Fotograma de la serie Vikingos
Fotograma de la serie Vikingos

El brutal ataque vikingo a la ciudad de Sevilla y la embajada musulmana que le devolvió la visita

Los escandinavos destruyeron la mezquita de la ciudad, acabaron con la vida de muchos de sus habitantes y también hicieron esclavos. Fue la primera incursión vikinga importante en la península, la misma que terminó provocando el envío de una embajada omeya

MadridActualizado:

Si usted siente debilidad por la historia de los vikingos, esos guerreros escandinavos que se expandieron por buena parte de Europa y llegaron hasta la mismísima Bizancio, probablemente también sepa que, entre sus muchos y largos viajes por los mares que recortan las retorcidas costas del Viejo Continente, hubo varios que tuviron como destino la Península Ibérica. Sobre su paso por la piel de toro todavía existen muchas lagunas en la historiografía debido a la falta de restos arqueológicos. Sin embargo, sí que está demostrado que llegaron a pisar tierra en Galicia, Vasconia o Al-Ándalus. Al menos, eso dicen las crónicas de la época.

La historiografía divide en cuatro etapas cronológicas estos ataques. La primera comienza en el año 844, cuando, como explica Mariano G. Campo, editor del libro «Al-Ghazal y la embajada hispano-musulmana a los vikingos en el siglo IX» (Miraguano), varias embarcaciones escandinavas arribaron a causa de una tempestad al norte de la Península Ibérica. Una vez allí, y según registran los escritos de la época, llevaron a cabo varios saqueos. Sin embargo, terminaron siendo derrotados en Galicia. Tras esto, descendieron con sus naves por la costa Lusitana hasta alcanzar la desembocadura del Guadalquivir. Una vez allí, optaron por remontar el río adentrándose en Al-Ándalus. Llegaron finalmente a Sevilla, la cual saquearon en torno al mes de septiembre de ese mismo 844. Destruyeron la mezquita de la ciudad, acabaron con la vida de muchos de sus habitantes y también hicieron esclavos. Fue la primera incursión vikinga importante en la península, la misma que terminó provocando el envío de una embajada omeya al encuentro de los nórdicos.

A pesar de que, según recogen las crónicas, esta primera llegada de los vikingos a la actual España fue causa del azar, hay quien está convencido de que, sin duda alguna, los hombres del norte ya habían oído hablar sobre las riquezas y la majestuosidad de Al-Ándalus. «En sus correrías, los vikingos debían haber escuchado muchas historias sobre la riqueza y el esplendor de Al-Ándalus, la brillante corte de los Omeyas en Córdoba, el reino que en la Europa del siglo IX podía mostrar la mayor concentración de opulencia y esplendor», sostiene Eduardo Morales, autor de uno de los capítulos del libro «Los vikingos en la Península Ibérica» (Fundación Reina Isabel de Dinamarca).

Sea como fuere, los escandinavos no tardaron en ser repelidos por las tropas omeyas. Poco más de un mes después del saqueo de Sevilla fueron derrotados en batalla en Tablada. A este respecto afirma el historiador W. E. D. Alden en un artículo recogido en «Al-Ghazal y la embajada hispano-musulmana a los vikingos en el siglo IX», que «su líder y más de mil hombres fueron asesinados y cuatrocientos fueron hechos prisioneros. Treinta barcos de guerra vacíos cayeron en manos de los musulmanes». Después de esto, los supervivientes llevaron a cabo alguna que otra correría poco reseñable en territorio andalusí y en Marruecos. No se supo nada más de ellos hasta el año siguiente, y para entonces ya se encontraban en Aquitania.

Lo que ocurrió después se narra en un texto del funcionario omeya Ibn Dihya. Parece ser que algunos de los vikingos optaron por rendirse a Abd al-Rahmán II, emir cordobés entre el 822 y el 852, quien se tomó bastante en serio el ataque vikingo a sus costas. También recibió una visita de un embajador enviado por el «rey de los vikingos», quien probablemente llegó a la Península Ibérica desde Irlanda. Sobre la identidad de este supuesto monarca, Allen sugiere que pudo tratarse de un caudillo llamado Turgeis, aunque no se sabe con certeza.

El emir decidió recoger el guante y encomendar a Al-Ghazal, diplomático capaz que ya había servido anteriormente en Bizancio, la misión de remontar el Atlántico con el fin de acordar la paz con los hombres del norte. Este partió desde Silves, en la actual Portugal, con una carta de Abd al-Rahmán II y con regalos para los escandinavos. Contaba con la compañía de otros funcionarios y de la comitiva enviada por el rey de los vikingos. El viaje fue largo y especialmente duro. Parece ser que una tempestad estuvo cerca de acabar con la expedición.

No está claro cual era su destino exacto, algunos historiadores sostienen que fue Irlanda, lo que parece más razonable, no solo por razones geográficas, sino porque en el relato se afirma que la comitiva había llegado a «una gran isla» tras tres días de navegación desde Finisterre. Otros, sin embargo, creen que debió ser Dinamarca. Pero de lo que sí que ha quedado constancia en el texto de Ibn Dihya es de la impresión que causaron los musulmanes entre los nórdicos una vez llegaron a su destino: «El rey (de los vikingos) ordenó a su gente que les preparasen un buen alojamiento y envió a a un grupo de gente a recibirlos. Los vikingos se agolpaban para mirarlos y se asombraban mucho de su apariencia y su manera de vestir. A continuación fueron conducidos a sus aposentos de un modo honorable y pasaron un día allí».

Lo que resulta sorprendente del texto de Ibn Dihya, es que en este aparece recogido que los nórdicos adoraban al Dios cristiano. Algo que no era posible, ya que la conversión de los escandinavos no se había producido todavía en 845. Aún faltaban algunas décadas para que el caudillo Guthrum, después de ser derrotado por Alfredo el Grande en Gran Bretaña, renunciase al panteón escandinavo y se convirtiese al cristianismo. Esto es algo a lo que la historiografía no ha conseguido dar una respuesta suficientemente sólida, y así es como aparece recogido en el texto musulmán:

«Eran paganos, pero ahora siguen la fe cristiana y han abandonado el culto al fuego y a su religión anterior, exceptuando la gente de unas pocas islas dispersas por el mar donde aún se conserva la antigua fe, en la que se adora al fuego, se efectúan matrimonios entre hermanos y hermanas y otras aberraciones por el estilo. Los otros guerrean contra estos y los esclavizan».

La recepción

Los enviados del emir tuvieron dos días para observar con ojos curiosos a sus hospedadores antes de ser recibidos en audiencia por el rey. Según sostiene Ibn Dihya, cuando fueron llamados a su presencia, los musulmanes explicaron que no les estaba permitido arrodillarse ante nadie que no fuera el propio Abd al-Rahmán II. Los nórdicos aceptaron la demanda; sin embargo, cuando la comitiva iba a traspasar el umbral de la estancia en la que el monarca les aguardaba, se dieron cuenta de la puerta era tan baja que era imposible cruzarla sin agacharse. Ante esta situación, Al-Gahzal decidió sentarse y entrar en el salón impulsándose con los pies. «Es posible que Al-Ghazal o su séquito inventase esta historia para enfatizar el esmero e ingenio con que se había defendido la precedencia de Abd al-Rahmán en una tierra bárbara», afirma Allen en su artículo sobre la veracidad de esta historia.

Al margen de este incidente, parece ser que la reunión entre el embajador musulman y el rey transcurrió con total normalidad. Comenzaron leyendo la carta del emir, y después pasaron a entregarse obsequios. En lugar de volverse inmediatamente a Al-Ándalus, al-Ghazal aceptó la invitación extendida por los nórdicos para pasar un tiempo entre ellos. De este modo, en el texto aparece recogido como el embajador conoce a una reina llamada Nud. Parece ser que el musulmán mantuvo una muy buena relación con esta, a la que llegó a dedicar algunas poesías.

Nud realiza varias revelaciones a al-Gazhal en las que se dejan ver con nitidez algunas de las costumbres de los vikingos y su cultura pagana. Ese es el caso, por ejemplo, de un pasaje en el que la reina afirma que «los celos no existen entre nosotros (los escandinavos). Nuestras mujeres están con sus maridos sólo por su propia voluntad. Una mujer permanece con su marido mientra este le resulta agradable, pero le abandona si ha dejado de agradarle». Según sugiere el texto de Ibn Dihya, Nud pasó tanto tiempo con al-Ghazal que llegó a enamorarse de él. Sin embargo, una vez transcurridos dos meses, la comitiva andalusí deshizo el camino y retornó a la Península Ibérica.