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Oti Rodríguez MarchanteOti Rodríguez Marchante

Crítica de «Érase una vez en... Hollywood»: Tarantino, o el arte de darse un capricho con su cine

«La película es radiante, chisposa (el momento Bruce Lee), pero también sórdida y maléfica (el momento de la visita al rancho Spahn, de Manson, lo que más supura estilo Tarantino)»

Tarantino filma a Brad Pitt y Leonardo DiCaprio en una secuencia de «Érase una vez en... Hollywood»
Tarantino filma a Brad Pitt y Leonardo DiCaprio en una secuencia de «Érase una vez en... Hollywood»
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Hay varias cosas de «Érase una vez en… Hollywood» que conviene no saber antes de verla, y que, por supuesto, no sabrán al leer estas líneas. Y hay muchas más que sí pueden conocerse sin que por ello se menoscabe el disfrute y la sorpresa de esta última película de Tarantino que ha hecho enteramente «en casa», considerando este «en casa» como su territorio; su «rosebud», su trineo cultural y estético; sus resortes y palancas narrativas para que el tren de la realidad, “lo ocurrido”, se salga de las vías sin ocasionar una tragedia, sino más bien una comedia, negra, «pulp», a su modo en el que lo banal, los clichés, lo casi infantil tienen tanta esencia como lo esencial.

El lugar es importante, un Hollywood de subgénero, de serie B. Y también es crucial la época, finales de los años sesenta, tiempos de ligereza y cambios, de seriales, «spaghetti» y un aura crepuscular en la idea de lo cinematográfico. Pero lo que aporta una sustancia especial y recoloca mentalmente el argumento son los personajes, los dos principales, un actor en horas bajas, Rick Dalton, y su doble de escenas de riesgo, Cliff Booth (Leonardo DiCaprio y Brad Pitt), y los tres de hemeroteca, Sharon Tate, Roman Polanski y Charles Manson… Con estos datos, cualquiera especula sobre el tipo de historia que puede organizar alguien como Tarantino, capaz de construir intriga y violencia a puntapiés.

El objetivo es contar «aquello», pero a su modo, una descripción del estado de ánimo en la fábrica de películas, los ambientes de rodaje, de Estudio, de preocupación por el futuro, de clima soleado y de ese espíritu libertario y festivo que florecía entre música, sexo y otras sustancias y que disfrutaban tanto el Hollywood blanco como el diabólico. La radiografía de un cambio, como si Tarantino nos condujera de la familia Trapp a la familia Manson.

La película es radiante, chisposa (el momento Bruce Lee), pero también sórdida y maléfica (el momento de la visita al rancho Spahn, de Manson, lo que más supura estilo Tarantino), y musical, potente, divertida y violenta, y contiene uno de esos giros postales al pasado, o a «lo pasado», que revientan de ingenio, músculo creativo y desvergüenza, pero en el mejor sentido de la palabra, de la intención. Ojalá la realidad, la vida, tuviera un demiurgo como lo tiene esta fascinante y fascinada película.