Eugenia de Montijo, la granadina que sedujo a Napoleón

Después de la gran estrategia casamentera de su madre, en 1853 se convierte en Emperatriz consorte por su enlace con el soberano francés

MadridActualizado:

Eugenia de Montijo fue Emperatriz de Francia por su unión con Napoleón III durante el Segundo Imperio (1852-1870). Sin embargo a diferencia de muchas consortes, la española no estaría a la sombra de su marido, sino que también participaría activamente en los asuntos políticos del Estado. Eugenia se convertiría en regente durante tres ocasiones, e influiría en la ambiciosa expansión imperial hacia el continente americano; donde ejecutaría dicha empresa en México.

«Eugenia tenía el sueño romántico de construir un imperio católico en el mundo occidental y así ganar la aprobación del Papa. De esta manera, comenzó el fracaso de construir un imperio a miles de kilómetros sobre los frágiles cimientos de un pueblo dividido, cuyos problemas eran poco conocidos», escribió el historiador David Duff en su obra «Eugenia de Montijo y Napoleón III» (Rialp 1981).

No obstante la bipolarización ideológica del país después de la Guerra de Reforma (1858-1861), entre los conservadores y los liberales, no hicieron precisamente de México un suelo fértil para los deseos de Eugenia y Napoleón III. De esta manera, tanto la intervención francesa como la imposición del archiduque de Austria, Maximiliano de Habsburgo, como Emperador mexicano derivaron en el desastre que contribuiría a la caída del Segundo Imperio de Francia.

«Eugenia tenía el sueño romántico de construir un imperio católico en el mundo occidental y así ganar la aprobación del Papa»

La participación de Eugenia en las decisiones políticas del Estado no siempre derivaría en glorias, como así ocurrió durante la guerra contra Prusia. La Emperatriz, ferviente católica, aconsejaría a Napoleón III que llevase a Francia al campo de batalla, solo porque sus correligionarios austríacos habían sido aplastados.

«Se dio cuenta de que, si no había ahora un levantamiento, la apisonadora prusiana plancharía a Francia y terminaría tanto con el Imperio como con el futuro de su hijo. (...) Eugenia hizo un llamamiento elocuente para que comenzase el ataque. Quizá bajó su influjo, Napoleón estuvo de acuerdo con los planes de movilización», escribió David Duff.

De esta manera, tanto la intervención en México -que terminó con el fusilamiento de Maximiliano I- como su derrota en las campañas contra Prusia provocaron la inevitable caída del II Imperio en 1870. Consecuentemente la familia se exiliaría en Inglaterra. A partir de ese momento, Eugenia sólo vería a su mundo desmoronarse después de enviudar y perder trágicamente a su único hijo el príncipe imperial Napoleón Eugenio Luis Bonaparte.

«Ejecución del Emperador Maximiliano de México», Manet
«Ejecución del Emperador Maximiliano de México», Manet - C.C

Lo cierto es que la personalidad arrolladora de Eugenia le permitió no sólo conquistar el corazón de un hombre -cuya reputación de donjuán era sabida por todos-, sino también su lugar como Emperatriz y el poder de decisión sobre las cuestiones más importantes del Estado; ensombreciendo la palabra del mismo autoritario Napoleón III.

Un hueso duro de roer

La historia de María Eugenia Ignacia Agustina de Palafox Portocarrero de Guzmán- más conocida como Eugenia de Montijo- comenzó el 5 de mayo de 1826, cuando vio por primera vez la luz en Granada; tierra que abandonaría con mucho pesar para ser la última Emperatriz de los franceses.

No obstante la pena se mitigó al convertirse en una de las grandes mujeres de la Historia. Cuya personalidad sirvió para inspirar a una leyenda entorno a ella, y a todos aquellos artistas que la inmortalizaron a través de sus versos y de sus coplas.

La ambición desmesurada de Enriqueta María Manuela KirkPatrick y sus tácticas le permitieron lograr todos sus objetivos, entre los cuales casar a Eugenia con el Emperador

Aunque estaba muy apegada a su padre, el apreciado militar Cipriano de Palafox,-Conde de Teba y de Montijo pero muy sencillo-; se dejó influir más por su madre Enriqueta María Manuela KirkPatrick, que resultaba todo lo contrario. Pero cuya ambición desmesurada y sus tácticas le permitieron lograr todos sus objetivos, entre los cuales estaba casar a su hija Eugenia con el Emperador de Francia.

«Pero mi señora María Manuela,

que en los casamientos tiene mucha escuela,

les dice a los majos con mucho primor,

mientras abre y cierra su abanico malva:

"Paca ha de llamarse Duquesa de Alba,

y Eugenia, señora de un emperador,»

reza la famosa copla de Eugenia de Montijo que inmortalizó Concha Piquer.

Después de que el Duque de Alba rechazara a Eugenia para casarse con su hermana Paca; la joven estuvo a punto de tomar los hábitos por la tristeza. Sin embargo, Enriqueta se dedicaría a planear un matrimonio aún más ventajoso que el de su otra hija.

Eugenia de Montijo
Eugenia de Montijo - ABC

La tía de Enriqueta estaba casada con Fernando de Lesseps, un importante empresario que construiría el Canal de Suez y el de Panamá. Siendo así aprovecharía la situación familiar para introducir a su hija en la alta sociedad de París, con la vista puesta en Napoleón.

Como el Emperador acababa de ser rechazado por la nieta de la Reina Victoria I de Inglaterra, a Enriqueta se le ocurrió que Eugenia podría ser la elegida. De esta manera la internó en un colegio católico en Francia -Le Sacre Coeur- y organizó para que acudiese a todos los bailes del Palacio del Eliseo.

Y aunque a Napoleón ya se le había advertido sobre su precaria salud sexual entre otros asuntos -por lo que debía darse prisa para tener un heredero- aún seguía dolido por el rechazo de Adelaida; siendo el motivo por el que únicamente veía a las mujeres como amantes pasajeras.

«El Emperador, que contaba unos cuarenta años, comenzó a sufrir numerosas dolencias médicas fruto de su vida aventurera y disipada (…) En el año 1852 el famoso médico consultor Robert Fergusson fue llamado desde Londres y tras realizar una exploración en profundidad diagnosticó «un agotamiento nervioso» que ha tenido un «impacto debilitante sobre el comportamiento sexual», explicó el historiador Miquel Córdoba García en su libro «Napoleón III: Emperador, revolucionario y masón» (Masónica 2013).

Enriqueta había ideado el más ambicioso de los planes de casamentera, pero el éxito del «proyecto matrimonial» dependía únicamente de la inteligencia y fortaleza de Eugenia.

Sin embargo Napoleón se llevaría una gran sorpresa con la personalidad de Eugenia, pues era un hueso duro de roer. Aquella aristócrata venida a menos no era ninguna presa fácil. Enriqueta había ideado el más ambicioso de los planes de casamentera, pero el éxito del «proyecto matrimonial» dependía únicamente de la inteligencia y fortaleza de Eugenia.

«Por la capilla señor»

Según relató Miquel Córdoba, el Emperador intentó por todos los medios convertirla en su amante; sin embargo la granadina no se dejaría encandilar por las promesas de tan reconocido donjuán. Y un buen día de enero de 1853, vio entre la multitud a la señorita de Montijo -como él la llamaba- para preguntarle desesperado de qué manera podía llegar a su corazón; a lo que ella le respondería con picardía: «Por la capilla señor».

Napoleón III
Napoleón III - ABC

No obstante, al final la conquista no la libró Napoleón sino la que se convertiría en su esposa. Eugenia se había ganado el respeto y la admiración del Emperador; quien pediría por fin su mano al Conde de Teba.

Posteriormente el Emperados convocó a todo su gabinete para informarles del gran paso: «Señores, inclinándome ante el deseo tantas veces manifestado por el país, vengo a anunciarles mi matrimonio. La unión que voy a celebrar no se ajusta a las tradiciones de la vieja política, esa es su ventaja».

«Es una hora triste para mí. Voy a decirle adiós a la familia y a mi país, para consagrarme exclusivamente al hombre que me ama hasta el punto de elevarme a su trono»

Ya con novia y prometido, dio un mensaje al pueblo de Francia, aunque con la intención de que resonase fuerte en Inglaterra -una especie de bofetón a la Corona británica por el desprecio de la nieta de la Reina Victoria-: «Vengo a decir a Francia: he preferido a una mujer a la que amor y respeto, a una mujer desconocida, con lo que una alianza podría tener ventajas mezcladas con sacrificios».

Por otro lado estaba la granadina incrédula de ser merecedora del amor de aquel hombre, pues por su fama se escapaba como jabón de las manos de las más finas aristócratas. Miquel Córdoba retrató en su obra los días previos al enlace real, mostrando la faceta más sentimental de la futura Emperatriz durante la correspondencia que mantuvo con su hermana Paca: «Ha sido tan noble, tan generoso conmigo, me ha mostrado tanto afecto, que todavía estoy emocionada. Ha luchado y ha vencido (…) Sin embargo es una hora triste para mí. Voy a decirle adiós a la familia y a mi país, para consagrarme exclusivamente al hombre que me ama hasta el punto de elevarme a su trono».

Los novios se casaron el 20 de Enero de 1853, y aquella granadina se convertía en la soberana de los franceses.

«Eugenia de Montijo,

que pena, pena,

que te vayas de España,

para ser reina.

Por las lises de Francia,

Granada dejas,

y las aguas del Darro,

por las del Sena.

Eugenia de Montijo,

que pena, pena.»