Médicos de la época victoriana examinando un cadáver
Médicos de la época victoriana examinando un cadáver - Archivo

Las muertes de científicos más raras de la Historia

El físico Eugenio Manuel Fernández escribe en su último libro sobre suicidios, asesinatos, fallecimientos accidentales y todo lo relacionado con la crónica negra de la Ciencia

MadridActualizado:

La ciencia se enseña, en la gran mayoría de ocasiones, a través de fórmulas que son capaces de explicar infinidad de fenómenos, desde por qué los pájaros pueden volar hasta la razón de que los planetas del Sistema Solar giran en torno al Sol. Todo esto viene en los libros de matemáticas, física, química o biología, que ya suelen contener demasiada información sobre la teoría como para contar también la historia de las personas que hay detrás. Incluso aunque las circunstancias vitales de estos científicos, lo que muchos llaman «destino», les empujasen a indagar en esa dirección. En los libros de texto que todos usamos en la escuela, apenas aparecían unos recuadros pequeños, que contaban pequeñas anécdotas, sin desvelar mucho más de aquel hombre llamado Pitágoras que ideó un teorema que llevaba su nombre y que sirve para que funcione nuestro GPS; o aquella mujer conocida como Marie Curie que descubrió un elemento que hoy puede significar la cura contra el cáncer.

Es más: incluso en los manuales más especializados de Historia de la Ciencia, tampoco aparecen detalladas todas las anécdotas, pequeñas o grandes. Mucho menos las muertes, aunque en ocasiones dieran sentido a toda una vida. Para ello, hay que recurrir a sus biografías individuales. O al libro del Licenciado en Física y profesor de secundaria Eugenio Manuel Fernández, «Eso no estaba en mi libro de historia de la Ciencia» (Guadalmazán, 2018). Pero que no lleve a equívocos, pues Fernández advierte: «Este no es un libro de muerte, es un libro de vida. Son científicos que en su mayoría de fueron precipitadamente, pero dejando mejoras en la vida del resto de la humanidad a corto o a largo plazo. En algunos casos pueden incluso elevarse nuestros personajes a la categoría de héroes».

A continuación, 6 de las 150 historias que Fernández ha recopilado para su libro y que, como él mismo señala, «merece la pena mencionar».

123456
  1. Daniel Alcides Carrión: el peruano mártir que se inyectó una verruga

    Daniel Alcides Carrión,
    Daniel Alcides Carrión, - Archivo

    Daniel Alcides Carrión García (1857-1885), realizó sus prácticas de Medicina en el Hospital San Bartolomé de Lima (Perú). Allí se interesó por dos enfermedades: la conocida como «fiebre de Oroya» y otra llamada «verruga peruana», ambas muy similares pero con la diferencia que la primera provocaba la muerte y la segunda tenía mejor pronóstico. Para investigarla, Carrión se inoculó fluidos procedentes de la verruga de una paciente. Veinte días después, empezó a sentir malestar general y dolor en un tobillo, un cuadro clínico normal para la enfermedad que se había contagiado conscientemente. Después, la cosa empeoró con fiebre, escalofríos, cefaleas, insomnio… De forma paralela, el médico en prácticas apuntaba minuciosamente todo lo que ocurría. Solo nueve días después de la aparición de los primeros síntomas, llegaron los delirios, por lo que pidió a un compañero que escribiera por él.

    El 2 de octubre, cumpliéndose dos semanas desde los primeros dolores, cayó en coma. Pero antes escribió: «Hasta hoy había creído que me encontraba tan solo en la invasión de la verruga, como consecuencia de mi inoculación, es decir en aquel periodo anemizante que precede a la erupción; pero ahora me encuentro firmemente persuadido de que estoy atacado de la fiebre de que murió nuestro amigo Orihuela: he aquí la prueba palpable de que la fiebre de Oroya y la verruga reconocen el mismo origen».

    Es decir, que aunque se infectó con la« verruga peruana», manifestó los síntomas de la fiebre de Oroya, lo que probaba que ambas tenían el mismo origen. El 5 de octubre de 1885, 17 días después de enfermar, murió. Su muerte fue contada en los periódicos de la época llegando a tal extremo que en la actualidad el 5 de octubre es el día nacional de la Medicina en Perú y lo apodan «el mártir de la medicina peruana», según cuenta Fernández.

  2. Karen Wetterhahn y todo lo que enseñaron dos gotas

    Karen Wetterhahn
    Karen Wetterhahn - Wikicommons

    La muerte de Karen Wetterhahn (1948-1997), química neoyorquina y experta en metales pesados, sirvió para que la comunidad científica se replanteara todos los protocolos de seguridad. En el verano de 96, Wetterhahn se encontraba realizando unos experimentos sobre cómo los iones de mercurio interactúan en el proceso de reparación del ADN. Antes había realizado el mismo ritual de siempre: guantes de látex bien ajustados antes de manipular cualquier sustancia.

    Al tomar dimetilmercurio con una pipeta, cayeron dos gotas sobre su mano, en teoría, protegida, por lo que la química no le dio la mayor importancia. tres meses después, comenzó a sentir dolor abdominal y a perder peso de manera preocupante. Menos de un año después, comenzaron los síntomas neurológicos de una intoxicación por mercurio, metal pesado que en su sangre superaba en 80 veces la cantidad tolerable. «Karen fue una verdadera heroína de la ciencia, pues gracias a ella sabemos que el dimetilmercurio atraviesa en pocos segundos barreras de látex, PVC, butilo, neopreno, y es absorbido sin problemas por la piel», explica el autor.

    Wetterhahn murió en menos de un año tras su exposición a unas simples gotas líquidas, a la edad de 48 años. Sin embargo, su fallecimiento sirvió para endurecer las normas de seguridad en los laboratorios y evitar otras miles.

  3. Ignaz Semmelweis: evitar miles de muertes en el paritorio y fallecer en el manicomio

    Ignaz Semmelweis
    Ignaz Semmelweis - Wikicommons

    Irreverente, impulsivo y sin pelos en la lengua, ya desde su etapa de estudiante de Medicina, Ignaz Philipp Semmelweis (1818-1865) se granjeó algunos detractores en el gremio científico. Intrigado porque a mitad del siglo XIX nueve de cada diez operaciones acababan en muerte, se especializó en obstetricia para conseguir una plaza como doctor en el Hospital General de Viena. Allí observó que en uno de los pabellones de Maternidad, en el que solo se permitía pasar a los estudiantes de medicina, tenía una mortalidad muy superior debido a la fiebre puerperal que el otro, en el que asistían a las parturientas solo mujeres aspirantes a matrona. Según las teorías de la época, el menor índice de fallecimientos se debía a que las manos de las comadronas eran más finas y suaves, idea que no convencía a Semmelweis, que se llegó a obsesionar con el asunto.

    «No puedo dormir ya. El desesperante sonido de la campanilla que precede al sacerdote portador del viático ha penetrado para siempre en la paz de mi alma. Todos los horrores de los que diariamente soy impotente testigo me hacen la vida imposible. no puedo permanecer en la situaciçon actual, donde todo es oscuro, donde lo único categórico es el número de muertos», escribía en una carta a un amigo el doctor.

    Su jefe, el doctor Klein, entró en cólera cuando se enteró de que Semmelweiss había instalado unos lavabos y obligaba a los estudiantes a lavarse las manos antes de examinar a las embarazadas. «“Y obviamente el Dr. Klein se negó a lavarse las manos, pues se consideraba como una ofensa poner la razón de la fiebre puerperal en manos del obstetra», señala Fernández. Klein consiguió que retiraran temporalmente a Semmelweiss de la Medicina, aunque finalmente fue readmitido en el pabellón de las matronas. Entre tanto, el doctor recibió una triste noticia: su amigo, el forense Jakob Kolletschka, había muerto tras cortarse con un bisturí, falleciendo a los pocos días entre terribles fiebres y escalofríos. Por una corazonada científica, Semmelweis pidió la autopsia de su colega, donde confirmó que el cuadro clínico había empezado con linfangitis y flebitis en el brazo del corte. De ahí, se extendió por todo el cuerpo. «Una infección generalizada absolutamente similar a las que había observado repetidamente entre sus parturientas. Era la prueba que estaba buscando y ahora no tenía duda», cuenta Fernández.

    En su artículo (el único que publicó en su vida) « Etiology, Concept and Prophylaxis of Childbed Fever» cuenta todo lo ocurrido y habla de unas «partículas cadavéricas» que son las culpables de la infección. No sería hasta 40 años después de su muerte cuando Louis Pasteur y Robert Kock hablaron de gérmenes. Sin embargo, gracias a su extraña personalidad y su obsesión porque los médicos se lavaran las manos, Semmelweis fue expulsado del Hospital de Viena, tomado por loco y encerrado en un manicomio. Murió poco después a los 43 años de edad a causa de una infección generalizada, aunque aún se sigue especulando acerca del origen: una paliza o él mismo tras cortarse con un bisturí.

  4. Jason Altom: «No resucitar. Peligro»

    Universidad de Harvard, donde estudiaba Jason Altom
    Universidad de Harvard, donde estudiaba Jason Altom - ABC

    El joven Jason Altom (1971-1998) recibió una beca para trabajar con el Nobel de Química Elías James Corey en la Universidad de Harvard. Trabajador imparable, responsable y aplicado, Corey le había encargado la síntesis de una molécula que sería el comienzo de su carrera científica. Tiempo después, en agosto del 98, encontraron el cuerpo inerte de Altom en su apartamento y al lado una nota en la que se podía leer: «No resucitar. Peligro: cianuro de potasio».

    El estudiante no quería que nadie muriera intentando reanimarle con el boca a boca (había bebido el veneno que previamente había sustraído del laboratorio de Corey), de ahí la advertencia. Además, dejó otras tres cartas dirigidas a sus padres, al Departamento de Química de Harvard y al propio Corvey. Tiempo después su familia desveló el contenido de las misivas, en las que se afirmaba que la presión a la que sometía la universidad y que había sido la razón de su suicidio «podría haberse evitado». «Los profesores aquí tienen demasiado poder sobre las vidas de los estudiantes de posgrado», escribió.

    No fue el primer alumno en suicidarse, pero sí del que se supieron los motivos, por lo que se convirtió en un héroe entre los estudiantes al morir con 26 años. «Al año siguiente la molécula que Altom buscaba, la apodofitina, fue sintetizada por compañeros postdoctorales. Publicaron un artículo con el hallazgo en «Journal of the Amercian Chemical Society» e incluyeron al joven entre los autores», relata Fernández. Además, desde entonces, la evaluación de los alumnos se cambió de un solo profesor a un grupo de docentes, que además incluyen a consejeros y psicólogos.

  5. Alan Turing y la manzana envenenada

    Alan Turing
    Alan Turing - Archivo

    La trágica muerte de uno de los padres de la computación no tuvo tanto que ver con el progreso científico, sino con el progreso social. Alan Turing (1912-1954), conocido por descifrar la máquina Enigma en la Segunda Guerra Mundial, acudió a la policía en 1952 para denunciar un robo. Al contar que su propio novio, Arnold Murray, había sido quien había ayudado a los ladrones a entrar, el hurto pasó a segundo plano y juzgaron al propio Turing por «indecencia grave y perversión sexual». Encontrado culpable, fue condenado a un tratamiento con estrógenos que le provocó graves daños físicos, incluida la disfunción eréctil.

    «El 7 de junio fue hallado por su ama de llaves en la cama, envuelto en una muerte de cuento: a última hora de la tarde había dado varios mordiscos a una manzana que parecía estar envenanda con cianuro. Al menos es lo que contaron los periódicos. El gusto por las buenas historias ocupó el resto», cuenta Fernández. La leyenda negra aumentó cuando, efectivamente, se descubrió que había cianuro en su cuerpo y en un laboratorio contiguo a su cuarto, que él llamaba «la habitación de las pesadillas». Sin embargo, nunca se hizo la prueba a la manzana, aunque su madre siempre sostuvo que la ingesta fue accidental. Hay incluso quien apunta al asesinato.

    Hasta el 24 de diciembre de 2013 Isabel II no firmó una orden de gracia y misericordia para concederle el perdón por la pena, aunque ya llegó a título póstumo.

  6. Dian Fossey: la historia real tras «Gorilas en la niebla»

    Dian Fossey
    Dian Fossey - National Geographic

    El paleantropólogo Louis Leakey comprendió la importancia de conocer a los grandes simios y envió a tres científicas (decía que las mujeres eran más pacientes y que estaban más capacitadas por haber sido las cuidadoras de sus hijos en la historia) para desentrañar sus misterios. Jane Goodall se fue a Tanzania con los chimpancés; Biruté Galdikas viajó a Indonesia con los orangutanes; y Dian Fossey se trasladó a Ruanda con los gorilas. Aunque todas pasaron penurias, Fossey fue, sin duda, la que más perdió en la aventura.

    Dian Fossey (1932-1985) convenció a Leaky para trabajar con él mintiéndole, ya que no era veterinaria por no aprobar el examen de Ciencias. Sin embargo, sus estudios de Terapia Ocupacional y Educación Especial le servirían para estudiar mucho más allá del censo que le mandó realizar su jefe. «En su estrategia, tenía claro que debían ser los gorilas los que estableciesen el momento y el punto de contacto, así que pasó muchas horas de observación sin hacer absolutamente nada», explica el autor. A la vez que estudiaba a estos animales, se doctoró en Zoología.

    En 1968, un año después de su llegada a África y tras colaborar varias veces con National Geographic, la revista le mandó al fotógrafo Bob Campbell. Al principio, la relación entre ambos fue tensa; pero ambos se fueron entendiendo y se beneficiaron tanto en lo laboral como en lo personal: consiguieron ser portada de la aclamada publicación, renombre en sus respectivas carreras. De hecho, se volvió tan estrecha que Campbell acabó siendo su asistente. Y después su amante (aunque el fotógrafo tenía esposa).

    De forma paralela también se reforzó su relación con los gorilas. Sobre todo con un macho llamado Digit. Pero los cazadores furtivos cada vez asolaban más a Fossey, que utilizaba las creencias supersticiosas de los lugareños para intentar frenar la captura de estos grandes simios. Sin embargo, la situación empeoró tanto que la científica encontró decapitado y con las manos cortadas a Digit en 1977, razón por la que Fossey plantó cara no solo a los cazadores, sino también al gobierno ruandés, que la amenazó con cerrar su investigación. El carácter de la investigadora se volvió cada vez más taciturno y en 1985 se encontraba sola. «La noche del 26 de diciembre alguien entró en su cabaña y la asesinó a sangre fría. Su cuerpo fue hallado al día siguiente, con la cabeza dividida en dos por un machete. Nunca se sabrá quien acabó realmente con su vida», cuenta Fernández.

    Su historia, bajo el título de « Gorilas en la niebla», fue llevada al cine por Michael Apted y protagonizada por Sigourney Weaver. «Háganse un favor y búsquela con urgencia, y si ya la ha visto, hágalo de nuevo. Hay más humanidad en esos gorilas que en muchos humanos que conocemos», sentencia Fernández.