The End

Un Moisés menos, que se va fracasado como político y tal vez como persona

Luis Ventoso
Actualizado:

Antes de que lo arañasen los zarpazos de la corrección política histérica, Woody Allen servía una película por año. Aunque nunca faltaba una pepita de oro, algunas cintas eran rutinarias, olvidables. No lo fue su entrega de 2005, la excelente e inquietante «Match Point», historia de un tenista profesional convertido en trepa y luego en asesino. El tipo, que esquiva la trena de chiripa, cree en el imperio absoluto del azar: «En un partido de tenis -explica- hay momentos en que la pelota golpea el borde de la red. Durante esa fracción de segundo puede seguir adelante, y entonces ganas, o no lo hace y pierdes».

Alex Salmond, el líder separatista escocés, tuvo una de esas bolas decisivas. Pero la pelotita cayó del lado contrario a sus intereses. Fue en 2014, cuando se celebró el referéndum de independencia que pudo convertirlo en el Moisés del nacionalismo escocés, una consulta por la que había luchado durante sus veinte años como jefe del Scottish National Party (SNP). Los escoceses, que como todos los británicos piensan con el bolsillo, no quisieron saber nada de la quimera separatista, simplemente porque los empobrecía. Salmond fue derrotado de diez puntos por los unionistas. Su declive continuó en 2017, cuando perdió su escaño en el Parlamento de Westminster a manos de un escocés conservador. Esta semana se ha clavado el último clavo en su ataúd político: ha tenido que darse de baja en el SNP, el partido que él hizo grande y donde militó durante 45 años, ante la acusación de que en 2013 intentó abusar de dos funcionarias en su residencia oficial de primer ministro de Escocia, Bute House. Una de las mujeres asegura que Salmond, un tanto achispado, intentó manosearla y besarla y ella hubo de repelerlo con contundencia. Él lo niega de plano y ha iniciado una cuestación pública para conseguir las 50.000 libras que necesita para su defensa (sus fans independentistas ya han donado 70.000). Pero Nicola Sturgeon, su delfín y sucesora, suelta lastre y ha ordenado indagar el caso que embadurna a su padre político. «Las denuncias deben ser atendidas al margen de quién sea el implicado», advierte ella, en frase que la honra y que divide al partido.

Salmond, de 63 años, tiene un matrimonio antiguo con una mujer de 80 y es un tipo peculiar, afable para la galería y borde con sus asistentes. Un economista de formación, que fue alto ejecutivo de banca. Un forofo de las apuestas hípicas, que escribe columnas sobre las carreras. Un polemista inteligente, que no hace ascos al espirituoso nacional, el whisky, y al que le encanta perorar. Si la ruleta rusa a la que jugó Cameron en 2014 se hubiese saldado a favor de Salmond, ahora sería el Braveheart de una flamante Escocia independiente, un «héroe nacional», con bustos en plazas y lugar imborrable en la historia. Pero el profeta de la independencia se ha quedado en un espantapájaros mecido por el viento: presentador de «El Show de Alex Salmond» en la RT, la televisión de Putin; sospechoso de acoso sexual a sus subordinadas e invitado estelar de nuestros separatistas cañís del lacito amarillo. The End.

Luis VentosoLuis VentosoDirector AdjuntoLuis Ventoso