La despoblación, una cuestión de Estado al margen de cambios políticos

Más allá de las iniciativas parciales, es preciso más que nunca tener conciencia política, social y pública de la necesidad de un esfuerzo o estrategia continuada de al menos 10 ó 15 años, para revertir claramente este fenómeno

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Recientemente hemos visto la rapidez con la que es posible en nuestra democracia la alternancia en el poder. Esta velocidad de los acontecimientos en la alta política debe ir aparejada con el debido consenso sobre diversas áreas que requieren una atención a largo plazo de la política pública. Sin duda una de ellas es la despoblación y las condiciones de vida de muchas personas que viven en áreas rurales de despoblación severa. En los últimos años se han multiplicado las iniciativas que tienen como fin paliar esta situación que afecta a muchas áreas geográficas de nuestro país. Más allá de las iniciativas parciales, que contribuyen a cimentar la conciencia social sobre las precisas soluciones a distintas escales geográficas, es preciso más que nunca tener conciencia política, social y pública de la necesidad de un esfuerzo o estrategia continuada de al menos 10 ó 15 años, para revertir claramente este fenómeno.

La extinción de la generación que protagonizo el éxodo rural, los que se marcharon y los que se quedaron, de alguna manera culminará el notable y original proceso de cambio y reestructuración rural nacional, para el definitivo establecimiento de un espacio rural postmoderno. Para que la culminación de este proceso sea adecuado son precisas políticas y actuaciones con verdadero nivel y altura de Estado, que permitan encarar a nuestros ciudadanos y espacios rurales el futuro en igualdad con la media de los espacios urbanos y que queden equiparados con algunos espacios europeos de calidad.

Mirar atrás, a los stocks de población rural del primer franquismo, no será una buena óptica. Las lentes deben estar puestas en la calidad de vida de las personas que viven en zonas de despoblación. El Estado, (solo) debe garantizar las mismas posibilidades y condiciones de vida a todos los ciudadanos, allí donde residan. Esto no es una labor menor, es una labor de Estado.

Una política de Estado sobre la despoblación lleva aparejada la necesidad de una política, práctica y preciso consenso, en favor de los ciudadanos, en muchas áreas de nuestra vida social, política y económica: (a) Una modernización tecnológica para la conexión de todos los territorios. (b) Una igualdad entre mujeres rurales y urbanas y entre hombre y mujeres rurales. (c) Una equiparación entre los territorios de nuestro Estado, con sus diversas y múltiples identidades, pero haciendo prevalecer la expresión in between place, que posiciona en primer plano los intereses, capacidades y necesidades de cada ciudadano rural.

Pero, marchar, permanecer o venir a un lugar, son decisiones individuales que pertenecen al ámbito de la sociedad civil. Nuestro espacio despoblado se comporta de una forma estacional y debe ser interpretado con unas lentes que ponderen la flexibilidad. La recuperación poblacional, con los stocks que admita la nueva etapa postmoderna, vendrá de una evolución y maduración de la propia sociedad civil. Algunos instrumentos que pueden ayudar serían: (a) una política fiscal que bonifique la residencia en áreas de despoblación severa, (b) una bonificación a los agricultores que realicen su actividad en áreas muy despobladas, (c) la profundización de la innovación en el PDR nacional, (d) la generación de instrumentos de cohesión en las áreas de despoblación severa que implican a diversas autonomías.

Pero, veamos el momento actual como una oportunidad para los espacios despoblados, las personas que viven en ellos y para el desarrollo de una política de Estado por los representantes de los ciudadanos, de al menos 10 ó 15 años.

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*El autor de esta tribuna de opinión es Ángel Paniagua. Geógrafo. Investigador del Consejo Superior de Investigaciones Científicas CSIC, en el Instituto de Políticas y Bienes Públicos.

ÁNGEL PANIAGUA*ÁNGEL PANIAGUA*