Una de las grandes estancias excavadas en la roca en La Cava
Una de las grandes estancias excavadas en la roca en La Cava - Miguel Ángel Valero

Los enigmas del mayor edificio íbero de España

El yacimiento arqueológico de La Cava, en Garcinarro (Cuenca), oculta una serie de interrogantes que un grupo de arqueólogos está sacando a la luz

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Hubo un tiempo en el que algunos pobladores de lo que hoy conocemos como España se caracterizaron por ser grandes agricultores y guerreros gracias a la introducción del hierro en los aperos de labranza y en las armas que usaban. Pero estos dos colectivos sociales no eran los únicos que destacaban, ya que los artesanos que fabricaban esos objetos y los religiosos —principalmente las mujeres sacerdotisas— eran otros de los grupos destacados de la sociedad de los pueblos íberos.

Estos pueblos íberos habitaron, sobre todo, en el centro, este y sur de la Península Ibérica durante la Edad del Hierro, es decir, un periodo que va desde el siglo VII hasta el I a.C. Sus pueblos y ciudades, por lo general, estaban amurallados y se situaban en montes que les facilitaban la defensa y desde donde se podían dominar las áreas de cultivo. En estas poblaciones no se han encontrado templos, pues profesaban la religión naturalista, que acostumbraba a desplazar los ritos religiosos a santuarios alejados de los núcleos poblacionales.

Este tipo de edificios son los que un grupo de arqueólogos está sacando a la luz este verano en el yacimiento de La Cava, que se ubica en la localidad conquense de Garcinarro —de poco más de cien habitantes—. Miguel Ángel Valero, el director de las excavaciones que desde hace cinco años se están llevando a cabo en este lugar, explica a ABC que aún se desconoce el significado de esta edificación tan singular y llamativa que han encontrado.

«Puede ser un lugar de almacenamiento o de culto», asegura el también profesor de Historia Antigua de la Universidad de Castilla-La Mancha, que junto con su equipo está buscando paralelismos y casos similares. Pero, lo que queda claro es que se trataría de un edificio destacado, quizá el mayor de época íbera, «por la energía empleada en la ejecución», subraya.

Fue Antonio Fernández Odene, el anterior alcalde de Valle de Altomira —municipio de la Alcarria conquense dentro del que se encuentra, junto con otros dos pueblos, Garcinarro—, el que puso en preaviso a los arqueólogos ya en 2014. Debido a su interés por la historia y la arqueología, durante mucho tiempo estuvo llamando la atención sobre lo que allí podía haber. El entonces regidor conoció a Miguel Ángel Valero al tener constancia de la carta arqueológica de este yacimiento.

Carta arqueológica

Al saber los resultados que dio esa carta arqueológica, el entonces alcalde de Garcinarro se mostró desde el principio partidario por que se trabajara en el yacimiento. Muy poco tiempo después comenzaron las excavaciones gracias a la iniciativa del mismo Fernández Odene, ya que fue él quien movió cielo y tierra para conseguir la primera línea de ayudas procedente del Fondo Europeo de Desarrollo Regional (Feder).

Otro de los espacios del yacimiento arquelógico de La Cava
Otro de los espacios del yacimiento arquelógico de La Cava - Miguel Ángel Valero

Esos primeros trabajos arqueológicos y la primera campaña de excavaciones que posibilitó la inversión de la Unión Europea comenzó a dar sus frutos. Algo que queda claro en los numerosos materiales y descubrimiento de espacios aparecidos en el yacimiento datados en diferentes épocas de la historia.

Aun así, Fernández Odene, que ha sido alcalde de Garcinarro durante 16 años hasta el pasado mayo, recuerda a ABC que tuvieron que esperar para poder comenzar a trabajar en el yacimiento, ya que el terreno donde se ubica no es de propiedad municipal, sino que pertenecía a un particular. Afortunadamente, esta persona colaboró desde un principio y se realizó una permuta de una finca pública de labor de cinco hectáreas por la parcela que ocupa La Cava.

Lo que en el pueblo sí tienen claro es que el yacimiento de La Cava ha conseguido, por lo pronto, situar a Garcinarro en el mapa y que se hable de ello. Desde que se han conocido los resultados de los trabajos arqueológicos han sido numerosos los medios de comunicación que se han hecho eco y muchos los curiosos y apasionados de la historia que se dejan caer por la zona para ver con sus propios ojos la grandeza de estas grandes estancias de roca que se han conservado casi intactas pese al paso del tiempo.

Tanto Fernández Odene como el actual alcalde, Jesús Plaza, esperan que esto se convierta en «un revulsivo muy importante para esta zona tan castigada por la despoblación y que ello repercuta económicamente en el pueblo, con la creación de nuevos negocios turísticos y hosteleros, además de puestos de trabajo aparejados a esta actividad».

En la campaña de excavaciones de este año, que comenzó el pasado 1 de julio a través de un taller de recualificación profesional, dos técnicos y ocho peones trabajan para definir mejor el recinto amurallado y limpiar las «cazoletas» talladas en la roca para conocer su número exacto. Además, a través de las ayudas contra la despoblación de la Inversión Territorial Integrada (ITI), han conseguido fondos para levantar un centro de interpretación, con aspecto de una cabaña íbera, que espera que ejecute la nueva Corporación municipal.

Yacimiento «multifásico»

La Cava es un yacimiento «multifásico», es decir, que ha tenido varios momentos de uso, siendo el primero de esos momentos la Edad del Bronce. Lo que se ha encontrado allí, señala Miguel Ángel Valero, es un poblado de pequeñas dimensiones, como de un cuarto de hectárea, lo que equivale a unos 2.500 metros cuadrados. El yacimiento se ubica, por un lado, sobre un cortado de unos 60 metros en vertical y, por otro lado, por donde es más accesible, elevándose sobre un promontorio, se alza una muralla de mampostería de grandes dimensiones.

Por lo que se refiere al interior, el arqueólogo comenta que seguramente estaría completamente lleno de cajas de diversas dimensiones, pero no han quedado restos de ninguna porque el lugar fue reocupado por los íberos, y lo que sí se conserva es parte de las estancias de esa época. «Es en ese periodo cuando se construyeran las viviendas como lo más notable que se conserva en el yacimiento, que son unas estructuras excavadas en la roca», informa. Por un lado, se encuentra un gran cañón de unas 60 metros de lado, 6-7 metros de altura y 6 de ancho. Y, por otra parre, hay en la cima del cerro, colindando con la escarpa de 60 metros, hay tres grandes estancias.

Pasillo excavado en la roca entre las tres estancias
Pasillo excavado en la roca entre las tres estancias - Miguel Ángel Valero

«Estos tres grandes espacios están unidos por un pasillo y la puerta está en el lado oeste. Estos espacios son los que más llaman la atención porque son edificios singulares que han requerido una gran inversión de tiempo y esfuerzo trabajar en ellas. Al estar excavadas en la roca, se ha descubierto que dos de ellas tienen agujeros para colocar recipientes y varias piletas. Una de estas estancias cuenta con una hornacina situada en la parte central, cuya ubicación guarda una curiosidad porque, a la puesta del sol a finales de verano, sus rayos inciden directamente en ella», apunta Valero.

La techumbre de estas tres estancias se hizo con madera y otros materiales perecederos que se perdieron, comenta el arqueólogo, quien indica que estos espacios fueron reutilizados posteriormente en época romana y visigoda, «cuando lo que se hizo es regularizar el terreno y lo apisonaron para seguir viviendo en la construcción de época íbera». Tras el paso de los visigodos, este poblado se abandona y no hay restos de su ocupación durante la presencia musulmana en la Península Ibérica, aunque sí de la Baja Edad Media.

Pero, sobre todo, el director de las excavaciones dice que hay ocupaciones en la Edad Moderna y Contemporánea, cuando una de las estancias, en concreto el gran cañón, se reutilizó como choza o como aprisco, un lugar donde los pastores recogen el ganado para resguardarlo de la intemperie. Además, allí el propio pastor se contruyó una casa en ese entorno.

A juicio de Valero, «lo bueno de este yacimiento arqueológico es que durante las diferentes épocas de la ocupación de este poblado, sus inquilinos no limpiaron lo que dejaron los que les precedieron, sino que reutilizaron los espacios y materiales. Por lo tanto, los espacios son como auténticas cápsulas del tiempo selladas que nos han permitido recuperar una información muy buena, sin esperar que la cronología original fuera de la Edad del Hierro».