Nicolás Maduro, presidente de Venezuela - Vídeo: Maduro amenza con acciones penales contra Juan Guaidó (EP)

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Al filo de las seis de la mañana del martes 30 de abril, hora de Caracas y Washington, el plan estaba listo. Estados Unidos, principal impulsor del cambio de régimen en Venezuela, había acordado de forma indirecta con Nicolás Maduro su huida a Cuba, el éxito definitivo de sus sanciones diplomáticas y, sobre todo, económicas. Juan Guaidó podría, como presidente encargado, asumir plenamente el poder y convocar elecciones. El opositor Leopoldo López quedaría en libertad.

El presidente, Donald Trump estaba al tanto. El principal muñidor era su consejero de Seguridad Nacional, John Bolton, que había estado en contacto con altos funcionarios y generales del régimen que habían aceptado apoyar a Guaidó cuando llegara la hora de la verdad. Informado también de los planes, antes el alba el influyente senador republicano Marco Rubio dijo en Twitter: «la libertad nunca es fácil pero siempre vale la pena».

A primera hora, Bolton se desplazó al Capitolio a informar a diputados y senadores de ambos partidos sobre los planes de cambio en Venezuela. Maduro, les dijo, estaba ya de salida. La Casa Blanca había pactado con la oposición un plan de desarrollo económico con fuertes inversiones e inyección de dólares en Venezuela. Sería un éxito seguro, sin desplazar a un sólo soldado.

Bolton regresó a la Casa Blanca. Habían pasado ya seis horas desde que Guaidó se pronunció rodeado de militares anunciando a Venezuela la liberación de López. Pasaron siete, ocho y nueve horas. Maduro seguía sin dar señales de vida.

Entre el desconcierto generalizado en Washington, Bolton tuvo el gesto poco común de dar una improvisada rueda de prensa a la puerta de la Casa Blanca. Dijo que si el plan no salía bien, Venezuela caía en la dictadura. Y nombró a tres personas directamente: «Dirigentes como el ministro de Defensa, Vladimir Padrino, el presidente Tribunal Supremo de Justicia venezolana, Mikael Moreno y el mayor general de la Guardia Nacional Rafael Hernández Dala, todos han estado de acuerdo con que Maduro debe irse y deben pasar a la acción esta tarde o noche para que otras fuerzas militares se pongan del lado del presidente interino».

Durante tres meses, desde que Guaidó se proclamara presidente de Venezuela, el propio Bolton había contactado en persona con varios jerarcas del régimen, incluido el ministro Padrino. Con ellos había alcanzado un acuerdo, pero por algún motivo el plan no se consumó. Trump, que había mantenido silencio, algo raro en él, compartió a las 14.40 en Twitter un escueto mensaje en el que decía que estaba «siguiendo de cerca la situación».

A aquella hora ya le quedaba claro al gobierno de EE.UU. que su plan estaba en vías de fracaso. Maduro no se había ido a ningún sitio y seguía oculto. La duda era si las promesas de Padrino y el resto de altos mandos habían sido un engaño para dejar en evidencia a Guaidó y EE.UU. o si había fuerzas externas implicadas. Mientras, Padrino, rodeado de uniformados, dijo en un vídeo difundido en Twitter que «si hay que usar las armas, las usaremos».

Finalmente, el secretario de Estado, Mike Pompeo, se hizo entrevistar en la cadena CNN y admitió su desconcierto y el de su gobierno: «Tenía un avión listo, estaba dispuesto a irse esta mañana, pero los rusos le han dicho que debía quedarse». Con Maduro, dijo, se iban a marchar varios miembros de su círculo más cercano, con destino a La Habana.

Rusia, por su parte, respondió que «si Washington no deja de interferir en los asuntos internos de Venezuela, esto llevará a una situación de colapso». Según dijo la portavoz de Exteriores del Kremlin, María Zajarova, «en Washington, algunos políticos no ven lo destructivo que es este camino».

Sobre todo, porque a finales de marzo dos aviones rusos Antonov AN-124 e Ilyushin Il-62, cargados con 100 soldados y material que desembarcaron en Venezuela. El gobierno estadounidense le restó entonces importancia a aquella llegada. Es muy probable que ahora la vea con otros ojos.