacidad de asignar el nombre de Dan a la persona que se llamaba así, en lugar de llamarle Jacob, Josef o Nathaniel.

En otra prueba, los investigadores introdujeron en un ordenador un algoritmo que relacionaba caras y nombres, usando una base de datos de 94.000 imágenes. Consiguieron una precisión del 54 al 64 por ciento, mientras que por azar esta habría sido del 50 por ciento.

Esta aparente asociación entre nombres y rasgos faciales puede estar ocurriendo, según Zwebner, porque las personas alteran subconscientemente su aspecto para adaptarse a las normas culturales y sociales asociadas con los nombres.

Estereotipos reflejados en la cara

«Ya sabemos que los estereotipos que hay alrededor de la etnia y el género influyen en cómo acaban siendo esas personas», ha explicado Yonat Zwebner, en un comunicado. «Y otras investigaciones ya han concluido que hay estereotipos culturales vinculados con los nombres, incluyendo el aspecto que uno debe tener. Por eso nosotros pensamos que esos estereotipos pueden acabar afectando al aspecto de la cara».

Por ejemplo, Zwebner ha recordado que las personas tienden a imaginar que alguien llamado Bob tiene una cara más redonda que alguien llamado Tim. Si existiera ese estereotipo, ¿no podría una persona cortarse el pelo de forma que exagerase la redondez de su cara, por ejemplo?

¿Aparte de un cambio de peinado, puede haber otras formas de cambiar la cara? Es evidente que la apariencia del rostro está sobre todo influida por los genes y los niveles de hormonas, junto a posibles cirugías y accidentes. Pero los investigadores argumentan que el temperamento de una persona puede reflejarse también en su rostro. Por ejemplo, recuerdan que Kreiborg, Jensen, Moller y Bjork concluyeron en 1978 que las personas temperamentales tensan ciertos músculos más que otras personas más tranquilas, lo que influye en la forma de su mandíbula.

¿Y qué pasaría si un nombre fuera como una etiqueta social asociada con un temperamento, un comportamiento, un aspecto, un modo de vida o un trabajo? Según Zwebner, que estos afectarían a la apariencia a causa de la presión social.

Efecto Dorian Gray

Estos investigadores han sugerido que el nombre ejerce un efecto «Dorian Gray» sobre la cara: en «El retrato de Dorian Gray», los pecados que el protagonista cometía quedaban impresos en un cuadro, pero él mismo conservaba su aspecto exterior sin ningún cambio.

El temperamento deja su huella en el aspecto de la cara
El temperamento deja su huella en el aspecto de la cara - Ealing Studios / Fragile Films

Ahora bien, los investigadores han reconocido que es necesario estudiar más este asunto para entender qué mecanismos pueden estar detrás de este supuesto fenómeno. Además, han observado que no se pueden asociar nombres y caras que pertenecen a otra cultura. Las personas que participaron en el estudio en Francia no eran precisas cuando observaban las caras de personas de Israel, y viceversa.

Tal como ha concluido Ruth Mayo, coautora del estudio, no solo el género, la etnia y el estatus económico influyen en la estructuración social de la identidad y del aspecto. También el nombre tiene su influencia.

Otros investigadores ya demostraron que hay nombres se asocian con cualidades positivas y negativas, que tienen consecuencias sociales y que influyen en la construcción de la identidad.