Vídeo: El narco gallego Sito Miñanco, detenido - ABC / ATLAS
PERFIL

Sito Miñanco, el narco que nunca dejó de serlo

Natural de Cambados, es uno de los nombres clave para entender el tráfico de tabaco y cocaína en la Galicia de los noventa. Condenado por la Audiencia Nacional en dos ocasiones, estaba en libertad desde 2015 y trabajaba de vigilante de un párking en Algeciras, donde fue detenido este lunes

SANTIAGOActualizado:

Sito Miñanco forma parte del imaginario colectivo de la Galicia que con mayor crudeza padeció el tráfico de drogas en los noventa. Su nombre, junto a los de Laureano Oubiña o el clan de los Charlines, copa el frontispicio de los narcos gallegos de una época marcada por la exhibición de poder y riquezas mientras la sociedad padecía las trágicas consecuencias de los estupefacientes. Miñanco, nacido José Ramón Prado Bugallo en 1955 en Cambados, una de las capitales de la cocaína en la ría de Arousa, ha exhibido una reincidencia contumaz: casi a cada salida de prisión ha respondido con una nueva detención en operativos antidroga.

Prado Bugallo forma parte de esa generación de narcotraficantes que adquirió destreza como conductor de lanchas y planeadoras en la década de los ochenta con el contrabando de tabaco. Se preciaba de ser el piloto «más rápido de la ría». Se había subido a la lancha después de ejercer como mariscador furtivo. El conocido como «winston de batea» lo hizo rico. Aprovechando la transigencia social del momento, no solo no fue señalado, sino que se convirtió en una personalidad en su pueblo. El tabaco no mataba a nadie, y él redirigió parte de sus ingentes beneficios en el club de fútbol en el que militó de joven, el Juventud de Cambados. A punto estuvo de hacerlo ascender a Segunda División en 1989. Contaba con el respaldo de sus vecinos, que no podían creer que aquel benefactor tuviese las manos manchadas de fariña, por más que exhibiera una fortuna desmedida en forma de coches de lujo y vida opulenta. Llegó a pagar de su bolsillo la rehabilitación del altar y el mobiliario sacro de una iglesia de su pueblo. La historia de Pablo Escobar guarda algunas semejanzas. Entre ellas Colombia, el país de origen de la coca que entraba a espuertas por Arousa.

Efectivamente, había algo más que tabaco en las lanchas de Miñanco. Ya a comienzos de los ochenta había sido condenado a prisión por el contrabando de cajetillas, y en la prisión de Carabanchel tejió sus primeros contactos con narcos sudamericanos. Él tenía la destreza y la capacidad de burlar la vigilancia de la costa gallega para introducir en Galicia la droga procedente de Colombia y moverla por España y Europa. No eran un mero transportista sino que se convirtió en socio de los cárteles de Medellín y Cali. Era un salto exponencial.

Miñanco, en los noventa
Miñanco, en los noventa - ABC

En 1990, Prado Bugallo es señalado en el marco de la «operación Nécora» dirigida por el entonces juez Baltasar Garzón pero se fuga a Panamá y no se le detiene y encarcela hasta siete meses después en Madrid. Su condena en 1994 es de veinte años por un alijo de 2,4 toneladas de cocaína. Por aquel entonces se divorcia de su segunda mujer, Odalys Rivera, una panameña con fuertes lazos con las redes de narcotráfico en su país, el refugio de Miñanco.

Detenido durante un permiso

En el primer permiso que obtiene, en 2001, vuelve a ser detenido en otra operación internacional contra el tráfico de drogas, que se incauta de cinco toneladas de hachís. El operativo, que tiene lugar en aguas de la Guyana Francesa, implica a efectivos del GEO de la Policía Nacional, la DEA estadounidense, la policía montada del Canadá y la marina gala. Juzgado por la Audiencia Nacional en 2004, se le sentencia a 16 años de prisión. Prado Bugallo es detenido en un chalé de Villaviciosa de Odón (Madrid), desde donde supervisaba el trasvase de droga de un barco a otro en aguas caribeñas. Los investigadores —y sus más estrechos colaboradores— siempre destacaron en Miñanco su incapacidad para delegar en otros, lo que siempre lo situaba demasiado cerca de la acción.

Lejos de abandonar el mundo del narcotráfico, en 2010 la justicia vuelve a acusarlo, en esta ocasión de blanquear a través de su primera mujer —así como otros familiares y varios testaferros— los beneficios de la droga, mediante la compra de propiedades inmobiliarias en las Rías Baixas. Este caso está todavía pendiente de juicio en la Audiencia de Pontevedra.

En junio de 2015, cumplidos las tres cuartas partes de la segunda de las condenas por narcotráfico, el juez de Vigilancia Penitenciaria de la Audiencia Nacional autoriza su excarcelación de la prisión de Valladolid —tras haber pasado por los penales de Huelva o Herrera de la Mancha—, donde se encontraba preso, para que pueda completar su reinserción en la sociedad, aceptando una oferta laboral vinculada al sector de la construcción. Como factores a favor de su salida de prisión, el juez destacó «la antigüedad de los hechos delictivos, el avanzado estado de cumplimiento de la condena, la buena conducta penitenciaria, el buen uso de los permisos de salida y su apoyo familiar».

El magistrado, eso sí, le impuso la condición de que no regresase a Galicia, donde un año antes, paradojas de la vida, le habían ofrecido un trabajo como supervisor en unas bateas en la ría que tan bien conoce. Al borde de la sesentena, volvía a pisar la calle. Lo último que se supo de él es que trabajaba de vigilante de un aparcamiento en Algeciras —propiedad de un antiguo abogado— y dormía en un centro de reinserción social, a la espera de que este 2018 rematara con el cumplimiento de su segunda condena.

La de este lunes es la tercera detención de Prado Bugallo como protagonista de una red internacional de tráfico de estupefacientes. Su reinserción, como vaticinaba hace años Carmen Avendaño, una de las madres contra la droga en la Galicia de los ochenta, «era un paripé». Sito Miñanco no ha vuelto, porque en realidad nunca se fue.