«El Yaqui» y su hijo «El Chule», del clan de Los Visita - ABC

«El Yaqui» y su hijo «El Chule», los dos fugitivos del crimen del Pozo del Tío Raimundo

La Policía busca al padre y al hijo de la familia, del clan de Los Visita, señalada por el asesinato de Paco

MadridActualizado:

Cuando el pasado domingo un conocido miembro del clan de Los Visita asestó una puñalada mortal en el cuello a Francisco D. C., de 64 años, a las puertas de su vivienda, en el número 12 de la calle de Esteban Carros, nadie podía imaginar que la dictadura de terror perpetuada por esta familia, de etnia gitana, en el Pozo del Tío Raimundo, estaba a punto de saltar por lo aires. Cuatro días después del inexplicable asesinato, cometido tras una discusión por las «cacas de los perros» de la familia del fallecido, el vecindario mantiene la sublevación contra los que durante el último cuarto de siglo se han considerado los «amos» del barrio, huidos desde el suceso y repudiados por todos los que hasta entonces ni siquiera se atrevían a mirarles a la cara. Con la zona convertida en un violento polvorín, la Policía trata de dar con el paradero de D. C. A., alias «El Yaqui», y su hijo, J. C. B., «El Chule», situados, ambos, en la escena del crimen.

A pesar de que en los foros y grupos de WhatsApp, la foto del más joven circula como el presunto culpable, testigos oculares apuntan al padre como el autor de la fatídica cuchillada. «La gente está dando por buenas las habladurías sin saber nada de lo que ha pasado», apuntaba ayer un allegado de Los Visita. Los investigadores mantienen la calma, conscientes de que la detención del supuesto asesino es solo una cuestión de tiempo. Aunque en estos casos, se antoja fundamental la mediación del patriarca del barrio para conseguir que el implicado se entregue, lo cierto es que los habitantes del Pozo tienen claro que el clan señalado no respetaba su «autoridad» desde hacía bastante tiempo.

Después de tres días de fuerte tensión, en los que la turba vecinal llegó a quemar un camión de la familia, apedrear varios de sus vehículos y lanzar todo tipo de objetos contra la vivienda, además de realizar pintadas amenazadoras en la fachada e, incluso, tratar de prender una sábanas amontonadas en la puerta que da acceso al patio trasero, los agentes de la Unidad de Intervención Policial (UIP) -más conocidos como «antidisturbios»- tomaron ayer la determinación de cerrar la plaza donde mataron a Francisco, convertida en el epicentro de las concentraciones. Fuentes policiales confirmaron a ABC la intención de frenar cualquier conato de revuelta, ante la peligrosa presencia de radicales ajenos por completo al vecindario.

El clan de Los Visita, apodados así por el nombre de su matriarca, Visitación A. H., fallecida unos dos años atrás, está formado actualmente por medio centenar de personas: 13 hermanos, descendientes directos de Visitación, y sus parejas, hijos y nietos. En el 18A de Esteban Carros, además de los dos miembros buscados, residían dos de los hermanos del «Yaqui» -aunque uno estaba solo de paso- y sus respectivas familias.

Encima de ellos, Luis Miguel y Laura, han sido los principales perjudicados por el daño colateral de las manifestaciones. «El miércoles por la noche tomamos la decisión de que nuestros hijos y mi suegra se fueran unos días de casa», explicaba él ayer por la mañana, cansado de observar desde su ventana el descontrol de los exaltados: «Han caído adoquines dentro de la terraza. Entiendo que la gente salga a la calle, yo el primero, pero en este bloque hay vecinos que solo quieren vivir en paz».

Una paz que Los Visita arrebataron a los habitantes del Pozo cuando se trasladaron desde el antiguo poblado chabolista de Pies Negros, también en el distrito de Puente de Vallecas. En su nuevo destino, comenzaron con el negocio de la fruta hasta el punto de tener una amplia cuadrilla a su disposición para repartir y vender el género en los mercadillos de la zona. Sin embargo, la prosperidad económica de la familia, sostienen en el enclave, está relacionada con el menudeo de droga. «Aquí, de toda la vida, siempre han mandado ellos y el clan de Los Gordos», advertía una residente veterana. «Pero ahora se tendrán que ir», proseguía en tono calmado, quizá sabedora de que los «amos» del barrio aún no han dicho su última palabra.