Xabier Arzalluz, en una imagen del año 2000
Xabier Arzalluz, en una imagen del año 2000 - Efe

Arzalluz y la refundación del nacionalismo

Estas líneas darían para muchas páginas de análisis e interpretación. Pero me limitaré a plantear una cuestión muy simple. ¿Era su autor un auténtico nacionalista vasco?

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El 6 de abril de 1997, en el diario Deia, Xabier Arzalluz publicó un curioso artículo titulado «La lengua de Franco», en el que afirmaba: «Conozco muy bien el origen de la lengua romance, conozco los códices emilianense y silense, he leído el Mío Cid, a Berceo y al Arcipreste, a Cervantes, a Lope, a Calderón y a Quevedo y no empañaré su memoria mezclándolos con el nombre de Franco. Pero con la misma legitimidad con que la masa de mis detractores hablan de "la España de Franco" hablo yo de "la lengua de Franco", aunque con más amargura. Porque, suprimiendo de la vida nuestra vieja lengua, nos impuso la que hasta entonces era sólo "lengua oficial", y disociando el euskera de España, nos disoció también a nosotros de ella».

Estas líneas darían para muchas páginas de análisis e interpretación. Pero me limitaré a plantear una cuestión muy simple. ¿Era su autor un auténtico nacionalista vasco? La enumeración de obras y autores de la literatura castellana que dice haber leído y pretende estimar no lo descalifica como abertzale: también el padre del nacionalismo vasco, Sabino Arana Goiri, confesaba leer y admirar a Quevedo. La literatura castellana anterior a la revolución liberal y a la construcción del Estado nacional español nunca ha sido materia prohibida para la Bildung ortodoxa de un nacionalista vasco. Es más, Sabino Arana apreciaba en mayor medida a Quevedo, por ejemplo, que a Axular, el gran clásico de las letras eusquéricas del siglo XVII, pues este, en opinión de Arana, escribía en un vascuence corrompido y plagado de voces «extranjeras» (castellanas y francesas). Jovellanos o Espronceda, y no digamos nada Pérez Galdós, ya serían harina de otro costal.

Lo que resultaría inadmisible para un auténtico nacionalista vasco es la última frase del texto de Arzalluz: «[Franco], disociando el euskera de España, nos disoció también de ella». Lo que Sabino Arana sostuvo hasta el fin de su vida fue que, no siendo los vascos españoles, nadie podría disociarlos de España, puesto que no formaban ni habían formado jamás parte de la nación española. Como es sabido, Arana Goiri, hijo de carlistas, fue durante su primera juventud y según sus propias palabras, un patriota español, pero, cuando «descubrió» que la única patria de los vascos era Euzkadi (sic), se convirtió en un nacionalista vasco «oprimido» por España. Lo que diferencia a Arzalluz de Arana salta a la vista. Los vascos, para aquél, son españoles disociados de España por Franco. Con esta formulación de la cuestión vasca, Arzalluz encabezó el viraje o viaje de vuelta del PNV hacia la identidad española, pero, ojo, no hacia la identidad nacional española, sino hacia la identidad tradicional española.

Para Arzalluz, lo que disocia a los vascos de España es la nación política y la soberanía nacional. Hijo de carlistas, como Arana Goiri, Xabier Arzalluz detestaba el nacionalismo español. Su padre luchó junto a Franco, en el requeté, y volvió a su casa con sólo una manta cuartelera y un tazón de hierro, lo que se convirtió para Arzalluz en símbolo del despojo y desposesión de los vascos por la nación española, una repetición subrepticia de la derrota de la España carlista por la España liberal. El suyo no fue un caso excepcional. En los años sesenta, la mayor parte de los carlistas, vascos y no vascos, se sentían traicionados por Franco, reencarnación, según ellos, del liberalismo.

Hace pocas semanas, Rodolfo Martín Villa me recordó cómo, en una reunión de partidos políticos para hablar de ETA, convocada por la Fundación Cardenal Tarancón a mediados de los ochenta, Arzalluz sostuvo que ya el Padre Manuel de Larramendi, un jesuita guipuzcoano del siglo XVIII, fue partidario de la permanencia de las Provincias Vascongadas en España (aunque, en opinión de Larramendi, un austracista residual, tuvieran tanto derecho natural a independizarse como las Provincias Unidas de Zelanda), porque se hallaban muy a gusto bajo la Monarquía borbónica, que respetaba sus fueros. Y añadió: «Lo que hay que conseguir es que los vascos nos encontremos tan a gusto hoy dentro de España como en tiempos del Padre Larramendi».

Arzalluz era tan residual como Larramendi. Si este fue un austracista en tiempos borbónicos, aquel fue un carlista sin carlismo, un carlista sin ejército, en tiempos de constitución liberal, pero con las masas nacionalistas vascas detrás. Su estrategia, que no perseguía la independencia sino la consolidación y el blindaje del privilegio, fue adoptada por el PNV tras la purga de los secesionistas puros; es decir, de Carlos Garaicoechea y sus seguidores. La nueva estrategia confería tácitamente a ETA y a la izquierda abertzale la tarea del escarmiento terrorista contra quienes pudieran oponerse a la reconstrucción del nacionalismo en clave neocarlista (empezando por los paleocarlistas, que pusieron las primeras víctimas vascas del terrorismo de la transición). Arzalluz se resistía a comprometerse públicamente con ETA, pero era la suya una resistencia hipócrita. Jamás abandonó del todo sus compromisos con la izquierda abertzale so pretexto de una lealtad comunitaria. En definitiva, al PNV le correspondía recoger las nueces que ETA hacía caer del árbol.

Como elemento curioso y divertido de la mitología neocarlista de Arzalluz, recoge éste la dudosa leyenda, no registrada en parte alguna, de que fue un jesuita del colegio gallego de Laguardia el que adoctrinó a Luis Arana Goiri, hermano mayor de Sabino, en «las bases de la ideología nacionalista» (Entre el Estado y la libertad, Bilbao, 1986, página 37). En realidad, se trata de una novelita de su invención para referirse, de modo críptico pero reconocible, a la sustitución, que él mismo había perpetrado, del independentismo de los hermanos Arana Goiri (y de Garaicoechea y ETA) por un neocarlismo adaptativo inspirado en el jesuita Manuel de Larramendi. Sustitución que, reconozcámoslo, ha alcanzado un éxito innegable, tanto en la consolidación del privilegio como en la desaparición del Estado en las autonomías vasca y navarra, y last, but not least, dicho a la inglesa para que no suene muy cínico, en la amplia limpieza étnica e ideológica llevada a cabo por ETA .