ES NOTICIA EN ABC

Game of Thrones 8x06 La redención final de Tyrion Lannister, el cerebro detrás de todos los desastres

[Aviso, este capítulo contiene spoilers de Juego de Tronos 8x06]

El enano de «Juego de Tronos» ha cambiado los burdeles por el poder, pero ni su despierto cerebro le ha permitido ver las trampas que él mismo va poniéndose por el camino. Su (in)evolución es el retrato perfecto de una traición, la de unos guionistas que no han sabido estar a la altura del personaje más inteligente de la serie

Tyrion Lannister en «Juego de Tronos»
Tyrion Lannister en «Juego de Tronos»
Actualizado
Enviar noticia por correo electrónico

Único en un mundo repleto de mediocres. El enano Tyrion Lannister, «desheredado» por su padre, supo imponer su ingenio a la sangre, y entendió antes que muchos más altos y fuertes que la inteligencia era más útil que las espadas. Las tropas, no en vano, son fichas de un juego que mueven los estrategas. Y él siempre ha medido lo justo para acceder con perspectiva al tablero de «Juego de Tronos».

«Era enano, medía la mitad que su hermano y le costaba seguir su ritmo con aquellas piernas atrofiadas. Tenía la cabeza demasiado grande en proporción al cuerpo, y los rasgos deformes, aplastados, bajo un ceño inmenso. Un ojo verde y el otro negro lo escudriñaban todo bajo una mata de pelo lacio tan rubio que parecía blanco». Tyrion Lannister, interpretado por Peter Dinklage en la serie de HBO España, supo sobreponerse también a las malintencionadas descripciones de George R.R. Martin y hasta sobrevivir a una batalla en la que además de cierta reputación heroica se ganó una cicatriz y el respeto de los combatientes.

Su pelo, en lugar del innato de los Targaryen (a excepción de Jon Nieve), ha oscilado por diversas gamas de rubio en «Juego de Tronos», de forma inversamente proporcional a sus responsabilidades en la guerra. De un pulcro rubio a una especie de mugriento pelirrojo, la peluca de Tyrion ha ido así a la inversa que su caché, ahora Mano de la Reina y antaño un bala perdida con tres únicos propósitos: la copa de vino llena, el burdel cerca y su novia prostituta al lado.

Siendo uno de los personajes cuyo arco narrativo más ha progresado en estas ocho temporadas de «Juego de Tronos», capaz de lo mejor y lo peor, del gesto (y las miradas) más compasivo o el ardid más rastrero, ni los mimos de la serie han servido para que un personaje tan complejo y completo, con comentarios más afilados que las dagas de muchos señores de Poniente, se pierda a la deriva sin el respaldo de los libros. Incomprensiblemente inocente, absurdamente confiado.

Como le ha pasado a otros personajes, la agudeza de Tyrion se ha pervertido hasta el punto de ser un chiste en la propia trama de «Juego de Tronos». Dos de las mujeres de su vida, Daenerys Targaryen y Sansa Stark, incluso han bromeado en la ficción con su pérdida de lucidez, engañado de forma burda y poco sutil por la tercera en discordia, la pérfida de su hermana Cersei, a la que el propio enano presumía conocer muy bien pero que lo maneja como él pretende hacer con las fichas del juego.

Reducido a un papel indeterminado, a una suerte de reflejo de lo que fue, uno de los personajes mejor trazados a lo largo de las ocho temporadas de «Juego de Tronos» ha traicionado su propia esencia, pasando de útil consejero a ingrato conspirador, con las pocas luces de ir dejando pistas de su estrategia. Ni Hansel y Gretel, igual de pequeños pero seguramente menos listos, habrían caído dos veces en la misma trampa. No merece Tyrion Lannister quedar para la posteridad como una coma al lado de los verdaderos peones de la serie, como un mediocre argüidor que ya no sabe hacer bien su cometido. Bastó con Varys.

Sobre todo porque, pese a sus toscos planes en las últimas temporadas –capturar a un zombi para persuadir a Cersei, la mujer más cínica de Poniente, o creerse capaz de convencerla apelando a su emoción en las murallas de Desembarco del Rey–, el valonqar de la Casa de Roca Casterly, si bien no ser el heredero de su adinerada (y casi extinta) familia, sí debería al menos tener un cierre a su altura. Pequeño, sí, pero digno, porque ya saben lo que se dice de las buenas esencias.

Si Tywin, cuyo talento político siempre se comparó para su disgusto al del Gnomo, levantara el trasero, quedaría decepcionado con la caricatura que ha terminado siendo quien estaba destinado a mover a su placer los hilos de las marionetas de los Siete Reinos. Por culpa de un mal guión, ninguno llegó a ser una buena Mano del Rey para un Targaryen loco.

[Aviso, este artículo contiene spoilers de Juego de Tronos 8x06]

Si en todo buen drama, como en la vida, la lógica narrativa impide la redención de personajes, no sucede lo mismo en el último capítulo de una serie ya convertida en fenómeno audiovisual. El final de Juego de Tronos decide redimir al personaje de Tyrion honrando, después de varios capítulos, el cerebro detrás de cada escena capital. No en vano, será más que su padre, ostentando la Mano del Rey, en este caso de un Stark, y eligiendo al nuevo, y más justo, ocupante del trono, Bran.