El presunto asesino, Francisco G., y la víctima, Adalid V.
El presunto asesino, Francisco G., y la víctima, Adalid V.

Crimen machista en Ciudad Lineal: Un calvario en su propia casa

La dos niñas que vieron a su padre asesinar a su madre han vivido atrapadas en un infierno que continúa

Madrid Actualizado: Guardar
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Tienen 8 y 10 años, pero a pesar de su temprana edad ya conocen el lado más oscuro de la vida. De hecho, lo han vivido en su propia casa. Se trata de las hijas de la última mujer asesinada por su pareja, la joven paraguaya Adalid V., de 31 años. Francisco Giovanny M. C., de origen ecuatoriano, de 43, la cosió a cuchilladas en el portal de la casa familiar delante de las hijas de ambos. Lo reconoció ante el juez.

Fue el martes al filo de las 18.40 horas en el número 15 de la calle de Juan Pascual de Ciudad Lineal. Él la estaba acechando desde ella decidiera cortar por lo sano hace un par de semanas. ¿El motivo? Cada vez que él se emborrachaba, discutían y la maltrataba, pero de puertas para afuera «era un bendito». Adalid le echó de casa y le quitó las llaves, harta de la situación que soportaba desde que empezó a convivir con él hace más de una década.

Una década de calvario ya que, de hecho, la mujer interpuso cuatro denuncias en ese periodo y él fue detenido una vez por quebrantar la orden de alejamiento. Sin embargo, ella le acababa perdonando una y otra vez envuelta en esa tela de araña que impide ver la realidad en toda su crudeza. La relación tormentosa seguía mientras las niñas, las otras víctimas de esta tragedia, crecían. La primera denuncia la puso Adalid en el cuartel de la Guardia Civil de Navalcarnero, municipio en el que residían. Fue en octubre de 2009. Ya había nacido la hija mayor. El juez interpuso como medida cautelar una orden de alejamiento por espacio de dos años a la espera del juicio. Francisco quebrantó esa medida en enero de 2011. Fue detenido, pero cuando se celebró la vista oral resultó absuelto y la medida cesó.

La pareja no llegó a interrumpir la relación, trufada de idas y venidas, por lo que en mayo de ese año Adalid volvió al cuartel. Ya tenían dos hijas. Las últimas dos veces lo hizo ante la Policía Nacional en 2015 y 2018 en Madrid capital, donde se mudaron. Empujones, vejaciones e insultos fueron los hechos denunciados. La víctima no quiso que le pusieran ninguna medida de protección, relatan fuentes jurídicas. En vista de la situación y de que la víctima no quería seguir adelante con el proceso legal, no se consideró la situación de riesgo. Se equivocó. Su calvario seguiría. Y el de sus niñas.

Las niñas no abrían la puerta de casa. Temían que fuese su padre. «¿Le han detenido?, preguntaban

Ella, alegre y trabajadora, trataba de llevar una vida normal al margen de su pareja, con el que compartía techo. «Siempre estaba con sus niñas», decían los vecinos que no recordaban haber visto a los cuatro juntos. Eso sí, les era imposible no oír las broncas y los lloros de las crías cada vez que Francisco llegaba borracho a casa y arremetía contra Adalid. Hasta que ella dijo basta.

Sin perdón

Él estaba como perro sin amo. Merodeaba por la zona, de bar en bar. Decía que buscaba una habitación. Llevaba unos días sin ir a trabajar. El martes, cuando vio a su mujer en el portal la atacó con un cuchillo de cocina. Fue una encerrona. Se lo clavó, al menos, una decena de veces en el pecho y en el tórax, según el resultado de la autopsia. «¡Suban. Suban!», ordenó a sus hijas en la escena del crimen cuando estas trataban de evitar lo inevitable.

La menor llamó a Emergencias. Encerradas en casa, pedían a gritos ayuda por la ventana: «¡Por favor, salven a mi mamá!». Los vecinos temían que cayeran al vacío. «Tenían medio cuerpo fuera». Todo se llenó se sirenas. Aterrorizadas, no abrían la puerta. Temían que fuese su padre. Preguntaban:«¿Le han detenido?».

Está en prisión. Le han retirado la patria potestad y no podrá comunicarse con ellas. Ahora la niñas están con sus tíos en tratamiento psicológico. Sus abuelos llegaron desde Paraguay para cumplir el deseo de su hija: «Si muero en España que me incineren ahí».