Lazos amarillos en el Parlamento catalán
Lazos amarillos en el Parlamento catalán - EFE

La enésima pantomima

El mayor agravio del procesismo fue ir de farol para explorar cínicamente los límites y terminar negociando a hurtadillas la entrega final, arrodillados

BarcelonaActualizado:

Hay un tipo de matrimonio, muy del Ensanche barcelonés, que pasea desde hace más de un año con un lazo amarillo en la solapa. Cuando bajan por el Paseo de San Juan se sienten observados, y les gusta serlo, si bien no se lo dicen. Creen que el lazo les otorga una distinción, un haber formado parte de la Historia. De este sentimiento, comprensible en cierto modo, e inédito en su vida trivial de hasta entonces, nace una superioridad–sobre todo moral, y tal vez intelectual–que eleva su paseo tan pomposo.

El problema del independentismo no es que tenga políticos presos, irónicamente encarcelados en prisiones de la Generalidad; es que sus votantes no quieren entender que los llamados líderes del procés acataron el ordenamiento jurídico vigente–y por lo tanto español–antes de ni siquiera contemplar la posibilidad de defender los resultados del supuesto referendo, en su lenguaje, vinculante.

El problema es que desde 2012, y con la connivencia de toda clase de medios propagandísticos, de políticos, de periodistas y tertulianos que viven del procés, lo que estos líderes han pretendido es ahuyentar paradójicamente a la gente de la independencia, considerándola una idea implícitamente inalcanzable sin una dosis de violencia explícita–en efecto imprescindible, pero que nunca estuvieron dispuestos a asumir. Esta lógica constante ha inducido a sus votantes al razonamiento de que un proceso como éste nunca debería suponer ningún drama para nadie. Y por consiguiente, la aparición del uso afectado del lazo convierte en Cataluña–y solamente en Cataluña–los pavores del catalanismo político en un pretexto ridículamente ostentoso, y aún más pintoresco, para evitar un combate tan indeseable como inevitable si en realidad se quiere la independencia y no sólo se desea.

La mayor ofensa con la que el procesismo insultó tanto a España como a los independentistas de buena voluntad no fue convocar un referendo ilegal, ni tan solo declarar retóricamente una independencia improvisada. El mayor agravio fue ir de farol para explorar cínicamente los límites y terminar negociando a hurtadillas la entrega final, arrodillados. Si el 1 de octubre puso al Estado en una situación muy delicada, la bajeza procesista de los días que siguieron lo reforzó hasta consolidarlo en una victoria que ni él mismo habría podido soñar.

Junqueras, nuevamente cabecilla del procesismo, es en realidad tan avalista de la unidad de España como lo es el presidente Sánchez, o como lo fue en su momento el presidente Rajoy. Puede resultar sorprendente para algunos, inquietante para otros. Es evidente sin embargo que el sistema de partidos que abarca VOX hasta ERC está concebido dentro del marco español. Entonces todos los partidos en cuestión se convierten en aparatos a su servicio; es decir, imposibilitan–o mejor: garantizan–la unidad territorial. Es por eso que mientras el desafío catalán esté en manos de los viejos partidos nacionalistas, la unidad de España permanecerá inquebrantable, pese a voces desafiantes y apenas creíbles que amenacen con romperla.

Si el matrimonio del Ensanche anhelara la independencia de Cataluña a toda costa, no llevaría el lazo con tal orgullo. Ese andar altivo, la mirada del demócrata, revela efectivamente que “oferiu flors als rebels que fracassaren” es la máxima que el entorno procesista ha acuñado y con la que ahora teatraliza debidamente, como marca la costumbre. Y una gran parte de la ciudadanía ha aceptado la falacia–¡rebeldes de pura filfa!–a fuerza de olvidar a placer la traición de los políticos en los que confiaron.

Como cualquier otra comunidad, la ciudadanía catalana se verá siempre reflejada en sus políticos. En el caso de los independentistas, sus dirigentes son perfectamente calcados a los noblísimos votantes cuyos intereses dicen representar. Y entre muchos rasgos comparten un sintomático denominador común: la media semana que tardaron para acomodarse en el lazo. La enésima pantomima ha sido tintada de victoria moral, que saben verdaderamente absurda, y sus recelos de amarillo chillón en las solapas.