Montecassino

Las verdades inmorales

La libertad de expresión, pensamiento e investigación es un lujo del pasado

Hermann Tertsch
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Decir en Alemania que la inmigración musulmana reciente ha traído al país un antisemitismo brutal y un colapso de la seguridad para las mujeres es decir una verdad que todos conocen. Pero es una verdad que una persona de proyección pública no puede expresar sin consecuencias. Viene a ser tan peligroso como afirmar en Madrid que la fiesta del orgullo gay, que se aceptaba bien como celebración de un día y con perfecto respeto de todos hacia los homosexuales, ahora que se prolonga diez días, es percibida como un absoluto abuso y maltrato a la población de ciertos barrios y concluye en una grosera apoteosis de procacidad y mal gusto. Tampoco ayuda a la reputación social y mediática proclamar la verdad histórica de que el golpe de Estado del general Franco fue el último de varios en la II República, la mayoría orquestados por la izquierda. Y que no iba dirigido contra ninguna democracia porque no la había ni contra un orden constitucional que no existía, sino contra el terror y la amenaza bolchevique del ¡Viva Rusia! E impidió, entre otras cosas, el exterminio del clero, la desaparición del patrimonio cultural de la Iglesia y, más que probablemente, la primera dictadura estalinista en Europa occidental.

Son verdades que quieren convertir en moralmente inaceptables. En España se pretende hasta perseguirlas penalmente con una vuelta de tuerca a esa aberración que es la Ley de Memoria histórica impuesta por revanchistas de la izquierda y acatada por cobardes de la derecha. En el siglo XX se persiguió mucho la verdad en Europa. Con frecuencia, a muerte. Ahora en España te quieren meter cuatro años a la cárcel, inhabilitarte y arruinarte. Quieren que dé miedo decir la verdad. En eso está ese personaje que ha demostrado su perfecta idoneidad para cualquier campaña contra la verdad que es Pedro Sánchez. Ese que dijo que convocaría elecciones enseguida y que RTVE quedaría bajo dirección neutral.

En Alemania, la escalada en el terror cultural que ejerce la corrección política bate tristes marcas. Rolf Peter Sieferle, era un celebrado académico, historiador volcado en fenómenos sociológicos y medioambientales, profesor en varias universidades de Alemania y Suiza. Hasta que trató la inmigración y escribió su libro Finis Germaniae. Tachado de nazi, marginado y acosado, se suicidó en Heidelberg en septiembre de 2016. Escritores como Uwe Tellkamp han pasado del altar a la picota al quejarse de efectos de la inmigración. Hasta los grandes Peter Sloterdijk o Rüdiger Safranski son objetivo de la jauría de guardianes de la corrección en los medios. Ahora está en la picota otra vez Thilo Sarrazin en guerra con la editorial DVA del gigante Bertelsmann. Sarrazin no es precisamente un friki. Fue el poderoso consejero de Hacienda del gobierno de la ciudad de Berlín, dirigente del SPD y miembro de la dirección del Bundesbank. Ha escandalizado con libros de opiniones controvertidas pero ante todo de verdades que las almas exquisitas de la corrección consideran inmorales. Es malo decir que las mujeres tienen miedo a salir por los inmigrantes. Aunque las mujeres tengan miedo a salir por los inmigrantes. Son verdades a reprimir para preservar la virtud del ciudadano. Su anterior libro fue «Alemania se autoliquida». Vendió la friolera de millón y medio de ejemplares con DVA. Pues esta editorial no le quiere publicar el ahora escrito que se llama «Ocupación enemiga». Trata de cómo la inmigración musulmana paraliza el progreso y amenaza a la sociedad. Pese al negocio seguro, la editorial no se atreve. Las editoriales con el susto de muerte. Dice que «el libro podría aumentar la actitud crítica hacia el islam en la sociedad alemana». El pretexto moral para la censura es tan categórico que suena a decreto vaticano renacentista.

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