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Y la mejor ciudad del mundo en 2014 es...

Dos capitales españolas figuran entre las 10 mejores, según una prestigiosa clasificación elaborada por los viajeros en EE.UU.

Templo de Kiyomizu-dera
Templo de Kiyomizu-dera - fotos: de san bernardo

Es uno de los premios más esperados del verano. La revista estadounidense Travel + Leisure pregunta a sus lectores una vez al año cuáles son sus ciudades preferidas. El año pasado ganó Bangkok, pero esta vez los lectores han castigado los problemas políticos del país, y no figura en el top 10 de 2014. La ganadora es Kioto, en Japón. Y atención a este guiño al turismo español: Sevilla y Barcelona están entre las mejores ciudades del año. La lista completa es esta:

1. Kioto, Japón
2. Charleston, Carolinadel Sur
3. Florencia
4. Siem Riep, Camboya (a 8 km de Angkor).
5. Roma
6. Estambul
7. Sevilla
8. Barcelona
9. Mexico DF
10. Nueva Orleans

Dos colaboradores de ABC Viajar, el periodista Rodolfo Chisleanschi y el fotógrafo De San Bernardo, han estado recientemente en Kioto. La fascinación de ambos por la cultura japonesa ha llevado a De San Bernardo en diferentes ocasiones a aquel país. Este es el recuerdo de Chisleanschi de un día en Kioto, al cabo una perfecta guía de viaje.

Casi sin esfuerzo, la bicicleta se desliza por las callejuelas estrechas. Apenas hay coches, y tampoco circulan demasiados transeúntes. El silencio manda, como si todo el barrio fuera un enorme templo zen, y la paz circundante invita a la meditación mientras las piernas mueven los pedales, los ojos se deleitan con las pequeñas casas unifamiliares que imitan el viejo estilo de la arquitectura nipona de antes de la guerra, y el tiempo parece detenerse.

Kioto es un Japón diferente. Tiene, por supuesto, su centro comercial a puro neón y consumo. Pero ni siquiera allí abruman los rascacielos que decoran las ciudades más modernas del país. Las bombas de la aviación norteamericana no cayeron sobre la antigua capital del Imperio, y su fisonomía no necesitó cambios drásticos. Tal vez por eso, en tanto veía como Tokio u Osaka crecían en altura y tamaño, Kioto se fue cerrando sobre sí misma, convirtiéndose en la reserva espiritual de la nación, en el cofre donde se conserva la pureza de las tradiciones.

El resultado es una ciudad serena, que mantiene una medida humana de las distancias y las velocidades. Sus habitantes, de cualquier edad, lo entienden. Y aunque en las avenidas principales y en horas punta el tránsito se empeña en recordar la potencia automotriz del país, la gente prefiere moverse en bicicleta. Y bastan diez minutos de pedaleo para comprender el motivo. Sencillamente, porque es una delicia.

Llana en la mayor parte de su trazado, pese a estar rodeada de montañas, Kioto parece hecha para las dos ruedas. Salvo en algunas calles de Gion, el corazón comercial donde tienen prohibida la circulación, las bicis sirven para visitar lo que a uno le plazca, desde el apabullante y sensual bosque de bambú -en el noroeste- al milenario templo Kiyomizu, en el sureste; desde el frondoso parque donde se levanta el Antiguo Palacio Imperial, hacia el norte, hasta más allá de la modernísima estación de ferrocarril, en el sur. Pero sobre todo, permite mezclar en proporciones equilibradas lo sagrado con lo cotidiano, y la monumentalidad con la ropa tendida.

Las guías no se ponen de acuerdo sobre las cifras exactas. Algunas dicen que la ciudad cuenta con 1.600 templos budistas y 700 sintoístas; otras rebajan un poco las cantidades. En todo caso, es imposible contarlos y muchas veces discernir cuál es cuál, porque los japoneses son el polo opuesto del fundamentalismo religioso y no tienen inconvenientes de mezclar dentro de un mismo predio toris sintoístas con pagodas budistas. Pero sin dudas, la bicicleta ayuda a descubrirlos, algo que para el turista ocasional siempre resulta placentero.

El callejeo por el área de Murasakino, por ejemplo, discurre plácido. Viviendas sin grandes ostentaciones, algún pequeño templete con una imagen de Buda en la entrada o decorando un minúsculo jardín, las ventanas con cortinas que ocultan el interior, algunos vecinos conversando en la puerta. Y de pronto, al girar la esquina, un largo muro, una entrada llamativa y el tumulto. Allí dentro se levanta el Kinkaku, el Pabellón Dorado, con sus finas hojas de oro reflejándose en las aguas de una laguna. Y ni siquiera el bullicio de los escolares logra alterar del todo la suave armonía que desprende el templo, mandado erigir por el tercer shogun del período Muromachi, a principios del siglo XV.

Justo al otro extremo de la ciudad también se acumula el público. Alrededor de cinco millones de visitantes se acercan cada año al templo Kiyomizu, o del Agua Clara, para venerar la imagen dorada de Kanzeon Bosatsu, una diosa de once cabezas y mil armas. 40.000 cerezos decoran un complejo de 120.000 m2 que comenzó a erigirse en el año 775, y que corona un barrio diferente. Y no solo por estar en cuesta, lo que cada tanto obliga a bajarse de la bici.

Kiyomizu es un frasco de esencias japonesas. La esbelta pagoda Yasaka, con sus cuatro tejados de madera, gobierna desde el siglo XV las callejuelas donde se suceden tiendas ideales para recorrer con calma. Exquisiteces culinarias, pasadores para el cabello, ropa, complementos… ocupan el interior de recoletas casas de madera, siempre bien decoradas e iluminadas, sin ostentación y con indudable buen gusto. El paseo, un poético haiku de pocos versos e intensa belleza, conduce hacia una calle de piedra que llega hasta el parque Maruyama, todo un compendio de armonía vegetal.

También allí, y en el vecino Gion, resulta sencillo cruzarse con las geikos (nombre que ha sustituido el de geishas, desprestigiado y caído en desuso) y maikos -aprendices-, paseando en kimono por los alrededores. Es aquí donde se levantan las escasas escuelas que aún perviven en Japón, donde estas mujeres que fueron ejemplo de espiritualidad y elegancia en tiempos remotos aprenden las artes tradicionales de música y danza. Y también donde se hallan los ryokan, establecimientos con restaurante y hotel, en los que ellas ofrecen sus espectáculos for export, diálogo amable con la clientela incluido.

Kioto, por supuesto, tiene sus grandes avenidas, pero justamente si algo permite el recorrido en bicicleta es evitarlas. Así es posible realizar hallazgos sorprendentes, que van de la Ferrari estacionada frente a un bloque de casas aparentemente modestas al vecino que se construyó una rampa para aparcar su coche a la altura de la ventana de la planta superior.

Pero sobre todo, la bici facilita algo que suele ser muy difícil en un viaje: integrarse con el entorno, participar del ritual cotidiano tal como lo hacen los habitantes del lugar. Casi, casi, ser un kyotense más…aunque parezca imposible.

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