Parque Nacional de Ordesa y Monte Perdido
Parque Nacional de Ordesa y Monte Perdido - Fabián Simón

Un siglo del gran templo de la belleza natural de España

Este 16 de agosto se celebra el centenario de la declaración del Parque Nacional de Ordesa y Monte Perdido

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Eduardo Martínez de Pisón, catedrático de geografía física, escritor y viajero, un sabio imprescindible en la conservación y divulgación de la naturaleza en España, tiene un consejo para los visitantes del Parque Nacional de Ordesa y Monte Perdido y, de paso, para sus gestores, ahora que se cumple un siglo de la protección de este espacio natural: «Cuando los excursionistas caminan en fila india por las trochas de Ordesa el silencio se impone entre ellos: se escucha el canto de los pájaros, el rumor del río, el crujir de la hojarasca cuando la pisan... Si el sendero se ensancha, esas personas se agrupan, gritan, se olvidan de dónde están, espantan a la fauna y rompen el encanto de ese precioso lugar. En un país tan deforestado la montaña aún posee retazos de bosque de vocación, el hayedo, el abedular, el abetal. Y las zonas altas son albergues de la grandeza, lugares prodigiosos que merece la pena disfrutar en silencio y soledad, como si asistiéramos a un concierto».

Este poema calizo situado en la provincia de Huesca toma su nombre de la hoz de Ordesa, con sus praderas, paredones, fajas, cascadas y bosques de hayas, con la silueta del quebrantahuesos dibujada sobre el viento. Pero es mucho más. Las otras rasgaduras (Añisclo, Pineta, Escuaín), los preciosos pueblos del entorno, las leyendas y las tradiciones. La belleza de este rincón pirenaico es homologable a la de los grandes monumentos naturales del mundo, hermanado en muchas cosas con Yosemite (EE.UU.), el templo de John Muir, por ejemplo, y como tantos otros debe su protección a viajeros y naturalistas románticos, ávidos de rutas salvajes. En este caso, a los franceses Ramond de Carbonnières (político, geólogo y botánico, conquistador del Monte Perdido en 1802 y considerado el padre del pirineísmo) y Lucien Briet, fotógrafo y divulgador, cuya insistencia fue clave para la creación del parque nacional el 16 de agosto de 1918. Dos personajes que tendrían mucho que conversar con Martínez de Pisón.

Nómina de flora y fauna

Brecha de Rolando
Brecha de Rolando

Sin duda aquellos pioneros sentirían hoy asombro al comprobar cómo 600.000 personas (la mitad en verano) visitan cada año el parque, usando principalmente su entrada más conocida y popular, que tiene en Torla su lanzadera y recorre el valle del río Arazas. La naturaleza se exhibe de tal forma que el visitante siente que pertenecerá siempre a este lugar. Hace cincuenta millones de años el empuje de las placas continentales levantó la enorme barrera pirenaica, y el agua y el hielo dieron forma a valles, hoces y paredes. Ordesa y Monte Perdido contiene el macizo calcáreo más alto de Europa y alberga más de dos mil especies vegetales. Bosques de pino silvestre, hayas y, más arriba, pino negro; sauces, abedules y fresnos en las márgenes de los ríos. En los pisos más altos, pastizales aprovechados por el ganado y mares de vistosas flores (prímulas, gencianas, lirios). Algunas, como la perseguida edelweiss (ver, pero no arrancar), se esconden cerca de la roca. En la nómina faunística destacan el quebrantahuesos, el sarrio (rebeco) y el urogallo.

Después de recorrer uno o varios de los cañones coja altura para tener la perspectiva del quebrantahuesos. Desde la sierra de las Cutas podrá convertir a los senderistas en una procesión de hormigas y el hayedo en un brochazo ocre casi impresionista si la época escogida es el otoño, algo harto recomendable. Los miradores situados sobre los cantiles ofrecen unas vistas impresionantes del valle de Ordesa, con la Brecha de Rolando en el horizonte, y Francia más allá. Con la cascada de Cotatuero despeñando sus espumas entre las moles del Gallinero y Tobacor. Con el Monte Perdido (3.355 metros) y sus compañeros de macizo (Cilindro de Marboré y Soum de Ramond), las Tres Sorores, como fondo de un decorado majestuoso, casi irreal.

Leyenda de las hermanas

Las piruetas del agua son una de las atracciones del parque
Las piruetas del agua son una de las atracciones del parque

Cuenta la leyenda que tres hermanas cristianas huyeron al bosque cuando los godos invadieron su aldea e hicieron prisioneros a los hombres. Al regresar, encontraron herido a uno de los enemigos, al que curaron con la promesa de que les ayudara a recuperar a sus seres queridos, novios incluidos. El tipo las engañó y les dijo que su padre y sus pretendientes habían renegado del cristianismo y se habían casado con mujeres godas, cuando en realidad habían sido asesinados. Descorazonadas, se unieron a la causa, desposándose con godos. Pero no contaban con el espectro de su padre, que apareció para recriminarles sus actos y las persiguió hasta las montañas, donde provocó una tormenta de nieve y piedra que acabó sepultándolas y formando las Tres Sorores.

Añisclo, el cañón más largo y angosto, se recorre en coche durante su primer tramo por una de las carreteras más vertiginosas de los Pirineos. Desde Escalona la pista discurre pegada al acantilado y asomada al río Bellós, y es de dirección única, ofreciendo la escapatoria por Buerba o Fanlo, dos excelentes muestras de arquitectura montañesa, con casas de piedra coronadas por chimeneas troncocónicas donde no faltan los espantabrujas (piedras con rostros de santo).

Subiendo a Buerba hay un mirador para contemplar los contrafuertes del cañón y el avance zigzagueante del mismo hacia el corazón del parque. A unos 13 kilómetros de Escalona, cuando el cauce del Bellós gira al norte, es posible aparcar junto a un puente de piedra para realizar la ruta a pie hasta donde queramos: la cercana ermita de San Urbez (ermitaño que se refugió en estos riscos en el siglo VIII); la pradera de La Ripareta; la cascada de la Fuen Blanca o, los andarines más esforzados, el collado de Añisclo, que se comunica con el valle de Pineta. Añisclo posee una gran riqueza botánica como consecuencia de la diferencia de cotas. Aquí se da el fenómeno de la inversión térmica: los pisos de vegetación se intercambian, de modo que las formaciones más secas y que soportan menos el frío (carrascales) se instalan en las zonas más altas, mientras que hayedos y bosques mixtos prosperan en el fondo el barranco.

Escuaín y Pineta

Parador de Bielsa
Parador de Bielsa

El río Yaga, alimentado por torrentes, fuentes y surgencias, forma uno de los valles más escondidos e intrincados de la zona y, por lo tanto, menos frecuentados a pesar de su belleza y de la riqueza arquitectónica de sus pueblos, en especial Tella. La ruta más completa de la garganta de Escuaín parte del pueblo del mismo nombre y remonta hasta Cuello Viceto, con vistas a circos y simas. En el recorrido, poco antes de que las curvas de nivel se hagan más exigentes, pasaremos cerca de un comedero para aves carroñeras y, si atendemos al mandamiento del silencio, prismáticos en mano, es probable que podamos espiar el vuelo de los quebrantahuesos.

Pineta, donde se encuentra el Parador de Bielsa, es el valle más «domesticado», más de manual. Pero donde acaba la carretera, junto al citado establecimiento, empieza una trocha que asciende hasta el nacimiento del Cinca, y más alto: el Balcón de Pineta, el lago Marboré y la cara norte del Monte Perdido, el polo del que se expanden todos los prodigios.