RADIOGRAFÍA DEL NARCOTRÁFICO EN GALICIA (I)

El negocio de la droga cambia de reglas

Del alarde de los antiguos reyes de la coca a la discreción de los nuevos narcos; de los alijos de varias toneladas a «bacaladas» más prudentes. Éstas son las nuevas reglas del juego del tráfico de droga en la costa gallega

Santiago Actualizado: Guardar
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Hablar de narcotráfico en Galicia sigue siendo tabú. Los vecinos de las localidades que la marea blanca bañó en la década de los 80 y los 90 suelen pasar palabra cuando se les pregunta por el tema, amenazados por un fantasma que continúa presente, y quienes luchan a diario para blindar la costa gallega de la entrada de alijos son celosos con la realidad que miran cada día. No es fácil asomarse a la trastienda de este negocio y aquellos que acceden a sincerarse responden con una media sonrisa a la pregunta clave: «¿Se puede acabar con el narcotráfico?» El agente interpelado se toma su tiempo y responde que «eso es imposible». «Siempre que haya demanda habrá oferta y siempre habrá alguien dispuesto a arriesgarse porque el beneficio es mucho. Para nosotros es un toma y daca», ejemplifica.

El toma y daca del que habla este efectivo bregado en la lucha contra el narcotráfico en la Comunidad pone límites a una gangrena que obligó a la sociedad gallega a revelarse ante la impunidad con la que los primeros narcos manejaban su suculento descubrimiento. Pasados los años, la radiografía denota un cambio notable. La enfermedad persiste, pero la fotografía no es la misma. El primer mito en caer es el de los grandes clanes de la droga. Al margen de algunos herederos que siguen vinculados al negocio, familias como los Charlines o los Oubiña han dejado de ser los reyes de la coca para dar paso a líderes más discretos y anónimos, pero igual de poderosos.

Derribando mitos

Los investigadores también echan por tierra la creencia de que el narcotráfico en Galicia se puede estratificar por clanes que van de norte a sur. «Es muy gráfico, pero no funciona así, suena a narcotráfico de colegio. En el tiempo que llevo en esto he tocado alguno de esos clanes, pero muy por encima, y sin embargo hemos tenido multitud de operaciones con buenas cantidades de droga incautadas», relata un interlocutor con una década de seguimientos a sus espaldas. A la hora de trazar el perfil de nuevo narco —y del que ha sabido mimetizarse— son básicos dos factores. El traficante de cocaína actual ya no alardea de su dinero y no toca la droga. Además, suelen contar con un entramado de empresas pantalla que les otorgan una cara legal. A nivel operativo, las cosas tampoco son iguales. Diversas fuentes consultadas coinciden al señalar que los gallegos han pasado a ser transportistas. Su conocimiento de los recovecos del caprichoso trazado de la costa de la Comunidad y su capacidad para introducir la droga tierra adentro son el motivo por el que las grandes organizaciones los contratan. «Es que hacen muy bien su trabajo».

El número de agentes que se dedican a la lucha contra el narcotráfico en la Comunidad gallega —entre equipos contra el crimen organizado y unidades antidroga— suma unos 130 efectivos. Una cifra insuficiente para plantar cara a un negocio que mueve cantidades ingentes de dinero, dentro y fuera de las fronteras galaicas. Es cierto que el negocio se ha diversificado para sobrevivir, que Galicia ya no es la única puerta de entrada de la droga en Europa y que la presión policial arrincona, pero el triángulo que tiene como vértices Vilagarcía, Cambados y la Illa de Arousa sigue siendo uno de los lugares de España donde más delicado es trabajar. Poco importa que seas un agente de paisano, porque los avisadores de los narcos te pueden «levantar». O lo que es lo mismo, que nada más poner pie en la costa alguien advierte de esa presencia non grata. Los efectivos dedicados a esta ardua labor explican, sin perder la sonrisa, que han sido fotografiados «por los malos» y sus caras han aparecido en registros domiciliarios, que se han hecho con sus matrículas y que hasta han llegado a sorprenderlos en algún seguimiento. «Unas veces ganamos y otras no», asumen con la deportividad que concede el jugarse el tipo en operativos que se prolongan durante meses y en los que el horario laboral es de 24 horas. La evolución que se ha vivido en la última década, modificando por completo el tablero de juego, también afecta a dos cuestiones claves para un narco: el cuánto y el cómo. A la primera de la preguntas los nuevos jefes de la droga responden con cautela. Aunque con excepciones conocidas, las grandes operaciones que pretendían la entrada de droga en Galicia de grandes toneladas de cocaína han ido disminuyendo en favor de alijos más prudentes y fáciles de manejar. Los datos que la Policía maneja dan buena cuenta de ello.

La cuestión del cómo refiere múltiples respuestas. De las omnipresentes planeadoras, que siguen formando parte del negocio, al acceso a través de contenedores de puertos como Marín o Vigo, los narcos lo testan casi todo. En el caso de elegir la entrada de la droga a través del contenedor, el traficante puede contar con un contacto en el puerto que le facilite la labor, o no. Ésta última opción consiste en esconder la droga con mercancías legales sin que sus propietarios lo sepan y recuperarla antes de que el destinatario la abra. En el mundillo se conoce como «Rip Off» o «Gancho Ciego» y es una técnica que está ganando terreno sobre todo porque son pocos los empresarios que lo denuncian pese a que sus contenedores han sido forzados.

Regreso al vis a vis

La tecnología es otra de las bazas que los narcos actuales han sabido aprovechar. Amparados en la actual ley de comunicaciones, se parapetan en chats, whatsapps o juegos para comunicarse sin ser visto ni oídos. «Eso requiere de nosotros un esfuerzo extra porque a veces nuestros medios son obsoletos», explica un agente dedicado a desmantelar este tipo de comunicaciones. Quienes trabajan a pie de calle, sin embargo, anotan que el gran traficante ha vuelto al origen, al vis a vis, a aquello de que tres solo pueden guardar un secreto si dos están muertos. Este cara a cara, en el que suelen cerrarse los tratos más importantes, obstaculiza la labor de los investigadores que dedican meses enteros a tirar del hilo.

«Una investigación de calado, con todo atado, son como mínimo 7 meses y tienes que tener claro que la iniciativa siempre la tienen ellos. Nosotros trabajamos con la décima parte de las páginas de un libro, y tenemos que desentrañar la historia. El narcotráfico de manual, ese de los Panaderos, de los Burros o de los Lulús lo conoce todo el mundo. Esto es otra cosa. Tú a mí dame lo real y el resto déjalo para los artículos», narran los que entran hasta la cocina para coger al narco por el brazo y decirle «estás detenido». «Y no suelen responder mal, ellos saben lo que hay y que las condenas son parte de este negocio», aclaran antes de retomar una partida que nunca acaba.