Natividad, antes de aparecer muerta en Madrid - Juan Rada / VÍDEO: DAVID G. TRIADÓ

El asesinato no resuelto de la prostituta perturbada que apareció muerta en una tinaja

El «crimen de la tinaja», sucedido en 1969, es uno de los que más atraen a los españoles según un nuevo estudio elaborado por la app «Historias». Hoy, entrevistamos a Juan Rada para que nos cuente los pormenores de este suceso

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El cuerpo no fue encontrado en una noche oscura (¿de qué otro tipo existen?), ni estaba en un bosque de un pueblo con pocos habitantes olvidado de la mano de Dios. Aquel 13 de agosto de 1969, el cadáver de la joven Natividad Romero Rodríguez (que apenas contaba con 28 primaveras a sus espaldas cuando dejó -o le hicieron dejar- este mundo) no fue hallado en un lugar tenebroso. Por el contrario, los restos de esta prostituta andaluza (o mujer de «vida alegre», como se decía por entonces) fueron descubiertos a plena luz del día y en el centro de Madrid.

Aunque, si el momento del hallazgo no fue sórdido, sí lo fue el que su asesino depositase sus deformados restos en una gigantesca tinaja de aceite. De igual forma, fue perverso el que aquel criminal atase a la chica con su propia ropa y dejase gran parte de su cuerpo desnudo. Además, en este homicidio no hubo final feliz como el de las películas, pues el asesino de «la Nati», como era conocida entre sus amigos y clientes, jamás fue capturado y -a día de hoy- no ha pasado ni un minuto entre rejas por la abominable muerte que perpetró.

ABC
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Desde entonces ha pasado casi medio siglo y España ha vivido crímenes tan crueles y estremecedores como el « Exorcismo de Almansa». Sin embargo, parece que el tiempo no ha logrado acabar con el impacto que este asesinato provocó en la sociedad. O, al menos, así lo afirman los responsables de la aplicación «Historias» quienes -tras llevar a cabo una encuesta entre sus usuarios- han descubierto que el denominado «crimen de la tinaja» se encuentra entre los cinco asesinatos que más atraen a los españoles.

«Según los datos de “Historias”, una aplicación que pretende divulgar la historia desconocida de las ciudades, los crímenes y los asesinatos políticos de las ciudades españolas son uno de los temas que más interesa a los españoles», explican en un comunicado enviado desde la dirección de la aplicación. Aunque el asesinato de «la Nati» se encuentra ubicado en el tercer puesto (tras la muerte de Josep Albert Barret y el fusilamiento de Blas Infante) hemos decidido desmenuzar hoy aquellos sucesos aprovechando que fue uno de los primeros crímenes que narró la serie «El Caso» hace menos de un mes.

La aparición del cuerpo

Cuentan las crónicas de la época que la aparición de los restos de Natividad se sucedió el 13 de agosto. El afortunado (por así decirlo) de darse de bruces con lo que quedaba de ella fue un chico de 29 años. Un conductor del cuerpo de bomberos, para ser más exactos. Y el lugar, una alquería (un conjunto de caserones) abandonada ubicada en Madrid. Más concretamente, entre los distritos de Hortaleza y Canillejas. El lugar (llamado la «Casa de la viuda» y enmarcado dentro de la finca La Hinojosa) era en cierto modo siniestro, pues tenía una sola planta derruida, estaba lleno de pintadas de vándalos y en él las parejas solían dar rienda suelta a sus más bajos deseos.

¿Qué hacía nuestro joven allí? Al parecer, acudía habitualmente a la zona para fortalecer sus músculos de forma gratuita (el espacio no le faltaba en la alquería, al fin y al cabo). Así lo afirmó, al menos, la mítica periodista de sucesos Margarita Landi en el artículo que dedicó a esta hecho en el semanario «El Caso»: «Tenía la costumbre de ir frecuentemente al lugar aquel para hacer ejercicios físicos a fin de estar siempre en forma, como requiere su arriesgada profesión». Un informe que hoy está albergado en « Criminalia», la mayor enciclopedia web sobre crímenes escrita en habla hispana.

El bombero se encontró el cadáver dentro de una tinaja en Madrid

Juan S. Rada, director adjunto del recién reeditado semanario «El Caso» y periodista del mítico periódico en su época dorada, es de la misma opinión que Landi, con la que trabajó, Así lo explica en una entrevista a ABC, donde también señala que el bombero se encontró, casi por casualidad, con el cadáver: «Cierto día decidió mirar en el interior de una gran tinaja, cuya boca se hallaba casi a ras de suelo, porque creyó ver un cuerpo humano. Al aproximarse descubrió a una mujer muerta. Estaba cabeza abajo y con los pies asomados por el borde».

El bombero prefirió no tocar nada. Sabía que mover un solo objeto de la escena del crimen podía provocarle severos problemas con las autoridades. Su reacción, por extraña que parezca en unos momentos de tanta tensión, (y en el que la curiosidad suele picar al ser humano) fue la más lógica: llamar a las autoridades. «Fuerzas de la Benemérita institución y el juzgado de guardia se personaron poco después en “la casa de la viuda”», añadía Landi.

Una horrible muerte

Ajetreo y tensión mediante, la policía se personó frente a la tinaja que hacía las veces de improvisado y macabro ataúd. No le faltaba mucho, pues el asesino había elegido una que se encontraba semienterrada en el suelo. Y es que, aunque era un criminal, no tenía ni un pelo de tonto. Lo que los agentes encontraron en el interior les dejó helados. «Se trataba de una joven rubia de pelo teñido, que presentaba hematomas y múltiples arañazos. Su rostro amoratado y deforme mostraba que había sido golpeada salvajemente. Bajo la barbilla, sangre coagulada. Tenía los pantalones bajados hasta los tobillos y el suéter alrededor del cuello», explica Rada a ABC.

Como señaló Margarita Landi posteriormente, la fallecida presentaba una dantesca estampa. Para empezar, su cara presentaba todavía restos de maquillaje y sus uñas estaban pintadas con un curioso esmalte plateado (del mismo color que su bolso y sus zapatos). En cuanto a sus características físicas, la policía estableció que el cadáver medía un metro sesenta. «El cuerpo mostraba manchas de sangre y el cuello presentaba señales inequívocas de estrangulamiento», completa Landi.

Fotograma de la serie «El Caso» de TVE
Fotograma de la serie «El Caso» de TVE - ABC

Al hacer la primera inspección del cadáver, los agentes no hallaron ningún documento en su bolso que permitiera identificar a la víctima. Aunque sí se toparon con un curioso «regalo» que la fallecida les hizo antes de dejar este mundo: una medallita que, según algunas fuentes, llevaba al cuello (y, en palabras de otras, tenía en la boca). Esta contaba con una curiosa inscripción en la que se podía leer «Luci 13-12-1962».

Así narró ABC el domingo 17 de agosto el hallazgo de esta joya: «Parece ser que también llevaba al cuello una pequeña medalla de oro, con fina cadena, en la que había grabada una inscripción en la que se decía “Lucy, 1962”. Según fuentes no oficiales, la medalla, que podría indicar el nombre de una posible hija de la víctima, no era de ella, “aunque si acostumbraba a usarla”, dijeron dichas fuentes».

Primeras investigaciones

Tras un primer reconocimiento del cadáver, se estableció que el crímen se había sucedido entre 24 y 48 horas antes (24 según Rada y 48 en palabras de Landi). También se logró determinar que el cadáver había sido arrastrado hasta la tinaja desde un vehículo por las marcas de neumáticos que había en el caserón. Además, junto a la puerta que daba acceso al interior de la gran nave se encontraron unos restos de pintura roja, un trozo del aro metálico de un faro y varios cristales rotos.

«Se sospechó que el conductor del vehículo iba nerviosísimo cuando ya libre del cadáver se dispuso a escapar cuanto antes de aquel lugar y poner una buena franja de tierra entre la siniestra tinaja y su persona», añadía Landi en sus textos. Tras hacer un análisis de la pintura y los restos que se encontraron, la BIC ( Brigada de Investigación Criminal) determinó que el vehículo era un Renault 4-L de color rojo. El modelo usado por el asesino que hizo imposible su identificación, pues habían sido vendidos una ingente cantidad de automóviles de este tipo en España.

Una prostituta de mil caras

Huella dactilares por aquí (ya andábamos inmersos en los años 70 y la policía no andaba tan anticuada como pudiera parecer), pesquisas por allá, el Gabinete Central de Identificación ofreció una primera teoría sobre la identidad de la chica. Según sus primeras averiguaciones, las cuales avanzaron gracias a la sección de pasaportes extranjeros, el cadáver era de una norteamericana llamada Kerry Payne. «Había nacido en Venecia el 25 de diciembre de 1944, hija de Richard y de Nuria, casada, de profesión “sus labores” y de nacionalidad norteamericana», señalaba Landi en su artículo. Como junto al cadáver se encontró un texto escrito en inglés, se concluyó que era estadounidense.

Sin embargo, esta idea no tardó en ser deshechada horas después. El 17 de agosto, el diario ABC publicó que la primera identificación había sido errónea y desveló la verdad. «La víctima era realmente Natividad Romero Rodríguez, nacida en Siles (Jaén), de 28 años de edad, viuda de un militar negro, pertenecientes a las fuerzas USA, al que conoció durante su destino en Torrejón de Ardoz y que sucumbió en Vietnam. Utilizaba documentación falsa, fingía acento gringo para incrementar el interés de los hombres y acostumbraba a cambiar frecuentemente el color de su cabellera. Unas veces iba de rubia desgarrada, otras de pelirroja llamativa, a veces de morenaza», explica Rada a ABC.

La nueva identificación fue corroborada por su madre quien, tras examinar el cadáver de la joven, no tuvo dudas en que «su Nati», como solían llamarla. Pero... ¿Por qué se dijo que era norteamericana? La respuesta es sencilla. La víctima no tenía problemas en identificarse como hiciese falta si así conseguía atraer a más hombres a su lado. O más clientela más bien, pues era una mujer que, como publicó ABC, «era soltera y vivía en Madrid, donde frecuentaba habitualmente muchas salas de fiestas y cultivaba muy extensas relaciones».

Natividad se hacía pasar por estadounidense para tener más éxito entre sus clientes

Landi la define de la misma forma y añade que las ventajas que obtenía por hacerse pasar por extranjera eran cuantiosas: «Las amigas comentaron que ella tenía mucha facilidad para fingir el modo de hablar el castellano de los norteamericanos e interpretaba de maravilla el papel de “gringa que se había impuesto”, porque -según decía- los clientes le pagaban mejor sus servicios, pues “siempre viste más decir que soy norteamericana que soy de Jaén” y porque si se presentaba la Policía con la pretensión de que se identificara, al ver que era extranjera la tratarían mejor que a las demás y la dejarían marchar». En definita, que se ganaba unas pesetuelas más de esta forma, que hablando a pleno pulmón con su acento andaluz.

«Se hacía llamar Kerr Payne, Tania, Luci... Dependía del cliente de turno y de lo abultado de la cartera. Mujer ambiciosa, frecuentaba clubes de alterne y, pese a la excelente pensión que recibía mensualmente de EE.UU., acostumbraba a vender sus encantos», completa el periodista a este diario. En palabras de Rada, vivía dentro de un cosmos oscuro habitado por hampones madrileños y soldados de la base yanqui. «Si se presentaba la policía con la pretensión de que se identificara, al ver que era extranjera la trataban mejor que a las demás y la dejaban marchar”», determina el actual director adjunto de «El Caso».

Borracha, lesbiana y con problemas psíquicos

Posteriormente, las autoridades españolas descubrieron además que había pasado varios meses en prisión. Un lugar en el que era recordada por haber mantenido varias relaciones sexuales con mujeres. «Era excéntrica y camorrista, abusaba del güisqui y sus inclinaciones sexuales iban hacia las mujeres. Tenía antecedentes penales por haber intentando drogar a una menor. Estuvo ingresada ocho meses en la cárcel de Ventas. Durante su internamiento mantuvo una conducta provocativa y pervertida. Los funcionarios de prisiones tuvieron que castigarla en varias ocasiones», señala Rada en declaraciones a ABC.

Las personas que la conocían la recordaban también como una mujer que bebía demasiado, sacaba su carácter cuando estaba borracha y cobraba a sus clientes por adelantado. Landi afirma en su reportaje sobre este suceso que «la Nati» había sido internada con apenas 17 años en un centro psiquiátrico del que se escapó a los pocos meses. «Nati era una chica que, desde la infancia, había padecido cierto desequilibro mental, con tendencia a la cleptomanía, y que a los 17 años había sido internada en un centro», determina la autora. Por su parte, Rada es contrario a esta teoría: «No existe información sobre que estuviera internada en ningún centro psiquiátrico. Sus desvaríos eran consecuencia única de su exceso en el consumo de bebidas etílicas».

Un «chuloputas» y una teoría oficial

A pesar de la gran cantidad de información que se obtuvo de la joven, lo que no se logró en ningún caso fue avanzar en la investigación. Tan solo se consiguió determinar que el asaltante había acabado con ella tumbándola en el suelo, inmovilizándola con un brazo y estrangulándola con la otra mano. Pero no se obtuvo ni una pista sobre cómo se habían producido los sucesos, quien había llevado su cuerpo hasta aquel lugar, o quién diablos la había mandado de una patada al otro mundo. Nada de nada. De hecho, se detuvo a media docena de personas en menos de dos semanas que -tal y como publicó ABC- fueron liberadas en poco tiempo.

Así pasó la policía casi un año y medio, 18 meses en los que poco se avanzó a la hora de descubrir al asesino. Pero la suerte quiso que, allá por 1971, un error acabase por desvelar al presunto criminal. Corrían los fríos del mes de enero cuando, en un bar de la calle Barbieri de Madrid, las navajas salieron a relucir y alguien acabó con la vida –de un tajo bien dado en el corazón- de un tal José Antonio Sánchez Gil. Más conocido por entonces como «Pepe el Guapo». Lo cierto es que a nadie le importó demasiado su muerte ya que, como bien señala Rada, no era más que un «chuloputas» que vivía del dinero que ganaba como proxeneta y que tenía a todo Lavapiés hasta el naso por su manís de entrar en los bares, hartarse a beber, y no poner sobre la mesa ni una peseta.

El Goyo
El Goyo - Juan Rada

Su manía de largarse sin pagar fue lo que hizo que acabase bajo tierra. Y es que, cansado de perder dinero con él cada vez que pasaba por la puerta, un camarero de uno de estos bares le clavó un cuchillo de cortar fiambres en el pecho de improviso. Minutos después la policía entró en el local a porra limpia arrestando a todo aquel que se le puso por delante. Así fue como acabó entre rejas un tal Gregorio Ávila Sotoca el Goyo», un madrileño de 28 primaveras experto en sacar dinero de la noche ya fuera como proxeneta o como ladrón) quien, aunque aquel día no había hecho nada, estaba en la lista de las autoridades españolas desde hacía meses. ¿Qué tiene que ver toda esta historia con el crimen de la tinaja? Pues que, curiosamente, cuando la BIC interrogó a Ávila, este admitió ser el asesino de «la Nati».

Así explicó «el Goyo» a la BIC lo sucedido: «Conocí a la Nati el 11 de agosto en la cafetería Yulia. Estuvimos tomando unas copas y nos fuimos en mi 4-L rojo hacia la carretera de Barcelona, donde nos apeamos para seguir bebiendo. La invité a que viniera a mi casa, pero como ella se negó, nos fuimos hacia Barajas hasta un descampado, junto a la “casa de la viuda”. No llegamos a un acuerdo. Ella se reía de mí, me encolericé, le eché las manos al cuello y apreté. Primero me pareció que estaba desmayada y le golpeé en la cara, gritándole para que volviera en sí, luego vi que estaba muerta». Posteriormente, viendo que la vida la había abandonado, le quitó todo aquello que tenía de valor y la metió en la tinaja. El presunto asesino, incluso, habló del golpe que había tenido al salir y la rotura del faro de su vehículo.

El juicio final

Todo parecía terminado, y así lo hicieron saber los medios de comunicación. Sin embargo, el caso dio un giro brutal cuando, durante el juicio, el acusado dijo la siguiente frase: «Yo no lo maté». La justicia dictaminó aquel día que no había suficientes pruebas como para meterle entre rejas, así que quedó libre.

«De entrada se cubrió el expediente culpando del asesinato a Gregorio Ávila Sotoca, "el Goyo", un chulo dado a los malos tratos con las mujeres. Tras que dicho macarra quedara absuelto de la autoría del crimen las sospechas apuntaron hacia algún fornido militar negro de la base norteamericana de Torrejón de Ardoz. Pero el régimen decidió correr un tupido velo para evitar complicaciones a nivel diplomático. Eran años de excelente relación con Washington», añade Rada.

¿Quién fue el asesino de esta prostituta? A día de hoy se desconoce, aunque Rada tiene su propia teoría: «A raíz de la detención del Goyo se dio el asunto por resuelto. Con ello se perdió un tiempo muy importante para descubrir al verdadero autor del crimen. Aún la Policía sigue manteniendo que dicho sujeto fue el asesino, pero la justicia dijo lo contrario. Las sospechas apuntan a que se quiso evitar roces con el Gobierno de Estados Unidos».