1 de octubre, Día Internacional de las Personas Mayores

«¿Qué hacemos con papá?» Cuando ser mayor se convierte en preocupación

Muchas familias se enfrentan cada día con la difícil decisión de cómo atender a sus mayores que viven en soledad

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Uno nunca está preparado para ver a sus padres envejecer. Es duro comprobar cómo las personas vitales e independientes que te han acompañado durante toda la vida comienzan a perder facultades físicas y mentales. Llega un momento en el que ya no es posible mirar para otro lado, y admitir que tu padre o tu madre ya no pueden vivir solos, que necesitan ayuda, es tal vez uno de los momentos más difíciles de la edad adulta.

De repente te ves abocado a tomar decisiones sobre su futuro que en muchos casos llegan a doler en tu conciencia. ¿Qué hacemos con papá? Nuestras vidas hoy día son demasiado complicadas, nuestras casas están llenas y nuestras agendas no digamos, por lo que hacerse cargo del cuidado de una persona mayor se nos presenta como una tarea imposible. Y si además vivimos en otra ciudad y tenemos que gestionar esta nueva situación desde la distancia, la cosa se complica aún más.

Pero el problema está ahí, debemos tomar el toro por los cuernos, y empezamos a barajar todas las alternativas posibles. Llevárnoslo a casa es, ya lo hemos dicho, muy difícil de gestionar. ¿Una residencia? Seguramente sería la opción más drástica, pues muchos mayores lo perciben como una manera de «desentendernos» de ellos. ¿Un centro de día? Ya, pero por la noche seguiría estando solo en casa… Entonces llegamos a la conclusión de que, probablemente, la mejor solución es contratar a alguien para que venga a cuidarle a casa.

Pérdida de intimidad

Según estimaciones de Felizvita, extraídas de datos estadísticos que maneja el sector de los servicios sociales y asistenciales, más del 80% de las personas mayores que presentan algún grado de dependencia y requieren de asistencia personal prefieren ser atendidas en su domicilio. Incluso, en un primer momento muchas de ellas tampoco lo encajan bien: tener alguien «metido en casa» supone una pérdida de intimidad, de independencia. Pero una vez lo aceptan, lo prueban y comprueban cómo mejora su calidad de vida con la presencia de un cuidador que se preocupa por hacerles la vida más fácil, todo comienza a asentarse, ellos se relajan y nosotros, sus hijos, recuperamos la tranquilidad.

Está demostrado que, para una persona mayor, el hecho de poder quedarse en su casa de siempre, en su entorno conocido, en su zona de confort, pero con todas sus necesidades cubiertas (tanto en lo que respecta a los cuidados personales como a las tareas domésticas, y por qué no decirlo, también al hecho de estar acompañado y no sentir la soledad), es la manera más amable de hacer frente a una situación de dependencia. Los cuidadores llegan a convertirse en una pieza fundamental para la estabilidad familiar, y los mayores les perciben como un miembro más de la familia.

La clave está en acertar con el asistente adecuado. No vale cualquiera. «La persona que elijamos va a cuidar a alguien muy importante para nosotros. Queremos que lo trate bien, que le atienda con cariño, que tenga la preparación para cubrir todas sus necesidades y que no le falte de nada. Y que nos inspire confianza, y que conecte con el carácter de nuestro padre, que no siempre es fácil de llevar… Y que no nos vaya a dejar tirado de un día para otro», asegura Guillermo Molina, director general de Felizvita.

Por todo ello, la elección del cuidador es un proceso delicado, y hay muchas familias que optan por recurrir a empresas de servicios que se encarguen de facilitarles los candidatos que cumplan una serie de requisitos; que respondan por ellos, garanticen la calidad asistencial recibida y aseguren la cobertura cuando la persona elegida disfrute de sus descansos, sus vacaciones o se enfrente a contingencias comunes.

Afianzar la confianza

«Como expertos en servicios asistenciales a domicilio —apunta Guillermo Molina— tenemos claro que la clave para construir una relación de éxito entre el mayor y su cuidador radica en que éste sea capaz de comprenderle, de esforzarse por conocerle, de respetar su pudor, de afianzar su confianza en sí mismo y, en definitiva, de tratarle como le gustaría que trataran a su propio padre. Por ello, creemos que, aunque la experiencia y la preparación son importantes, la vocación lo es mucho más. Lo técnico siempre se puede enseñar, se puede adquirir, pero lo emocional, no».

Explica que dedicarse a cuidar a personas mayores es un trabajo tan delicado y complejo como necesario en nuestra sociedad, y «quien elige esta profesión ha de tener un espíritu vocacional de servicio a la comunidad y una calidad humana que le permita desempeñarlo con amabilidad y con cariño, a pesar de las dificultades», concluye.

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